El ambiente en la mansión de la manada Oakhaven, el hogar ancestral de Astrid, era glacial. No era el frío del invierno, sino el de una justicia que había tardado demasiado en despertar. El padre de Astrid, el Alfa de Oakhaven, caminaba por el gran salón con una pesadez en el pecho que finalmente se transformaba en valor. Había estado ciego, manipulado por los hilos de una mujer que juró amarlo pero que solo buscaba destruir lo más preciado que él tenía: su propia sangre. Cyra estaba frente al tocador, retocándose el carmín de los labios con mucha calma. Al ver entrar a su marido por el espejo, sonrió con esa falsedad que Astrid tanto odiaba. —Querido, llegas justo a tiempo. Estaba eligiendo mis joyas para la fiesta. Supongo que Elijah querrá que estemos a la altura de las circunstan

