Capítulo 74: El Grito de la Sangre Antigua El tiempo en la guarida subterránea de River no existía. Para Astrid, cada segundo se estiraba como una eternidad de dolor y desesperación. La oscuridad era una presencia constante, solo rota por la luz descolorida de una antorcha que parpadeaba en un rincón, arrojando sombras grotescas que bailaban en las paredes de piedra. La herida del parto, que River no se molestaba en sanar, ahora supuraba y le ardía como mil infiernos. Astrid se había arrancado un pedazo de tela de su túnica y lo había amarrado a su vientre con los dientes, tratando de contener la hemorragia, pero el dolor era tan intenso que por momentos perdía el conocimiento. Se había arrastrado hasta un rincón, acurrucada sobre unas pieles de animal que no le daban calor. El frí

