El bosque que rodeaba las ruinas del Antiguo Templo parecía estar conteniendo el aliento. La niebla se arrastraba entre los troncos como serpientes grises, y el aire pesaba tanto que costaba tragar. El Alfa Wilde estaba allí, oculto entre la maleza, con los ojos ardiendo y el lobo arañándole las costillas. Estaba solo, o casi solo, con apenas un puñado de guerreros leales que se negaban a dejarlo morir. Wilde estaba a punto de lanzarse a una misión suicida; no le importaba si salía vivo, solo le importaba que River pagara con cada gota de su sangre por haber tocado a sus hijas. —Alfa, espere... no podemos entrar así, puede ser una trampa —susurró uno de sus hombres, pero Wilde lo apartó de un manotazo. —¡Me importa un bledo si es una trampa! —rugió Wilde en un susurro cargado de odio

