Capítulo 1
Fatima Glenn
—¿ Estás dispuesta a hacer cualquier cosa por la familia, Fatima?—mi hermano está de espaldas a mí mirando la tumba de papá, la tierra recién removida. Huele a hojas mojadas y a pasto cortado en el cementerio. Los robles centenarios gotean lluvia. A seis metros de distancia, varios soldados del clan hacen guardia, con sus metralletas compactas apenas ocultas bajo sus grandes abrigos.
Mi respiración empaña el aire más rápido mientras mi corazón se acelera, pero la respuesta es fácil.
—He estado haciendo eso toda mi vida— digo, acercándome a él. Me ajusto más la chaqueta impermeable alrededor del cuerpo. El sol apenas comienza a asomar detrás de las nubes y papá ya lleva dos semanas muerto. Habría disfrutado de una mañana como ésta.
—Esto no será fácil.
—Nada ha sido fácil desde que murió papá—la herida de su funeral aún arde apenas una semana después de su finalización.
Todavía me despierto pensando que puedo llamarlo, escuchar la voz ronca de papá, reírme de sus malas palabras y sus bromas estúpidas, hacer sonreír al saber que todavía está allí.
Ahora se ha ido.
—Esto será peor— Rian se aleja de la tumba y cruza las manos a la espalda mientras camina por el sendero sombreado. Sigo el paso a pesar de que quiero quedarme con papá por un tiempo más. Mi hermano mayor es ahora el jefe interino del clan y se le debe cierto respeto.
–¿Peor cómo? No estoy segura de que pueda volverse más difícil.
—Estamos terminando la guerra, Fatima. Y tú vas a ayudar a lograrlo.
Lo miro sorprendida. Rian todavía no me mira. Mi hermano es alto, con cabello y ojos oscuros, mejillas afiladas y delgado. Una mirada intensa, como si siempre estuviera viendo su propia muerte marchando hacia él. Siempre hemos sido así desde que éramos pequeños. Como si tuviera un pie en la tumba y lo supiera.
—¿Por qué?—pregunto, genuinamente curiosa. La guerra contra los Benet se prolonga desde hace meses y meses, uno de los enfrentamientos más sangrientos en los que se ha visto involucrada mi familia en mi vida. Demasiados amigos, primos y ahora un padre muertos. Demasiados de los nuestros para vengarse y parar ahora.
—Primero, quiero que entiendas algo. No me he olvidado de papá. Nunca olvidaré lo que le hicieron a nuestro padre—Rian agacha la cabeza. Avanzamos lentamente por otro camino entre imponentes edificios de hormigón consagrados a los santos.
—De todos modos, nunca dije que lo harías.
—Todos nos hemos sacrificado en esta lucha, y ahora voy a pedirte algo que un hermano mayor nunca debería pedirle a su hermana. Si hubiera otra manera, la encontraría.
—¿Qué estás a punto de obligarme a hacer?
Él todavía no me mira.
—Los Benet quieren un gesto. Necesitan pruebas de que nos tomamos en serio este asunto de la paz y, en muchos sentidos, estoy de acuerdo con ellos. Un gran gesto es la única manera de terminar con esto sin más asesinatos, y estoy cansado de matar. Estoy cansado de perder a las personas que amo y seguiremos perdiendo si no detenemos esto ahora.
Mis pies se entumecen como si hubiera pisado un charco. Reduzco la velocidad y pierdo un paso mientras él avanza.
—Rian. Sólo sácalo. Di lo que tengas que decir.
Rodeado de muertos, lápidas como dientes pálidos que emergen de la tierra, mi hermano se detiene y me mira directamente por primera vez en una hora.
—Estás arreglado para casarte con Jayson Benet. Ese es el trato que hice con Adler. Acordamos que es la mejor manera de solidificar esta tregua y asegurarnos de que el ciclo de venganza no continúe para siempre. Nueva vida en lugar de la vieja muerte.
No sé qué decir. Mi mandíbula se mueve y miro ese rostro familiar y serio, ahora pálido. Incluso tenso por el dolor. Mi hermano mayor, siempre reservado. Pero, como yo, quería complacer a papá.
—Estás bromeando –finalmente logro decir.
—No. Lo lamento.
—¿Jayson Benet? ¿El hombre real que mató a nuestro padre? ¿Quieres que me vaya y me case con el cabrón que asesinó a nuestro papá?
—Sí.
–Que te jodan–él no reacciona. Me acerco—.No. En serio. Vete a la mierda. No hay manera que me case con Jayson, no por ninguna jodida razón. ¿Me oyes, Rian? Absolutamente de ninguna manera.
Estoy tan furiosa que podría gritar. Mis orejas se ponen rojas, mis mejillas se sonrojan y mi visión se nubla. Mi propia carne y sangre, tratando de venderme a un bastardo asesino, al pedazo de basura que causó esta pesadilla para empezar. Es una pesadilla despierta.
—Tienes una opción— dice Rian como si no lo hubiera maldecido en un cementerio. Dios me perdone, pero no estoy en mi mejor momento—.Siempre tienes una opción, Fatima. Esto no es lo que quería, Dios lo sabe, pero todos nos sacrificamos. Hacemos lo que tenemos que hacer por el clan.
—Vete a la mierda– digo, agitando una mano en el aire—¿Te casaste con la mujer que asesinó a tu propio padre? No me parece.
—No, tienes razón. Sé que esto es pedir mucho. Pero si crees que no me he sacrificado, estás aún más ciega de lo que pensaba—Rian da un paso adelante, mirándome fijamente, su máscara habitual se rompe un poco. La tristeza en su expresión se siente como un martillo contra mi columna–.Me casé con el arma cuando era niño. Crecí matando y esperando morir. Eso es todavía todo lo que sé. El orgullo del clan. Mi vida por la sangre. Luego papá muere y me nombran jefe, y ahora tengo que encontrar una manera de poner fin a esta locura antes de que muera más gente nuestra y acabemos aniquilados por completo. ¿Crees que me gusta hablar con esos bastardos? Malditos sean, Fatima quiero matarlos a todos, pero tragarme mi orgullo es todo lo que puedo hacer.
—Más bien como vender el mío— sé que no es justo. Puedo decir que le duele en el momento en que las palabras salen de mi boca, pero estoy muy enojada—.Me estás pidiendo que me entregue a un bastardo al que odio por el resto de mi vida. ¿Tú lo sabes? Bien podría matarme ahora–él está en silencio. Sólo me mira fijamente. Respiro con fuerza, aspirando aire. ¿Por qué diablos está pasando esto? ¿Ahora de todos los tiempos? Todavía estoy destrozada por la muerte de papá, apenas manteniendo mi cordura, aferrándome al clan más fuerte que nunca, y ahora Rian me pide que haga algo tan enfermizo y retorcido que me dan ganas de vomitar. Es una elección imposible.
Todo lo que tengo que hacer es entregarme a un monstruo y podré salvar a todos los que conozco.
Bueno, joder.
Cuando empiezo a pensar en ello así, suavizo un toque. Todavía estoy enojada, pero me doy vuelta y camino, ignorando a los soldados mientras estudiadamente fingen no notarme. ¿Se enteraron de esto? Podría haberlo hecho, ya que Pablo es cercano a Rian y Daret es su primo. Los cabrones vinieron a mi ejecución. Para mi propia protección—¿Cómo sabes que funcionará?– enciendo a Rian. Rabia en mi corazón, pero ya no es un incendio forestal. Sólo una pequeña brasa ardiendo. Todos los muertos del clan lo mantienen encendido, pero todos los vivos del clan evitan que pierda la cabeza—.Podrían simplemente matarme y seguir viniendo por nosotros.
—Podrían—coincide–.Pero tenemos otros acuerdos vigentes. Relaciones comerciales que unirán estrechamente a las familias. El matrimonio es el último paso.
—Hablas esto en serio. ¿Supongo que querrás algunos sobrinos y sobrinas?
—Serán Benet. Preferiría que no lo hicieras.
Lo miro fijamente con los ojos muy abiertos y luego me eché a reír. Sus labios se juntan en una sonrisa sombría. No es realmente gracioso, pero diablos, estoy demasiado jodida para que me importe.
–Salvará al clan, ¿No?—me calmo y me apoyo en un enorme pilar adosado al mausoleo—.Qué maldito lanzamiento.
—Lo sé, Fatima—se inclina a mi lado–. Yo también lo odio.
—¿Y si digo que no?
—Encontraremos otra manera. Quizás uno de las primas. Estaba pensando en Kenia.
Gimo, mirando al cielo. Este bastardo manipulador sabe lo que hace. La Prima Kenia, cuatro años menor que yo, recién salida de la universidad, la pequeña Kenia tímida, tranquila y delgada.
—Tienes que estar bromeando.
—No hay muchas opciones en este momento, ya sabes, y tiene que ser alguien cercano al corazón del clan. Si no eres tú, entonces Kenia. Si no es ella, entonces encontraré a alguien.
—Mierda–me froto la cara con ambas manos. No queda mucha ira. Sigo imaginándome a la pequeña y tímida Kenia con un vestido de novia vendida a esos bastardos, con sus grandes ojos desorbitados y aterrorizados, su cabecita de rizos apretados rebotando arriba y abajo mientras la arrastran a la cama nupcial de algún bruto.
Maldito bastardo, Rian. Él sabe lo que hace al poner esa imagen en mi cabeza, pero no es mentira. Él irá a ver a Kenia a continuación, y ella será demasiado cobarde para decir que no.
—Está todo jodido, no importa cómo vaya— Rian contempla las tumbas—.Yo tampoco quiero que seas tú.
—Tiene que haber otra manera.
—Hemos estado discutiendo esto desde que murió papá. Esto es lo mejor que se nos ocurrió
—Lo odiaré. Tú lo sabes.
—Lo sé.
—Quizás yo también te odie un poco.
—Lo sé. Otro sacrificio por el clan.
Gimo, cierro los ojos con fuerza y me hundo en el suelo. Me siento con las rodillas pegadas al pecho. Mi trasero se moja por el cemento resbaladizo por la lluvia. Rian se sienta a mi lado, con la postura desplomada y exhausta.
Nos sentamos así en silencio por un rato. Pienso en Kenia y todas las otras chicas de la familia que se verán arrastradas a esto si no digo que sí. Una docena de chicas buenas, chicas vírgenes como yo, excepto que no tienen la opción como yo, y tendré que vivir con lo que pase si es una de ellas.
El clan obtiene lo que necesita al final, lo queramos o no, y si puedo salvar a una de mis primas pequeñas de este destino, entonces tengo que hacerlo.
Mejor yo que una de ellas. Es mejor sufrir en el infierno que vivir con la culpa.
Soy fuerte. Soy la hija de papá. Aprendí a sobrevivir hace mucho tiempo, y si alguien va a superar esta miserable situación, seré yo.
—Está bien–digo, mirándolo—.Acepto este matrimonio por deber.
–Muy bien, Fatima. La boda es en tres días y estaré allí todo el tiempo, lo prometo.
Un puto consuelo, eso es.