Al llegar a la oficina de Vladímir, mi hermano ordenó a los hombres que se encontraban allí contando dinero que se retiraran. Apenas quedaron solo nosotros, Estéfano me preguntó:
—¿Quieres tomar algo, Cinthia?
—Un martini.
—Tú no bebes —dijo Vladímir con ese tono autoritario que siempre usaba. Sabía que yo evitaba el alcohol por culpa del vicio de nuestra madre, pero aun así respondí firme:
—Ahora sí. Quiero un martini.
—No. —Volvió a ordenar con la misma frialdad.
Estéfano, mirando nuestra pequeña discusión, sonrió divertido y preguntó:
—¿Entonces qué hago?
—Dije que no —repitió Vladímir, cruzando los brazos—. Ahora vamos a lo importante: ¿por qué fingiste tu muerte?
—Yo no fingí nada. —Suspiré con cansancio, sintiendo la tensión clavarse en mi espalda—. Hace dos años tuve un accidente que me dejó en coma por un año y nueve meses. Cuando desperté, mi vida se había ido por un caño: mamá estaba muerta, papá había perdido la empresa, y mi novio... Bueno, eso ya no importa. Lo que quiero decir es que alguien está detrás de todo esto.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Vladímir, frunciendo el ceño.
—A eso mismo. Alguien se encargó de fingir mi muerte. ¿No les parece demasiada coincidencia que justo el mismo día en que tuve el accidente apareciera en la morgue una mujer con mi misma complexión, edad, cabello y ropa? Estaba tan desfigurada que no pudieron identificarla, pero mamá, completamente destrozada, reconoció mi ropa... y por eso concluyeron que esa mujer era yo.
Estéfano miró a Gian, y este último comentó con seriedad:
—Son demasiadas coincidencias, Vladímir.
Mi hermano se pasó una mano por el cabello y ordenó:
—Investiga al chofer del auto. Tiene que haber algo que se nos haya escapado.
—No lo creo —dije enseguida—. El señor Ferrer es un hombre amable, atento...
Estéfano me miró confundido y preguntó:
—¿El señor Ferrer?
—Sí, el chofer del auto que me atropelló. Él estuvo conmigo durante mi recuperación e incluso pagó todos mis gastos médicos. —Noté las miradas que se cruzaban entre los tres y fruncí el ceño—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así?
—Cinthia, el chofer del auto que te atropelló nosotros lo capturamos —reveló Vladímir, su voz densa, peligrosa—. Lo tuvimos prisionero durante meses. Lo torturamos para que dijera quién lo había contratado.
Me quedé helada.
—Déjame ver si entiendo —dije despacio—. ¿Estás diciendo que el hombre que iba a visitarme todos los días, que hablaba conmigo, que cuidó de mí, no era el chofer que me atropelló?
—Exacto. —Vladímir asintió, su expresión endurecida—. No lo sé, pero lo voy a averiguar.
—Esto cada vez se pone más extraño —murmuré, llevándome una mano al rostro—. Primero el accidente, después el supuesto chofer que no era el chofer... y encima todos me creyeron muerta.
Vladímir se acercó a mí y puso una mano en mi hombro. Su gesto fue suave, pero su mirada seguía siendo la del hombre que mandaba sobre todos.
—Tranquila. Voy a ayudarte a descubrir quién está detrás de todo esto.
Sonreí apenas por sus palabras, pero cuando levanté el rostro, mi cabello se corrió y dejó al descubierto la herida en mi cuello. Vi cómo su expresión se transformó de inmediato; la furia le subió a los ojos.
—¿Quién te hizo eso, Cinthia? —gruñó entre dientes.
—Tranquilo, no es nada... —intenté restarle importancia, apartando su mano.
Gian y Estéfano también la vieron, y sus rostros cambiaron al instante.
—¿Cómo que no es nada? —replicó Vladímir, su voz cortante—. ¿Acaso no te enseñé a defenderte para evitar que algo así ocurriera?
—Y aprendí muy bien. —Le devolví la mirada con serenidad—. Pero dejé que me lastimara para conseguir lo que quería.
—Aun así, prima —intervino Estéfano con tono serio—, lo dejaste acercarse demasiado.
—Conseguí la información que necesitaba —respondí tajante—. Eso es suficiente. Ahora quiero hablar con Max.
—Aún no terminamos —dijo Vladímir sin moverse—. Déjenos solos.
Estéfano y Gian obedecieron y salieron de la oficina. Cuando la puerta se cerró, mi hermano se acercó un poco más.
—Después de que “murieras”, fui a ver a papá —dijo con voz baja—. Le ofrecí ayuda, pero la rechazó. Dijo que no quería nada de nosotros. Así que lo vi perder la empresa sin mover un dedo.
Sentí un nudo en el pecho.
—No te culpes por eso, Vladímir. Cada uno tomó sus decisiones.
—No, Cinthia. Quiero que sepas que ahora que estás de vuelta, no vas a pasar por lo mismo. Sé que vas a necesitar dinero y...
—No, hermano. No quiero que te preocupes por eso. —Lo interrumpí con firmeza—. Me haré cargo de papá y de mí. Hoy recordé que aún tengo un nombre en la industria y voy a retomar mi carrera. Solo vine para decirte que estoy bien y pedirte que investigues quién está detrás de todo esto.
—Nuestra familia no solo tiene dinero sucio, Cinthia. También hay negocios limpios. —Su voz sonó más suave, casi protectora—. No quiero que pases necesidades ni que dependas de nadie. Eres una Mussicardi, y mientras alguno de nosotros siga vivo, siempre velaremos por tu seguridad.
—Vladímir...
—No me interrumpas —cortó tajante—. Desde hoy, mis hombres te estarán vigilando.
—Ni lo sueñes —repliqué al instante—. Eso no va a pasar.
—Cinthia, esto no está a discusión.
—No quiero niñeras. Tengo casi treinta años y sé cuidarme sola.
—Me importa un bledo si tienes treinta o quince. —Su tono fue una mezcla de ira y miedo contenido—. No voy a volver a perderte. Tú y esos dos idiotas que están detrás de la puerta son todo lo que tengo. No pienso pasar otra vez por ese infierno.
De pronto, las puertas se abrieron y Gian asomó la cabeza, sonriendo con sarcasmo.
—Gracias por lo de idiotas, hermano. Pero concuerdo contigo.
Estéfano entró detrás de él y agregó:
—Cuando te creímos muerta, Cinthia, no solo tus padres sufrieron. Fue un golpe duro para todos nosotros. Aunque no te guste, vamos a ponerte seguridad, al menos hasta saber qué está pasando.
Los miré, cruzando los brazos.
—Lo que ustedes quieren es saber dónde estoy y con quién, todo el tiempo.
—Exacto —respondió Estéfano con total naturalidad—. Para eso es la seguridad.
—Están locos si creen que pueden controlar mi vida.
Vladímir golpeó la mesa con fuerza, haciendo temblar los vasos.
—Suficiente, Cinthia. Esto es por tu bien. Puedes gritar, zapatear o maldecir, pero no vamos a cambiar de opinión.
Inspiré hondo y sonreí con ironía.
—Perfecto. Si es así, espero que tus hombres estén muy bien entrenados. —Me crucé de brazos—. No será fácil seguirme el paso.
Los tres fruncieron el ceño al mismo tiempo.
—Y una cosa más —agregué con una sonrisa ladina—: tengo algunos asuntos personales que planeo resolver por mi cuenta. Si alguno se atreve a intervenir, no les hablaré por un año.
Vladímir me miró con fastidio.
—¿De qué asuntos hablas?
—Shh... un año, hermanito. —Le guiñé un ojo—. Ahora, si me disculpan, voy con Max. Ya saben lo nervioso que se pone en estos lugares.
Sin darles tiempo a responder, salí de la oficina. El aire del pasillo se sentía más fresco, aunque dentro de mí hervía una mezcla de rabia y tristeza. No podía creer que, a mi edad, todavía quisieran tratarme como a una niña.
Mientras bajaba las escaleras, pensé en todo lo que había cambiado desde aquel accidente: el dolor, las pérdidas, las mentiras. Pero lo que más me ardía era la traición. Adrián —mi exnovio, ahora felizmente emparejado con Camila Salvatore— había sido parte de mi mundo, de mis planes... y ahora era parte del de ella.
Y sin embargo, el destino parecía burlarse de mí. Porque en medio de todo ese caos, el hermano de Camila, Vladímir, se había convertido en el único capaz de desarmar mis muros.
Sonreí apenas. No había terminado con ninguno de ellos. Ni con el pasado, ni con las verdades enterradas, ni con las heridas que seguían sangrando bajo mi piel.
Y mientras me dirigía a buscar a Max, solo una cosa resonaba en mi cabeza:
la guerra acababa de empezar.