Le hice guardia a Daniela, con la intención de disculparme con ella, hacer las paces, disculparme y hasta pensaba ponerme de rodillas para que me perdonase, por varios días, terco y empecinado, incluso soportando intensas garúas y vientos huracanados, pero nunca coincidíamos. O ella salía demasiado temprano o regresaba muy tarde a su casa. Antes de irme al estadio me daba una vuelta por su casa, y al salir de trabajar, me quedaba muchas horas parado en la esquina, aguardando que llegara, pero ella nunca aparecía. Me sentía mal por todo lo que había ocurrido y lo que quería era reconciliarme y también, pues, disfrutar de sus intensos labios rojos que me tenían desquiciado. Necesitaba, con urgencia, volver a besar su boca. No sabía qué hacer, en realidad. Le escribí varias notas y las pasé

