Astrid, sintiéndose mucho más recuperada gracias a la vitalidad de sus gemelos, decidió que necesitaba un poco de aire fresco. No podía soportar un minuto más encerrada entre las cuatro paredes de su habitación, donde el aroma de los inciensos de la bruja todavía flotaba en el ambiente. Elijah se había marchado temprano. El Alfa Rey tenía asuntos urgentes que tratar con sus guerreros en el campo de entrenamiento; la seguridad de la manada tras el ataque de Cyra era ahora su prioridad absoluta. Antes de irse, había besado a Astrid con una intensidad que casi la deja sin aliento, una advertencia silenciosa de que volvería pronto para reclamar su lugar a su lado. Astrid caminaba despacio, con una mano sobre su vientre, disfrutando del roce de la brisa en su rostro. Sin embargo, esa se

