Ninguna de las mujeres podía dormir. Era como si todas se hubieran puesto de acuerdo. Les martillaba el recuerdo de Miguel igual a un gran aserradero, retumbando en sus cabecitas y moliendo sus sesos, a todas, en forma coincidente, en forma unánime. Sentían las llamas revoloteando en sus cuerpos y tenían sus corazones acelerados. Doris, Nancy, Carolina, Daniela y Fátima se sentían mal, incómodas, bajo los edredones, con muchos rayos y truenos, explotando en sus cráneos, martillándolas. Daban y daban vueltas en sus camas, sin poder conciliar el sueño. Tenían calenturas, además, sentían llamas alzándose en sus cuerpos, chisporroteando candela por sus poros y hasta echaban humo parecido a pilas de carbón. Se despertaban una y otra vez y cuando, apenas cerraban los ojos tratando de retomar el

