Entro en mi habitación de la posada, comienzo a recoger mis pertenencias, cuando veo a Juan atravesar mi puerta. −Elena, ¿a dónde vas? –pregunta. −Dejo este sitio. Se queda sorprendido. Reflexiona unos segundos en silencio y pregunta: −¿Vuelves a Anturias? −No idiota –contesto y lanzo una risita−. Simplemente dejo la posada. Mi madre insiste en que vaya a vivir con ella. Juan suspira aliviado. −Por un momento pensé que… −¿Que me iría sin decirte nada antes? –lo interrumpo. Él asiente−. No tienes por qué preocuparte nunca haría eso –digo. −¡Lo sé! ¡Soy un idiota! –exclama y se pasa una mano por el pelo. Se acerca a mí, aun tiene los cachetes sonrojados. Le doy un pellizco en la mejilla y ambos sonreimos. Me rodea la cintura con las manos y nos miramos fijo. Me planta un beso en

