Elara Montesinos La indiferencia de Alexander no era una emoción era una estrategia ejecutada a la perfección, una tortura diseñada para obligar a mi corazón a marchitarse por falta de nutrientes. Una semana había transcurrido y cada hora era un testimonio de su crueldad calculadora, en la oficina, mi excelencia se disparó, impulsada por el miedo a que mi dolor me hiciera cometer un error. Él lo notaba una tarde, después de cerrar un trato difícil, me dijo: "Tu enfoque es admirable Elara, finalmente has aprendido a separar la función del sentimiento." Su voz, desprovista de cualquier calor, hizo que el triunfo se sintiera como una derrota. Era un cumplido que me recordaba que yo era una máquina, no una mujer. En casa, la situación era insoportable, compartíamos la mesa con Lía

