En el momento en que Elijah giró la llave, el mundo exterior —con sus bailes hipócritas, sus Alfas conspiradores y la sombra de River Farrow— dejó de existir. Ya no eran anfitriones, ya no eran líderes; eran dos seres esenciales respondiendo a una llamada que les quemaba la sangre. El aire en la habitación estaba saturado, denso, cargado por el aroma del celo de ambos que se mezclaba en una fragancia embriagadora. Olía a almizcle, a bosque bajo la lluvia y a ese dulzor que emanaba de la piel de Astrid, una señal química que le gritaba al lobo de Elijah que su hembra estaba lista para ser tomada, marcada y protegida. Elijah no dio un paso más hacia la cama. Se quedó allí, apoyado contra la puerta, bloqueando la única salida. Sus ojos grises habían desaparecido, devorados por un ámba

