Capítulo 16— Las Verdades del Pasado

965 Palabras
Al regresar, veo que Estéfano está sentado en uno de los sillones con cara de fastidio, mientras mi abuelo y Marco siguen discutiendo cosas sin sentido. Pronto pierdo la paciencia al notar que ninguno de los dos planea terminar su disputa y digo: —Silencio… —Ambos guardan silencio y me miran con sus rostros aún contraídos.— Dios, parecen niños. ¿Alguna vez se llevaron bien estos dos? Tanto Gian como Estéfano responden al mismo tiempo: —No, nunca… Sonrío al ver cómo ambos miran a mis primos y agrego: —Bueno, tendrán que empezar a llevarse mejor si quieren seguir en mi vida. Sus problemas personales me importan muy poco. Lo único que me importa es que Marco es mi hermano… y que por fin voy a poder conocer a mi abuelo. —Créeme, Cinthia, no te pierdes de mucho —dice Marco antes de sentarse junto a Estéfano. Mi abuelo estaba por refutar sus palabras, pero al ver mi rostro se contiene. Entonces agrego: —Eso voy a decidirlo yo. —Doy por terminada su discusión con un suspiro.— Muy bien, ya me puse al día, abuelo. Explícame, ¿por qué dices que el abuelo de Marco está detrás de mi accidente? ¿Y qué pretendía lograr con eso? Yo no soy un m*****o importante en esta familia. Es más, ni siquiera sé bien a qué se dedica tu organización. —Al ver que Gian intenta intervenir, levanto la mano y aclaro—: Esa no fue una pregunta. Mientras menos sepa, mejor. —Respondiendo a tu primera pregunta —dice el señor Ferrer con voz firme—, llevo años estudiando todos los movimientos que hace el abuelo de Marco. Sabía que un día vendría a terminar lo que empezó, y por eso estaba preparado. La familia Cappola quiere acabar con los Mussicardi para siempre. —Basta, abuelo… ¿vas a empezar otra vez con eso? Te acabo de decir que firmamos un acuerdo —responde Marco, visiblemente tenso. —Muchacho, en este mundo un papel no vale nada. La lealtad y el honor solo se encuentran en la familia. Creí habértelo enseñado bien —responde el anciano, con severidad. —Pues te guste o no, yo también soy un Cappola —replica Marco, alzando la voz. Veo cómo se altera y, golpeando mi mano sobre la mesa ratona frente a nosotros, intervengo: —Suficiente, Marco. Ya tendrás tu turno de hablar. —Marco me mira incrédulo, pero al ver la seriedad en mis ojos se acomoda de nuevo en su lugar.— Continúa, abuelo. —Como decía, su primer golpe fue contarle a Marco una versión muy distorsionada y retorcida de lo que sucedió la noche en que lo rescatamos de aquel muelle. Atacó su punto más sensible y, enceguecido por la ira, hizo justo lo que ese viejo esperaba. Luego comenzó a hacer tratos con Marco y con nuestra organización. Y hasta donde yo sé, nos vienen robando desde hace seis meses. —Veo cómo Marco aprieta los puños, pero permanece en silencio.— Han ganado territorio y se benefician de nuestros muelles. Pero dime, Marco… ¿qué ganamos nosotros? Al ver que mi abuelo intenta provocarlo, intervengo de nuevo: —Abuelo, estoy hablando contigo. Aún no respondes mis preguntas. —Tu atentado no fue el único. Hubo otros más, pero mis otros nietos estaban protegidos por sus padres. Francisco creyó que dejando a nuestra familia los problemas y nuestros enemigos desaparecerían, pero no fue así. Don Cappola busca adueñarse de todo nuestro territorio con la ayuda de Marco… aunque él aún no lo sepa. Y respondiendo a tu última pregunta: no te atacó por ser un m*****o importante de esta familia, sino por ser el eslabón más débil. Gracias a eso, tu hermano y tus primos se debilitaron, y él lo vio como una oportunidad para demostrar que los Mussicardi eran vulnerables. Desde entonces, he estado oculto, frustrando sus continuos ataques hacia ustedes. Cuando fui informado de tu accidente, fui el primero en llegar al hospital… junto con tu madre. —¿Mi madre lo sabía? ¿Sabía que estaba viva? —pregunto, sintiendo un nudo en la garganta. —Por supuesto que lo sabía —responde él con serenidad—. Fue ella quien me pidió ocultarte cuando los doctores nos dijeron que habías quedado en coma. Tu madre sabía que algo así podía pasar y quiso que todo el mundo creyera que habías muerto. —¿Y nos hiciste creer eso? ¿No pensaste en el dolor que pudimos haber sentido? —reclama Marco, con la voz quebrada. Mi abuelo suspira. —El dolor debía ser real. Ellos debían creer en tu pérdida. De lo contrario, habrían seguido con su plan de acabar con tu hermana. —¿Y esperas que creamos que todo esto fue por protegernos? —Marco lo mira con odio contenido—. Por veinte años creí en tus mentiras. No volveré a hacerlo. Mi abuelo fija la mirada hacia la puerta y, al ver a mi padre parado en el marco, dice: —Ya que no crees en mi palabra, pregúntale a tu padre qué fue lo que pasó la noche en que tu madre murió. Vemos cómo mi padre observa a Marco en silencio. Tras unos segundos, dice con voz grave: —Acompáñame a mi despacho. Creo que, por lo menos, te debo la verdad… Sin más, ambos se pierden por los pasillos. Entonces, mi abuelo vuelve a hablar: —Ya que todo está aclarado, quiero saber por qué dejaste que atacaran hoy a tu prima. Lo miro fijamente, con una mezcla de rabia y súplica. Pero antes de que pueda responder, la voz de Estéfano se escucha a nuestras espaldas: —¿De qué habla el abuelo, Cinthia?
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