Capítulo: Herencias de sangre En la sala reinaba un silencio pesado. Todos observábamos atentamente a mi abuelo, esperando que hablara. El ambiente se podía cortar con un cuchillo, y Marco, fiel a su carácter explosivo, fue el primero en perder la paciencia. —¿Qué esperas para hablar, viejo? Ya nos tienes a todos aquí —gruñó, cruzándose de brazos. El anciano se acomodó lentamente en el sillón, dejó a un lado la taza de café que yo misma le había preparado minutos antes y, con una calma exasperante, respondió: —Nunca fuiste muy paciente… Supongo que ese mal carácter lo heredaste de mí. —Sus ojos se clavaron en mi hermano, afilados como cuchillos—. Lástima que no heredaste también mi inteligencia. La tensión se volvió casi insoportable. Marco lo miró con una furia contenida, los músculo

