La mansión Blackwood todavía vibraba con los ecos de la dominación del Alfa Rey. El aire, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello, parecía negarse a recuperar la calma. Sin embargo, Astrid ya no era la mujer que esperaba en las sombras a que el destino decidiera por ella; ya no estaba dispuesta a ser una mera espectadora de su propia existencia. Había algo nuevo en su espina dorsal: una firmeza de acero que no le debía nada a nadie. Mientras Elijah terminaba de impartir órdenes con voz de trueno en el piso inferior, organizando patrullas y reforzando perímetros, ella se encontró con River en el pasillo que conducía a la salida de la biblioteca. El espacio era estrecho, apenas iluminado por los últimos rayos de luz que morían en las molduras de madera. Él estaba a

