Astrid estaba empapada en sudor, con el pelo pegado a la cara y los labios partidos de tanto morderse para no gritar el nombre del hombre que le había fallado. Las dos parteras de la manada, unas señoras ya mayores con manos que sabían lo que hacían, se movían de un lado a otro. El médico, Marcus, le revisaba el pulso a Astrid con una cara de mucha preocupación. —¡Fuerza, Luna! Ya casi sale el primero —le pedía Marcus—. Necesito que empuje con toda la garra de Kala. Astrid apretó las sábanas con sus garras, que todavía no se guardaban. Cada contracción era como si un lobo gigante la estuviera mordiendo por dentro. Miró hacia la puerta que estaba cerrada con llave. Sabía que Elijah estaba ahí mismo, del otro lado. Podía oler su desesperación y su angustia, pero todo eso venía mezclado

