Luego de escuchar las palabras de mi abuelo, Estéfano se quedó esperando a que le diera una explicación. Miré a Gian buscando su ayuda, pero al ver que se mantenía en silencio, respondí:
—No fue nada… una mesera tiró sin querer un vaso de agua sobre mi ropa, pero estoy bien, no fue para tanto, abuelo.
Él me observó unos segundos, como si intentara descifrar si mentía, pero al notar mi mirada suplicante, solo murmuró:
—Ya veo… así que solo eso fue.
Al ver que Estéfano no insistía más con el tema, respiré con alivio y agregué:
—Muy bien, creo que es momento de que tú y yo hablemos —dije mirando al señor Ferrer, levantándome del asiento y caminando hacia la salida.
Mi abuelo entendió el mensaje y, sin decir una palabra, se levantó también. Ambos nos dirigimos al jardín. El aire fresco me ayudó a ordenar mis pensamientos antes de volver a hablar.
—Ya escuché por qué hiciste lo que hiciste, y Gian también me contó lo que pasó contigo en nuestra familia. —Veo cómo el anciano me observa en silencio y agrego—. Entiendo que tu relación con todos ellos es complicada, pero si vamos a empezar a tener contacto, debes saber que odio las mentiras.
El anciano asiente con calma antes de responder:
—Lamento haberte mentido, Cinthia. No quería que nuestra relación comenzara de esa manera…
—Entiendo por qué lo hiciste, pero a partir de ahora quiero sinceridad —le advertí.
Vi cómo una sonrisa leve se dibujaba en su rostro al notar que no lo estaba apartando de mi vida, así que añadí con suavidad—: Siempre quise conocerte, así que espero que podamos recuperar el tiempo perdido, abuelo.
El señor Ferrer asintió, conmovido, y dio un paso hacia mí.
—¿Puedo darte un abrazo?
Asentí con una sonrisa, y ambos nos abrazamos por un momento.
Quería darle el beneficio de la duda. Tal vez era porque siempre había deseado conocerlo, o porque durante aquel tiempo en el hospital pude ver que no era tan malvado como todos lo pintaban. Aun así, quería que formara parte de mi vida.
Sin soltarlo del todo, recordé nuestras conversaciones en el hospital y dije con tono más serio:
—Por cierto, con respecto a los traidores…
—Tranquila, querida —interrumpió con una sonrisa apenas perceptible—. Puede que no haya estado presente todos estos años, pero sé perfectamente que puedes encargarte de ellos sola.
Sonreí ante sus palabras y respondí:
—Gracias por entenderlo. Ahora volvamos adentro, prepararé el almuerzo. Seguramente ninguno de ustedes ha comido, y me gustaría tener por fin una comida familiar.
Mi abuelo, aún rodeando mis hombros con uno de sus brazos, asintió.
—Muy bien, yo te ayudaré a cocinar.
—¿Sabes cocinar? —pregunté con una sonrisa burlona.
Él frunció el ceño fingiendo ofensa.
—Por supuesto que sé. Tal vez no sea un gran chef, pero mi comida se deja comer. No como la de tu padre… cada vez que él cocinaba, más de uno terminaba en urgencias.
Reí ante su comentario, y juntos volvimos hacia la casa. Sin embargo, antes de llegar, las puertas se abrieron de golpe y un Marco furioso salió de allí. Detrás de él venían Estéfano y Gian, intentando calmarlo, pero mi hermano parecía no escuchar razones.
—¡Marco, espera! —gritó Gian intentando alcanzarlo, pero Marco, lleno de rabia, subió a su auto y giró la llave… sin éxito. El motor no arrancó.
Vi cómo el abuelo sonreía con serenidad antes de acercarse al vehículo.
—No irás a ninguna parte. Tendremos una comida familiar. En cuanto te tranquilices, entra —dijo con tono autoritario.
Marco bajó del auto furioso.
—¿Qué diablos le hiciste a mi coche? —gritó, mientras el anciano le daba la espalda.
—Estéfano, tus llaves… —exigió.
Pero el señor Ferrer, sin mirarlos, habló con firmeza:
—Ninguno de sus autos va a funcionar. Di la orden de que los desactivaran. —Las miradas de mis primos se oscurecieron, pero él continuó—. Nadie tiene permitido irse de aquí, así que no me hagan perder la paciencia. Entren cuando se hayan calmado.
Tanto mi hermano como mis primos lo miraron con furia, pero ninguno se atrevió a responder. No era miedo lo que sentían, sino respeto.
Yo, en cambio, quedé sorprendida. No conocía ese lado imponente de mi abuelo, y ver cómo tres de los hombres más fuertes que conocía acataban sus órdenes sin replicar… me dejó muda.
Una hora después, la comida estaba servida. Los seis estábamos sentados alrededor de la mesa. El abuelo parecía disfrutar del ambiente tenso y de las miradas de odio que le lanzaban mis primos, mientras yo me removía incómoda.
—Qué bueno que por fin podamos tener una comida en familia… —intenté romper el hielo.
Nadie respondió. El único sonido era el de los cubiertos chocando contra los platos. Al no soportar más el silencio, exclamé:
—¿Van a seguir comportándose como niños?
Marco dejó los cubiertos sobre la mesa con brusquedad.
—Bueno, hermana, si nos tratan como tales, no esperen otra cosa.
Antes de que pudiera replicar, el abuelo intervino con tono tranquilo:
—Sabía que en cuanto supieras la verdad, querrías ir a matar a ese viejo.
—Y eso es exactamente lo que planeo hacer en cuanto terminemos aquí —contestó Marco sin dudar.
—No harás tal cosa —replicó el señor Ferrer, dejando también los cubiertos y mirándolo a los ojos—. No te dejé traicionarme para que ese hombre tuviera una muerte rápida.
Mi hermano lo miró dolido, pero aun así respondió:
—Si me hubieras dicho la verdad…
—¿Qué hubieras hecho? ¿Me habrías creído? —lo interrumpió el anciano con voz firme—. Y aunque lo hubieras hecho, ¿crees que ese hombre se habría quedado tranquilo? Habría encontrado otra forma de dañarnos. Por lo menos así pude predecir lo que pasaría y prepararme para contraatacar.
El silencio cayó sobre la mesa. Los rostros de mis primos, de Marco y de mi padre se endurecieron, y fue entonces cuando hablé:
—Es suficiente. No quiero saber más sobre sus guerras, sus organizaciones o mafias, o como quieran llamarlas. —Todos me miraron serios, pero continué—. Sé que su mundo es muy distinto al mío, pero ¿es mucho pedir que, cuando tengamos estas reuniones, solo hablemos de nosotros? No me importa ese poder ni sus conflictos. Lo único importante para mí son las personas que están en esta mesa… mi familia.
El primero en responder fue el abuelo.
—Entiendo que todo esto te resulte ajeno, hija. Has estado lejos de nosotros, pero esto también te incumbe. Ellos intentaron matarte.
—Y estoy segura de que ni tú ni ellos dejarán pasar esa ofensa —dije con un suspiro—. No me malinterpreten. Sé que todos ustedes tienen problemas grandes con su organización y que, de alguna forma, estoy involucrada. Pero cuando Marco me encontró y me habló de ese mundo, yo decidí no formar parte de él. —Miré a mi padre con ternura—. Estoy feliz de la familia que me tocó, pero mi vida no es esa. No me hagan parte de algo que no quiero.
El abuelo me observó en silencio antes de decir con un leve asentimiento:
—Entiendo, y te prometo que intentaremos mantenerte lo más al margen posible.
Marco quiso decir algo, pero se contuvo. Gian aprovechó el silencio y preguntó:
—Yo sí tengo una duda. ¿Esta será nuestra nueva normalidad? Porque no sé cómo haremos eso si tú piensas irte, Cinthia.
Todos me miraron. Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Cómo que te irás? —dijeron a la vez mi abuelo y mi hermano.
—Sí… bueno, iba a contarles cuando todo estuviera listo —dije, lanzándole una mirada asesina a Gian, que solo sonrió con culpa—. Voy a volver a mi trabajo. Quiero retomar mi carrera.
—No puedes —dijo el abuelo de manera tajante, su voz cargada de autoridad—. No ahora.
Lo miré con seriedad y respondí con firmeza:
—No fue una pregunta. Estuve dos años en coma. Perdí demasiado tiempo. Necesito volver a mi vida. Quiero cumplir mi sueño de ser diseñadora.
—Estoy de acuerdo con el viejo —intervino Marco—. Es demasiado peligroso para que reaparezcas ahora. Serías el blanco visible de todos nuestros enemigos.
—No estoy de acuerdo —repliqué—. Además, ustedes pueden acompañarme. Mi padre y Gian ya dijeron que podrían ir conmigo. —Vi cómo Marco miraba mal a Gian y el abuelo lanzaba una mirada a mi padre.— También me gustaría que tú, abuelo, vengas conmigo. Tal vez mi mundo no sea tan interesante como el de ustedes, pero quiero que, cuando logre mis metas, ustedes estén a mi lado.
El anciano me miró en silencio, y sus ojos se suavizaron antes de responder:
—Está bien… pero iré contigo. Y prométeme que no volverás a escapar de nuestra seguridad.
Sonreí satisfecha.
—Lo que tú digas. Muy bien, preparen todo, mientras más rápido comencemos, mejor. —Miré la hora y abrí los ojos con sorpresa—. Carajo… miren la hora que es. —Me levanté y, besando a mi abuelo y a mi padre en la mejilla, añadí—: Lamento no poder quedarme más, pero tengo que prepararme para mi cita. A las ocho vienen por mí, así que tengo el tiempo justo.
Sin más, me dirigí a mi habitación. En la mesa, todos permanecieron en silencio, pero sus rostros mostraban una clara curiosidad.
**Narrador omnisciente**
Cuando Cinthia se marchó, todas las miradas se dirigieron hacia Gian, quien levantó las manos en gesto de defensa.
—No me miren a mí, no sé nada.
Estéfano, que conocía demasiado bien a su hermano, lo tomó del hombro y le dijo con voz grave:
—Hermano, ¿quieres que te haga daño?
—Habla, muchacho… —ordenó el señor Ferrer con autoridad.
Gian suspiró, rindiéndose.
—El empresario Vladímir Salvatore vendrá por ella.
—¿Nuestro socio? —preguntó Marco con el ceño fruncido—. ¿Cómo conoce a Cinthia?
—No lo sé. Hoy lo encontramos por casualidad en el restaurante y allí concretaron la cita…
—¿Seguro que no sabes nada más? —insistió Estéfano, observándolo con desconfianza.
—Eso es todo. —Gian volvió a levantar las manos—. A mí también me pareció extraño que se conocieran, pero el señor Salvatore es hermano de una vieja amiga de Cinthia.
—Ya veo… —dijo el abuelo, pensativo. Luego miró a su hijo y agregó con gravedad—: Francisco, creo que es momento de hablar. Hay algo que necesitas saber.
El padre de Cinthia se levantó despacio y respondió con un suspiro resignado:
—Muy bien. Pasemos a mi despacho.