El viento soplaba con una fuerza inusual en la cima de la colina más alta de Oakhaven. Era un lugar sagrado, un punto donde el cielo parecía tocar la tierra y donde, años atrás, Astrid había entregado su libertad sin saberlo.
El ascenso había sido silencioso, interrumpido solo por el crujido de las hojas secas bajo sus tacones y la respiración contenida de los hombres que la acompañaban.
Al llegar al altar de piedra, la atmósfera se volvió pesada. Allí estaba River, con esa expresión de superioridad que tanto lo caracterizaba, aunque en el fondo de sus ojos verdes se notaba una sombra de duda que antes no existía.
El padre de Astrid se adelantó, sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la cinta roja, ese símbolo ancestral que representaba el vínculo espiritual y legal que aún la encadenaba a su verdugo.
Con un movimiento solemne, el Alfa Wilde desató el nudo. Fue un acto físico, pero para Astrid, se sintió como si un grillete de hierro se rompiera finalmente en su alma. La cinta cayó al suelo, inerte, perdiendo el brillo que se supone debía tener el amor eterno.
—Esto fue más rápido de lo que pensaba —dijo River, rompiendo el silencio con un tono casual que pretendía ocultar su asombro. Sus ojos no dejaban de recorrer la figura de Astrid, buscando a la mujer sumisa que había desechado, pero encontrando solo a una reina que no necesitaba corona.
—Esto debió haber sucedido el mismo día que me echaste de la manada como a un perro —espetó ella con una rabia que le quemaba la garganta. No había espacio para el perdón en su corazón, solo para la satisfacción de verse libre.
—Astrid… —River dio un paso hacia ella, extendiendo una mano como si tuviera derecho a tocarla.
—No te acerques, River —le advirtió ella, su voz era un látigo de hielo.
El Alfa se detuvo, su mandíbula se tensó. No podía soportar que ella ya no lo mirara con anhelo, sino con un desprecio absoluto. River siempre había sido un desgraciado, un hombre que medía el valor de las personas por su utilidad o su apariencia.
Verla ahora, radiante y poderosa, le hacía darse cuenta de que no solo había perdido a una compañera, sino el poder que el linaje de ella le otorgaba sobre las tierras de su padre.
—Esto no ha terminado —murmuró River antes de marcharse, lanzándole una última mirada cargada de una mezcla oscura de deseo y rencor—. Ya no eres la gorda fea de la manada, Astrid. Pero sigues siendo mía por destino, lo quieras o no.
—¡Vete ya, River! —intervino el Alfa Wilde, poniéndose entre ambos—. Ya has tenido suficiente de mi hija.
River se alejó con paso altanero, seguido por sus guardias, dejando tras de sí un rastro de tensión. Astrid suspiró, sintiendo que el aire de la montaña por fin era puro.
Estaba a punto de dar media vuelta para bajar de la colina y regresar a su vida en Phoenix cuando la mano de su padre la sujetó del brazo con una urgencia que la hizo detenerse en seco.
—Espera, Astrid. Tengo que hablar muy seriamente contigo —dijo él. Su voz sonaba cascada, privada de la autoridad que solía tener.
—¿Qué pasa, papá? Por tu cara no es nada bueno… —Astrid lo estudió. Su padre parecía haber envejecido diez años en los últimos minutos.
—No lo es. Estoy a punto de perderlo todo, Astrid. Mis tierras, mis poderes… incluso mi inmortalidad. La manada de Oakhaven se desmorona bajo mis pies.
Astrid sintió un escalofrío. En el mundo de los licántropos, perder el poder de Alfa significaba la muerte o el exilio deshonroso.
—No entiendo, papá. ¿Tan grave es? —preguntó ella, aunque una parte de su mente ya temía la respuesta.
Los ojos de su padre se volvieron más serios mientras se acercaba a ella, buscando privacidad en la inmensidad de la colina.
—Hija, las deudas de guerra y los pactos rotos me han dejado sin salida. Tengo que entregar a una de mis hijas en matrimonio para salvar nuestro linaje. Estaba pensando en Osiris, pero Cyra se niega rotundamente a que su hija sea entregada de esta forma.
—¡Osiris aún es una niña, papá! —gritó Astrid, sintiendo que la sangre le hervía—. No puedes sacrificarla a ella como lo hiciste conmigo. Ella merece una vida, no ser un contrato de propiedad.
—Entonces tienes que ser tú, Astrid —soltó él, y las palabras cayeron como piedras sobre ella—. Tienes que casarte con el Alfa de la Manada Fuego Sagrado. No tengo opciones y el tiempo corre en mi contra. El Rey Alfa podría enfurecerse si no le doy una razón para esta misma noche.
—¿Esta misma noche? ¡Ya es de noche, papá! —Astrid se soltó de su agarre, riendo con amargura—. ¿Me hiciste viajar desde Phoenix, me hiciste enfrentar a River, solo para volverme a sacrificar como un carnero? Eres el colmo. Seguro que ese hombre es un demonio.
—El Alfa de la Manada Fuego Sagrado no es un demonio —dijo su padre con una sorpresa genuina ante su resistencia.
—Hace años dijiste lo mismo de River y resultó ser un maldito cobarde —le recordó ella, señalándolo con el dedo—. No me voy a arriesgar esta vez. Se te olvida que tengo un hijo. Kai es mi vida, y no voy a permitir que crezca en un ambiente donde su madre es tratada como una mercancía.
Astrid había oído hablar del Alfa de Fuego Sagrado. Los rumores corrían incluso en el mundo humano. Se decía que era el hombre más vicioso y letal que había pisado el territorio, un Rey Alfa que gobernaba con puño de hierro y cuyo nombre evocaba terror.
Pertenecía a la familia que producía los guerreros más fuertes, y actualmente era el líder de casi todo el territorio.
—Hay rumores de que mató a casi toda su familia para quedarse con el poder —insistió Astrid—. ¿Cómo quieres que esté con alguien así? Alguien del que no hay ni una sola buena referencia y que es un completo misterio. Nadie lo ha visto y ha vivido para contar cómo es su rostro realmente.
—Hija, solo entiéndeme. Son meras especulaciones de los enemigos —su padre se veía desesperado —. Además, el trato es solo por un año. Un matrimonio por contrato. Después de eso, serás libre para siempre, con todas las riquezas y la protección para Kai que puedas imaginar. Nosotros cuidaremos de él mientras estés con el Alfa.
—¡Eso jamás! —rugió ella—. No podría vivir ni un día lejos de mi hijo. Tengo una carrera, un trabajo estable, una vida propia. No voy a echar todo por la borda por tus errores.
—Entonces no tengo otra opción que perderlo todo —dijo el Alfa Wilde, dejándose caer sobre sus rodillas, con los hombros hundidos—. Veré a mi manada ser absorbida y a Osiris ser entregada a cualquiera cuando yo ya no esté para protegerla.
Astrid cerró los ojos. La mención de su hermanita era el golpe bajo que su padre sabía usar a la perfección. Osiris era inocente en todo este desastre.
—¿Por qué tiene que ser por un año? —preguntó, intentando buscar una lógica en aquella locura.
—Realmente no lo sé, esa fue la condición del Rey Alfa. Solo un año de matrimonio formal.
—Me pones en aprietos, papá. Como siempre, lo único que te importa es tu desgraciada mujer y tu estatus, y a mí me cargas con tus problemas —Astrid sentía que el corazón se le oprimía.
Su padre se acercó lo suficiente para tomar su mano, apretándola con una súplica silenciosa. Se veía tan demacrado que Astrid temió que realmente se desmayara allí mismo.
—Astrid, por favor… es la última vez que te pediré algo como tu padre. Haz esto por mí y por tu hermana. Solo un año, y te prometo que después de eso, nadie volverá a molestarte.
***
Horas más tarde, la mansión de los Wilde bullía de una actividad nerviosa. Astrid se encontraba en su antigua habitación, frente al espejo, observando una imagen que ella misma apenas reconocía.
Llevaba un vestido largo de seda en color azul cobalto. El tejido se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada una de sus curvas exuberantes, sus caderas anchas y sus pechos firmes que el escote realzaba de forma provocativa pero elegante.
Su larga cabellera, que ahora brillaba con tonos rojizos bajo la luz de las lámparas, caía en ondas perfectas sobre sus hombros.
Algo en su interior no estaba bien. La idea de ser una "Luna por contrato" le resultaba aberrante, pero ya había dado su palabra. Lo hacía por Osiris, se repetía una y otra vez.
Sin embargo, mientras se aplicaba el labial, una herida vieja y profunda se abrió en su pecho. El recuerdo de Elijah emergió con una fuerza devastadora.
Aquel desconocido de una noche había sido el único hombre que la había hecho sentirse verdaderamente mujer, el único que la había mirado sin asco cuando ella misma se odiaba.
¿Cómo podría entregarse a otro? ¿Cómo podría compartir su vida, aunque fuera por un año, con un extraño cuando el fantasma de Elijah y el rostro de su hijo Kai le recordaban constantemente lo que era el deseo real?
Cinco años habían pasado, y aunque Kai era lo mejor que le había pasado en la vida, el vacío que dejó aquel encuentro fugaz aún le dolía en el alma.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Osiris.
—Astrid… el Alfa de Fuego Sagrado está abajo con papá. Están esperando por ti —dijo la pequeña, con los ojos llenos de una mezcla de admiración y miedo.
Astrid suspiró, tragándose el nudo que tenía en la garganta. El dolor interno se disolvió temporalmente, reemplazado por la fría osadía de la abogada que no se deja amedrentar por nadie.
—Vamos, cariño —le dijo a su hermana, dándole un beso en la frente.
Al bajar las escaleras, el silencio en el gran salón era absoluto. En el centro de la estancia, una mujer de una elegancia abrumadora estaba de pie. Era la Gran Luna Madre, la madre del Alfa, quien la observó con una intensidad que parecía leerle el alma.
—Hermosa… —musitó la mujer, acercándose para saludarla con una cordialidad que Astrid no esperaba—. Realmente eres una preciosa, pequeña.
—Gracias, Luna —respondió Astrid con respeto, aunque sus ojos buscaban al hombre que sería su esposo.
En el rincón, junto a la gran ventana que daba al bosque, un hombre estaba de espaldas. Era alto, de hombros anchos que llenaban perfectamente el traje de corte impecable que vestía. Emanaba un aura de poder tan vasta que el aire del salón parecía vibrar.
Astrid sintió que el corazón le daba un giro. Aquella postura, la forma en que su nuca se unía con sus hombros… había algo aterradoramente familiar en él.
Su loba interna, que había estado dormida durante años, empezó a aullar con una desesperación que la dejó sin aliento.
El hombre comenzó a girarse lentamente. Primero su perfil, luego su mandíbula cuadrada, y finalmente, sus ojos.
Cuando sus miradas se cruzaron, el mundo de Astrid se detuvo.
Aquellos ojos grises, profundos como una tormenta de invierno y brillantes como el metal fundido, la observaban con una mezcla de posesividad y un reconocimiento total.
—¡Oh, por Dios! —alcanzó a balbucear Astrid, sintiendo que las piernas le flaqueaban.