Llegada de los amantes

1622 Palabras

El mediodía caía sobre la mansión de Fuego Sagrado con una pesadez sofocante. No era solo el calor del sol lo que agobiaba, sino la tensión acumulada que Astrid sentía en el pecho. Llevaba horas instalada en el porche, con los ojos clavados en el camino de entrada, mientras sus dedos acariciaban con nerviosismo su vientre prominente. Los gemelos estaban inusualmente tranquilos, pero ella no. La ausencia prolongada de Lía y la cruda explicación de Elijah sobre el "celo de Beta" de Dante la mantenían en un estado de alerta constante. —Deja de torturarte, nena —intervino Elijah, apareciendo a su lado con dos vasos de jugo fresco—. Ese camino no se va a acortar por mucho que lo mires con ganas. —Es mi mejor amiga, Elijah —replicó ella, aceptando la bebida sin apartar la vista del horizon

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