En el yate, Vladímir se había ocupado de cada detalle con meticulosa precisión: la música suave que flotaba en el aire como una caricia, las luces tenues que danzaban sobre las olas del mar nocturno, y la cena exquisita dispuesta en la cubierta superior, todo se conjugaba en una atmósfera de ensueño. Pronto, destapó una botella de vino blanco chilled a la perfección, sirvió dos copas con gracia y se acercó a mí, extendiendo una de ellas con una sonrisa que iluminaba sus ojos oscuros.
—Ahora sí, es oficial: estamos en una cita —dijo, con un tono juguetón que ocultaba una profundidad inesperada.
Acepté la copa, pero antes de llevarla a mis labios, lo miré con una ceja arqueada.
—Solo la aceptaré porque usted me la está dando, pero... en realidad, yo no bebo.
Su expresión se tiñó de sorpresa.
—Pero usted dijo que...
—Sí, bueno, el vino es parte de lo que dos personas comparten en una cita romántica —interrumpí, encogiéndome de hombros—. Pero en mi caso, no suelo beber. —Hice una pausa, observando su curiosidad, y decidí abrirme un poco más—. Mi madre no se controlaba cuando bebía, y solía atacarme cuando perdía la razón. Por eso, de adulta, juré no abusar de este tipo de bebidas. Me aterra convertirme en algo similar.
Vi cómo intentaba retirar la copa de mi mano, pero la aparté con rapidez. Me miró serio, con una preocupación genuina en el rostro.
—No es necesario beber esta noche. No voy a obligarla si no quiere...
Tomé un sorbo pequeño, saboreando la dulzura afrutada que se extendía en mi paladar, y sonreí, clavando mis ojos en los suyos.
—Créame, señor Salvatore, nadie puede obligarme a hacer algo que no quiero. Bueno, a excepción de mi familia; por alguna extraña razón, ellos siempre consiguen doblegar mi voluntad.
Él soltó una risa suave, relajando los hombros.
—Sé a lo que se refiere. La familia es complicada. Mi hermana, por ejemplo... he perdido la cuenta de cuántas veces me he enfadado con ella, pero no puedo evitar preocuparme por su bienestar. —Hizo una pausa, y su mirada se ensombreció ligeramente—. Lo siento, lamento lo que sucedió con ella hoy.
—¿Vas a seguir disculpándote? —repliqué, con un tono juguetón para aligerar el momento—. Dejemos algo en claro: mis problemas con Camila son solo con ella. Tú, intenta mantenerte al margen, ¿quieres?
Asintió, con una sonrisa que borraba cualquier tensión residual. Me levanté de mi asiento, ansiosa por cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Por qué mejor no cambiamos de tema y me enseñas tu yate?
Vladímir no dijo nada más. Simplemente asintió y me guio en un recorrido por el lujoso barco. Hablamos de sus viajes de infancia, de mares exóticos y aventuras bajo el sol, hasta que llegamos a la zona de los camarotes. Con un toque de picardía en la voz, pregunté:
—¿Y cuál de todos estos era el tuyo?
Me miró con intensidad, una advertencia velada en sus ojos.
—Señorita Mussicardi, no juegue conmigo. Esta noche no seré un caballero si usted me provoca.
Sonreí, desafiante, y me acerqué hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros. El calor de su aliento me envolvió.
—Ya le había dicho, señor Salvatore, que nadie le había pedido eso...
Acorté la distancia por completo, rodeando su cuello con mis brazos, y lo besé. Lo que empezó como un roce suave se transformó en un torrente de fuego y pasión. Sus manos se posaron en mis caderas, atrayéndome contra su cuerpo con una urgencia que me dejó sin aliento. Me apretó contra la pared del pasillo, y pude sentir cómo su excitación crecía, presionando contra mí. Froté mi cuerpo contra el suyo, intensificando el momento, hasta que se separó jadeante, observándome con ojos que ardían de deseo.
Mi pecho subía y bajaba con agitación, luchando por recuperar el aire. Aun con la respiración entrecortada, susurré:
—¿Qué dice, señor Salvatore? ¿Me va a enseñar su habitación?
Rió con una gracia ronca, luego deslizó sus manos hasta mi trasero y me levantó en brazos como si no pesara nada.
—Esta noche espero enseñarle mucho más que eso —murmuró, con una sonrisa predatoria.
Sin darme tiempo a responder, capturó mis labios de nuevo y me llevó al camarote principal.
Una vez dentro, me depositó con delicadeza en la cama king-size, envuelta en sábanas de seda. Sus besos recorrieron mi cuello, mis hombros, descendiendo con una lentitud tortuosa que avivaba cada terminación nerviosa de mi piel. Nuestra noche de lujuria se desplegó como una tormenta: ropa que volaba por el aire, cuerpos entrelazados en un baile primitivo, gemidos que se mezclaban con el rumor del mar. Vladímir era un amante experto, atento a cada suspiro mío, explorando con manos firmes y labios voraces. Me perdí en él, olvidando por un rato el mundo exterior, hasta que el clímax nos envolvió en una oleada de placer puro.
***
Después de nuestro encuentro apasionado, me levanté sigilosamente para ir al baño y beber un poco de agua. Me vestí con rapidez, ajustando mi vestido arrugado, y al ver a Vladímir profundamente dormido de espaldas a mí, con el cabello revuelto y la sábana cubriendo apenas su cintura, no pude evitar sonreír. Era una imagen de vulnerabilidad que contrastaba con su fuerza habitual. Salí del camarote con cuidado para no despertarlo y me dirigí a la cocina del yate, iluminada por una luz tenue.
Abrí la heladera en busca de algo refrescante, pero mi mano se congeló al ver una foto pegada en la puerta: Camila y Adrián abrazados, sonriendo con una felicidad que me revolvió el estómago. Era un recordatorio brutal de por qué estaba allí en primer lugar. No por romance genuino, sino por un plan calculado. Adrián, mi exnovio traidor, ahora enredado con Camila, la amiga que me había apuñalado por la espalda. Y Vladímir, su hermano, era mi objetivo: el medio para infiltrarme en su mundo, para desentrañar sus secretos y tal vez, solo tal vez, cobrar una venganza sutil.
Me reproché internamente por haberme dejado llevar tanto. Serví un vaso de jugo de naranja fría y lo bebí de un trago, intentando aclarar mi mente. Escuché pasos aproximándose y, al voltear, allí estaba Vladímir, solo con un bóxer n***o que delineaba su físico atlético, el cabello despeinado y una expresión somnolienta pero irresistible.
Sonreí ante lo sexy que se veía en ese estado desaliñado.
—Perdón, ¿te desperté? —pregunté, dejando el vaso vacío sobre la encimera.
Negó con la cabeza y se acercó por detrás, rodeándome con sus brazos fuertes. Su aliento cálido rozó mi oreja como un ronroneo.
—Vuelve a la cama... aún es temprano.
—Querrás decir demasiado tarde. Debo volver a casa —respondí, aunque mi cuerpo traicionero se inclinaba hacia él.
Me miró con ojos suplicantes.
—¿En verdad quieres irte?
—No quiero, pero debo hacerlo —admití, sintiendo una punzada de conflicto interno. Mi plan requería proximidad, pero esto empezaba a sentirse demasiado real.
—Está bien, daré la orden de volver y yo te llevaré —concedió, pero añadió con un guiño—: Igualmente, aún tendremos algunos minutos más...
—¿No te bastó con todo lo de anoche? —bromeé, aunque mi pulso se aceleraba.
Sonrió maliciosamente y mordió con suavidad el lóbulo de mi oreja.
—Creo que nunca tendré suficiente de ti, Cinthia.
Sin poder resistirme —o sin querer hacerlo—, permitió que me tomara en brazos de nuevo y me llevara de vuelta al camarote. Esta vez, nuestro encuentro fue más lento, más íntimo: exploraciones mutuas, susurros en la oscuridad, un placer que se extendía como miel caliente. Vladímir me hizo sentir deseada, valorada, y por un momento olvidé que todo esto era parte de un juego mayor. Max, mi socio y cómplice, me había advertido: "No te involucres emocionalmente, Cinthia. Recuerda lo que Camila y Adrián te hicieron". Pero en los brazos de Vladímir, era fácil perder de vista la línea entre fingir y sentir.
***
Eran casi las cuatro de la mañana cuando por fin atracamos cerca de la costa y Vladímir me llevó en su auto deportivo hasta mi casa. Después de seducirme una vez más y mantenerme cautiva en la cama por dos horas adicionales, mi cuerpo estaba exhausto, pero mi mente bullía de pensamientos contradictorios. Al estacionar en la entrada de la mansión familiar, miré por la ventanilla, escudriñando la oscuridad.
—Espero no despertar a nadie —murmuré, pensando en el señor Ferrer, nuestro mayordomo leal, o en los guardias que patrullaban el perímetro.
Volteé hacia Vladímir, pero antes de que pudiera despedirme, sus labios capturaron los míos en un beso profundo, cargado de promesas no dichas. Cuando se separó, su voz fue un susurro ronco:
—¿Qué harás más tarde?
—No lo sé. Por lo pronto, dormir; tú casi acabas conmigo —respondí, con una risa cansada.
Sonrió, trazando mi mejilla con el pulgar.
—No planees nada para el mediodía. Pasaré por ti para ir a almorzar.
Asentí, y esta vez fui yo quien robó un beso rápido de sus labios antes de bajar del auto. Caminé hacia la casa, saludando incómoda a los hombres de seguridad que rondaban el jardín. Me quité los tacones para no hacer ruido y subí las escaleras sigilosamente, evitando las zonas iluminadas. Al llegar a mi habitación, me dejé caer en la cama, exhausta. Vladímir había drenado mis energías, pero también había avivado algo en mí: una mezcla de atracción genuina y determinación. Mañana, o mejor dicho, en unas horas, lo vería de nuevo. Y mientras tanto, contactaría a Max para actualizarlo sobre el progreso. El plan seguía en marcha: infiltrarme en la familia Salvatore, descubrir sus debilidades, y hacer que Camila pagara por su traición. Pero ¿y si Vladímir no era solo un peón? Sacudí la cabeza, obligándome a descansar. El juego apenas comenzaba, y yo, Cinthia Mussicardi, no era de las que perdían.