Capítulo: Herencias de sangre
En la sala reinaba un silencio pesado. Todos observábamos atentamente a mi abuelo, esperando que hablara. El ambiente se podía cortar con un cuchillo, y Marco, fiel a su carácter explosivo, fue el primero en perder la paciencia.
—¿Qué esperas para hablar, viejo? Ya nos tienes a todos aquí —gruñó, cruzándose de brazos.
El anciano se acomodó lentamente en el sillón, dejó a un lado la taza de café que yo misma le había preparado minutos antes y, con una calma exasperante, respondió:
—Nunca fuiste muy paciente… Supongo que ese mal carácter lo heredaste de mí. —Sus ojos se clavaron en mi hermano, afilados como cuchillos—. Lástima que no heredaste también mi inteligencia.
La tensión se volvió casi insoportable. Marco lo miró con una furia contenida, los músculos de su mandíbula marcados. Me interpuse antes de que la situación estallara.
—¿Podrían dejar de pelear por un minuto? —dije, mirándolos a ambos con fastidio—. Y eso va para los dos.
Ambos sonrieron, como si disfrutarán del enfrentamiento, pero al menos guardaron silencio.
El anciano asintió y continuó con tono grave:
—Bien… El motivo por el que oculté a Cinthia fue porque tu abuelo descubrió su existencia.
El silencio se rompió como un cristal. Marco se puso serio al instante, al igual que los demás. Yo, confundida, miré a todos sin entender.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando? ¿De qué abuelo están hablando? —pregunté, tratando de seguir el hilo.
—Del mío, Cinthia —respondió Marco con voz baja—. Pero eso es imposible. Yo mismo me encargué de borrar todo rastro que pudiera llevarlos hasta ella.
—Pues no hiciste un muy buen trabajo —replicó el anciano con dureza—. Ese maldito descubrió dónde estaba tu padre y, por medio de él, te encontró.
Cansada de oírlos discutir sin sentido, golpeé la mesa con la palma.
—¡Basta! ¿Podría alguien explicarme qué demonios está pasando? Aún no responden mi pregunta. ¿Quién es tu abuelo, Marco?
Él soltó un suspiro largo, como si esa pregunta pesara toneladas.
—El padre de mi madre —dijo al fin—. Es el líder de otra organización dentro de nuestro mundo, Cinthia. —Su voz se endureció—. Si el abuelo quiso hacerte daño, fue porque todo comenzó con ese hombre. Él mandó a matar a mi madre.
—¿Eso fue lo que ese sujeto te contó? —preguntó el anciano con sarcasmo.
—Eso fue lo que pasó, ¿o no? —replicó Marco, sin apartar la mirada.
—¿Y fue por eso que me echaste de la familia? —El anciano soltó una risa amarga—. Vaya muchacho, creí haberte enseñado mejor.
La discusión volvió a encenderse, como una llama que nunca se apaga. Me llevé una mano a la frente, agotada.
—Ya fue suficiente —murmuré, tomando la mano de Gian—. Ven conmigo.
Lo arrastré hasta la cocina, buscando un poco de aire. Una vez allí, lo miré directamente.
—¿Qué pasa con ellos? Parecen enemigos jurados. Tú me vas a decir qué sucede aquí, Gian.
Él suspiró, apoyándose contra la encimera, y me dedicó una sonrisa conciliadora.
—Está bien, pero tranquila, prima —dijo, bajando el tono—. Sabes que Marco fue criado por nuestro abuelo, ¿verdad?
Asentí.
—Sí, por ser el primogénito tenía que liderar la familia. El abuelo le ordenó a papá que viviera con él.
Gian negó con la cabeza.
—No fue tan simple. Verás, el abuelo sabía que Mariza, la madre de Marco, pertenecía a otra de las organizaciones más poderosas de Italia. Así que cuando nació su primer hijo, Marco no solo fue el primer Mussicardi… también fue el primer Cappola.
Mi ceño se frunció al oír aquel apellido.
—¿Cappola?
—Sí. El padre de Mariza, Don Cappola, quería que Marco creciera en Italia, bajo sus reglas. Pero el abuelo, al enterarse de las intenciones de ese viejo, proclamó a Marco como futuro líder de nuestra familia. Obviamente, eso no le agradó nada al Don. Amenazó a su propia hija para que llevara al niño con él.
Abrí los ojos con incredulidad.
—¿Estás diciendo que el abuelo de Marco amenazó a su propia hija?
—Exactamente. Mariza tenía una hermana menor allá en Italia, y por miedo a que su padre le hiciera daño, una noche escapó con Marco. El abuelo y tu padre movieron cielo y tierra para encontrarla, pero cuando lo hicieron, Don Cappola ya los tenía cautivos. Planeaban llevárselos por mar, así que el abuelo organizó un ataque en la bahía.
Gian hizo una pausa dramática antes de continuar.
—Tu padre logró encontrar a Marco, pero cuando quiso huir con él, el Don apareció con Mariza como rehén. Le apuntó a la cabeza y exigió que le entregara al niño.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Y qué pasó después? —pregunté casi sin aliento.
—Lo que ya sabes. La madre de Marco murió esa noche, y tu padre regresó solo con el niño. Después de eso, Francisco —tu padre— se distanció de la familia. Poco a poco se alejó de todo… hasta que un día desapareció por completo.
Negué con la cabeza.
—Marco nunca me contó eso. Él tiene otra versión completamente distinta.
—Porque él cree en la historia que le contó Don Cappola —explicó Gian—. Cuando tenía veinte años, se reencontró con ese viejo y este le dio una versión diferente de lo ocurrido. Esa fue la historia que todos creímos durante años. Nadie sabía realmente cómo había muerto su madre ni por qué su padre lo había abandonado.
—¿Y tú cómo te enteraste? —pregunté.
—Porque el abuelo me contactó hace tres años para que investigara al Don. Al principio me negué, no quería traicionar la confianza de Marco. Pero luego lo pensé mejor y empecé a indagar.
Gian bajó la voz, casi en un susurro.
—Cuando Marco descubrió la verdad… cuando supo cómo había muerto su madre y por qué su padre lo dejó, se llenó de rabia. Enfureció contra el abuelo y lo desterró de la familia. Dio un golpe interno, tomó el control de la organización y se proclamó nuevo líder antes de que el abuelo pudiera detenerlo.
—¿Y la familia lo permitió? —pregunté incrédula—. El abuelo tenía otros hijos, además de papá.
—Sí, pero todos lo odiaban, Cinthia. Puede que haya hecho algo bueno por ti ahora, pero no te confundas: ese hombre que está allá afuera es un lobo vestido de oveja.
Me quedé callada. Gian continuó con voz cansada.
—Estéfano y yo siempre supimos que debíamos apoyar a Marco, aunque estuviera equivocado. Por eso nunca intervenimos.
—Aun así —repuse con firmeza— prefirieron confiar en la palabra de un extraño antes que en la de su propia familia.
Gian frunció el ceño.
—El abuelo nunca dio su versión. Dejó que creyéramos lo que quisiéramos.
—Yo hubiera hecho lo mismo —dije, cruzando los brazos.
Él me miró confundido.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque sé lo que se siente que duden de ti —le respondí con calma—. El abuelo se hizo cargo de Marco cuando era un niño. Su padre lo abandonó, su madre fue asesinada y su abuelo materno fue el responsable. Imagínate tener que criar a un niño solo así, rodeado de mentiras. Y aun así, cuando más necesitó a su familia, lo condenaron sin escuchar su versión.
Gian bajó la mirada, pensativo.
—Tal vez tengas razón… pero tampoco es una víctima, Cinthia. Ese hombre nos formó a todos, nos enseñó a sobrevivir, a pelear. Somos lo que somos por él.
—Y precisamente por eso —dije, mirándolo fijamente— debieron confiar en él primero.
Gian guardó silencio, rumiando mis palabras.
—Dijiste que Marco no conoce la otra versión de la historia, ¿por qué?
—Porque el abuelo me pidió que no se la dijera. Sospechaba que Don Cappola planeaba algo grande. Por eso dejó que Marco siguiera cerca de él. En los últimos meses, el abuelo comenzó a monitorearnos a todos. Por eso se ocultó junto a nuestros padres y tíos. Pero nadie imaginó que iría por ti, Cinthia.
Me quedé helada.
—¿Por mí?
—Sí. El tío Francisco siempre estuvo fuera del radar, incluso para nosotros. Nunca relacionamos tu accidente con él, hasta ahora.
Me quedé sin palabras. Todo lo que creía sobre mi familia, sobre mis propios orígenes, se tambaleaba frente a mí.
Suspiré, intentando asimilarlo.
—Ya veo… —dije al fin—. Muy bien, volvamos a la sala. Si los dejamos solos un minuto más, probablemente se maten.
Gian soltó una risa breve, pero en sus ojos también había inquietud. Caminamos de regreso al salón sin saber que lo que estaba por decir nuestro abuelo, cambiaría para siempre la historia de los Mussicardi… y la mía