Capítulo 18

1616 Palabras
Pasaban de las siete y media de la tarde cuando bajé las escaleras, vestida con un conjunto de pantalón palazzo y blazer negros, combinados con una blusa blanca ajustada y tacones color nude. Quería verme elegante, pero sin perder lo casual. No sabía exactamente a dónde iríamos, pero esta vez quería sentirme hermosa, segura, distinta. Peiné mi cabello n***o en una coleta alta y dejé algunos mechones sueltos, apenas despeinados sobre mi frente. Tras colocarme unos pendientes de aro y mi reloj plateado favorito, bajé al salón. Apenas llegué, noté que todos los hombres de mi familia seguían allí. Gian me observó curioso, pero fue mi abuelo quien se adelantó con una sonrisa que, aunque escasa en él, siempre lograba ablandarme. —Hija, te ves preciosa —dijo con orgullo, levantándose de su sillón—. Le haces honor a tu nombre, Cinthia Mussicardi. —Gracias, abuelo —contesté con una sonrisa nerviosa—, pero eres un exagerado. Él soltó una carcajada y se acomodó el saco, mientras yo barría con la mirada el lugar. Ninguno parecía tener intenciones de irse. —Lamento tener que dejarlos —dije al notar el ambiente pesado—. Creí que ya se habían marchado. Fue entonces cuando Marco, con su sonrisa entre burlona y fraternal, replicó: —Estábamos esperando a que arreglen nuestros autos. Además, no íbamos a irnos sin despedirnos de ti. Su mirada brilló con picardía. —¿Por qué lo preguntas, hermana? ¿Acaso no querías que viéramos con quién vas a salir? Fruncí el ceño y crucé los brazos. —Para nada, hermano. Es más, esta noche saldré con uno de tus socios… Vladímir Salvatore. La sonrisa de Marco se desvaneció en el acto, mientras la mía crecía con satisfacción. A veces, provocarlo era inevitable. —¿Y se puede saber qué vas a hacer con ese tipo? —preguntó, conteniendo la molestia. —Eso no te incumbe —respondí con calma—. Además, quiero recordarte que en dos meses cumplo treinta años. Ya no tengo por qué darte explicaciones. Ni cuando era niña se las daba a papá, así que no empieces a controlar mi vida ahora. Me acerqué y besé su mejilla antes de girarme hacia mi abuelo, que sonreía divertido por la escena. Tomé su brazo y lo guié hasta el sillón para sentarnos un momento más. Sentía la mirada de Marco clavada en mi espalda, intensa, protectora… pero no iba a dejar que ese instinto fraternal se convirtiera en una prisión. El timbre sonó minutos después, haciendo que mi corazón diera un salto. Tomé mi bolso, pero antes de poder levantarme, Marco se adelantó con un tono sarcástico. —Tranquila, hermana, yo abro. Ni siquiera tuve tiempo de detenerlo. En segundos, ya estaba frente a la puerta, recibiendo a Vladímir. Mi abuelo, mi padre y mis primos observaban desde la sala con disimulada diversión. La tensión se volvió palpable cuando Vladímir cruzó el umbral. —Buenas noches —saludó con voz grave y elegante. Vestía un traje azul marino de tres piezas. El corte era impecable y su porte, simplemente imponente. Cuando sus ojos color miel se posaron en mí, sentí una corriente eléctrica recorrerme. No intentó ocultar su deseo, y eso me desarmó por completo frente a todos. Bajé la mirada, incómoda, mientras escuchaba las voces de mis primos rompiendo el silencio. —Buenas noches, señor Salvatore —dijeron casi al unísono, estrechándole la mano con cordialidad, aunque sus sonrisas eran más diplomáticas que sinceras. Marco intervino enseguida, recalcando con un tono molesto: —Me sorprendió saber que usted conocía a mi hermana. —Hasta hoy supe de su parentesco —respondió Vladímir con serenidad—. No sabía que la señorita Mussicardi era su hermana. —Ya veo… —contestó Marco, analizando cada palabra. Aproveché el silencio para despedirme. Besé la mejilla de mi abuelo, abracé a mi padre y, con determinación, tomé el brazo de Vladímir. —Muy bien, hermano. Te veo luego. Como verás, ya vinieron por mí. —Espera, Cinthia —replicó Marco, endureciendo la voz—. ¿A qué hora piensas volver? Todos lo miraron con desaprobación. Incluso Gian disimuló una sonrisa. Antes de que pudiera responder, Vladímir intervino con calma: —No tiene de qué preocuparse, señor Mussicardi. Me aseguraré de traerla sana y salva a casa. Marco ajustó las mangas de su camisa y suspiró con fastidio. —Hermana, sabes por qué lo digo. Solo me preocupo por tu seguridad. Vladímir arqueó una ceja, divertido. Fue entonces cuando mi abuelo, que hasta ese momento había permanecido callado, habló con voz grave: —Tranquilo, muchacho. Mis hombres los seguirán de cerca. No tienes de qué preocuparte. —¡Abuelo! —protesté como una niña, mientras él sonreía con satisfacción. —Cinthia, nosotros tenemos un trato —dijo con firmeza. Suspiré. Tenía razón. Lo habíamos acordado esa mañana. —Está bien —cedí—, pero solo dos hombres. —Siete —replicó sin titubear. —Tres —le corté con una mirada fulminante—, y es mi última palabra. Él asintió, resignado. —Muy bien, tres. —Perfecto. Si eso es todo, me voy. Ya he pasado suficiente vergüenza por hoy. Nadie añadió nada más. Tomé el brazo de Vladímir y prácticamente lo arrastré hacia la salida. Solo cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, dejé escapar un suspiro largo. —Lamento todo eso —dije entre risas nerviosas—. Dios, nunca me había sentido tan avergonzada en mi vida. Vladímir rió suavemente y, tomándome de las muñecas, bajó mis manos de mi rostro para mirarme a los ojos. —No tienes por qué sentirte avergonzada —dijo en tono sereno—. En tu lugar, yo haría exactamente lo mismo. Sus dedos rozaron los míos antes de guiarme hasta su auto. Abrió la puerta con un gesto cortés y, tras rodear el vehículo, tomó el volante. Durante el trayecto hablamos de cosas simples: arte, viajes, la familia… hasta que él, con voz pausada, preguntó: —Entonces, ¿es una decisión tomada? ¿Te irás? —Sí —asentí—. Debo retomar mi carrera. Mi familia irá conmigo, así que tal vez no vuelva en un tiempo. Él guardó silencio por un momento y luego comentó: —Es una lástima. Justo ahora que empezamos a conocernos. Sonreí, apenas girando la cabeza hacia él. —Podrías ir a visitarme —sugerí—. Después de lo que pasó hoy, dudo que haya algo que mi familia no pueda tolerar. Son sobreprotectores, sí, pero respetan mi espacio. Él sonrió de lado, mirando por el retrovisor. —¿Estás segura de eso? —preguntó con un dejo de burla—. Digo, no me molesta que te cuiden, pero… ¿por qué la escolta? Miré hacia la ventana, evadiendo su mirada. —Cosas de ellos —respondí con ligereza. Él no insistió. Conducía con tranquilidad, aunque el reflejo de las luces de la camioneta negra que nos seguía era inconfundible. Decidí ignorarlo. No iba a dejar que las sombras de mi familia arruinaran la noche. Al cabo de unos minutos, llegamos a la playa. El sonido del mar nocturno me envolvió en una calma inesperada. Vladímir aparcó cerca de los muelles y sonrió. —Quería conmemorar nuestro primer encuentro —dijo, abriendo su puerta—. ¿Qué te parece un paseo en barco? —¿En barco? —pregunté sorprendida, bajando del auto. Él señaló hacia un yate anclado frente al muelle. Las luces reflejadas sobre el agua lo hacían lucir majestuoso, casi etéreo. —Es hermoso —murmuré, fascinada—. ¿Es tuyo? —Era de mis padres, pero sí —respondió con un dejo de nostalgia—, pertenece a mi familia. ¿Subimos? Asentí con una sonrisa. Subí los primeros escalones, pero antes de poner un pie en cubierta, la voz autoritaria de Donato, uno de los hombres de mi abuelo, me detuvo. —Disculpe, señora —dijo con formalidad—. Debemos revisar primero la embarcación. Contuve un suspiro de frustración. Antes de que pudiera replicar, Vladímir intervino. —Por supuesto, pueden hacer su trabajo —respondió con calma, mientras tomaba mi mano para apartarme suavemente. —Dame un segundo —murmuré, sacando mi teléfono. Marqué el número de mi abuelo y esperé. —¿Abuelo? ¿No te parece demasiado todo esto? Su voz sonó tranquila, casi paternal. —Relájate, Cinthia. Deja que mis hombres hagan su trabajo. Te seguirán en otra embarcación, pero no interferirán. Solo quiero asegurarme de que estés a salvo. Suspiré, aliviada. No podía negar que, en el fondo, me hacía sentir protegida. —Está bien —dije finalmente—. Gracias por entender. Cuando colgué, los guardias ya bajaban del yate. Donato se acercó y, con una leve inclinación de cabeza, añadió: —Todo listo, señora. Si necesita algo, solo marque el número siete. Su abuelo guardó nuestro contacto en marcación rápida. Lo miré, sorprendida y divertida al mismo tiempo. Ese hombre nunca dejaría de controlarlo todo. Sin decir nada más, volví con Vladímir y tomé su mano. Subimos al yate, y en cuanto la tripulación dio la orden, zarpamos. La brisa del mar golpeó mi rostro con suavidad. Las luces de la ciudad se desdibujaban a lo lejos mientras nos alejábamos del muelle. Sentí que por fin podía respirar. Vladímir me ofreció una copa de vino y, por primera vez en mucho tiempo, me permití disfrutar el momento. Allí, bajo el cielo estrellado y el rumor de las olas, comprendí que no todo estaba perdido. Quizás, después de tanto dolor, la vida todavía me debía algo bonito… y esa noche, ese comienzo, tenía su nombre. Vladímir Salvatore.
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