capítulo 14

1457 Palabras
Capítulo: La verdad y el regreso del pasado Después de salir del restaurante, el silencio del auto se volvió tan denso que podía cortarse con una navaja. Gian manejaba sin decir palabra, aunque sabía que moría por hacer preguntas. Al final, fui yo quien rompió el silencio. —Antes de que empiece, quiero que quede clara una cosa —dije sin mirarlo—. Si te cuento esto, es solo porque no quiero que ni tú, ni Marco, ni Estéfano se metan en mi vida. Gian soltó un suspiro y puso los ojos en blanco. —Está bien, pero al menos dame el beneficio de la duda. Asentí, tragando saliva. —Camila Salvatore... la mujer con la que me crucé en el restaurante, era mi mejor amiga. Tal vez la recuerdes, fui con ella a la universidad. —Ah, sí —respondió tras unos segundos—. Ahora que lo mencionas, la recuerdo contigo. —La conocí cuando tenía dieciséis años. Siempre fuimos inseparables. Compartíamos todo, hasta los sueños. Las dos queríamos abrir nuestra propia marca de ropa. Y en el último año de universidad conocimos a Adrián —hice una pausa, buscando aire—. Mi exnovio. —Ese nombre sí lo recuerdo —murmuró Gian, con un dejo de fastidio. —Para no hacerte larga la historia, Adrián y yo comenzamos a salir... pero también lo hacía con Camila. Gian giró la cabeza con el ceño fruncido, pero lo detuve con la mano. —Yo no lo sabía. No lo supe hasta el día del accidente. Ese día los vi juntos. Ella le pedía que me dejara, ¿puedes creerlo? —mi voz tembló, pero no lloré—. Eso me destruyó más que la traición de él. Porque ella era mi amiga, mi hermana. Y aun así, no dudó en traicionarme por un hombre. Mi primo se quedó en silencio, y por primera vez su mirada no fue de juicio, sino de empatía. —No me parece patético, Bella —dijo suavemente. Sonreí débilmente. —Creí que Camila era leal, que estaría conmigo en las buenas y en las malas. Pero cuando descubrí su mentira... me perdí. Esa noche lloré hasta quedarme sin fuerzas. Y entonces... no sé cómo, pero ese auto apareció de la nada y todo se volvió oscuro. Desperté días después, en la sala de un hospital. Tomé aire antes de continuar. —Y ahí fue cuando mi mundo se vino abajo por completo. Mi madre había muerto. Papá lo había perdido todo. Y mi mejor amiga se estaba por casar con mi novio. Gian apretó el volante. —Pudieron haber pasado dos años para todos, pero para mí sigue siendo ayer. Por eso no pienso dejar que vivan en paz. Ya empecé mi venganza, apareciendo en su fiesta de compromiso y robándoles la tranquilidad. Pero eso fue solo el comienzo. Voy a destruirlos a los dos. No debieron meterse conmigo. Mi mirada se endureció. Gian sonrió de lado, con esa chispa familiar que me recordaba a Marco. —Si necesitas mi ayuda... —No —lo interrumpí de inmediato—. Esto es personal. Yo misma me encargaré. Él soltó una carcajada breve. —Vaya, veo que no por nada llevas nuestro apellido. Le devolví la sonrisa. —Cállate... Y prométeme que no le dirás nada a Marco. Si él se entera, lo resolverá a su modo, y eso sería darles una muerte rápida. Yo quiero algo distinto... quiero verlos arrastrarse, perderlo todo. Gian se echó hacia atrás en el asiento. —Creo que tienes una versión distorsionada de tu hermano —dijo entre risas—. Si Marco supiera lo que te hicieron, ya los habría matado a ambos. —Exactamente —respondí con calma—. Una muerte rápida sería un favor. Yo sé cómo herirlos donde más duele. —Está bien... te entiendo —admitió—. Pero explícame algo: ¿qué tiene que ver Vladímir Salvatore en todo esto? Mi sonrisa se ensanchó apenas. —Es el hermano mayor de Camila. Su única familia. Es el hombre que ella más ama en el mundo... así que, si se lo quito, estaremos a mano. —¿De eso hablaba tu amigo anoche? —preguntó, alzando una ceja. —Sí. Él sabe una parte, pero no toda la verdad. Voy a conquistar a Vladímir y ponerlo en contra de su hermana. Ya viste cómo reaccionó Camila en el restaurante; no soporta perder el control. Cuando Vladímir deje de creer en ella, su mundo se derrumbará. Y Adrián... —mi voz se volvió más fría— ese oportunista, en cuanto deje de beneficiarse de Camila, la abandonará. Entonces será mi turno. Pero antes debo recuperar mi posición en la industria. —¿Por eso quieres viajar a París? —preguntó Gian. —Sí, y también porque necesito recuperar mi vida. Ellos me la arrebataron. Me dejaron vacía. Pero esta vez voy a demostrarles que no pudieron conmigo. Que sigo de pie. Gian asintió, orgulloso. —Cuenta conmigo, Cinthia. Pase lo que pase. ** Después de hablar durante un buen rato, regresamos a casa. Pero al llegar, noté algo que me detuvo en seco. —Gian... ese es el auto del señor Ferrer —dije, señalando el vehículo estacionado frente a la entrada. Mi primo frunció el ceño, detuvo el coche y bajó sin pensarlo. Yo lo seguí. Antes de que pudiera decir nada, Gian sacó su arma de la parte trasera de su cinturón, golpeó la ventanilla con el cañón y ordenó: —Baje del auto. El anciano se giró lentamente, y para mi sorpresa, sonrió. —Tranquilo, muchacho... Gian lo miró confundido, y yo me adelanté. —Él es el señor Ferrer —dije—. El hombre que me cuidó en el hospital. —¿Este es? —repitió Gian, bajando el arma, aunque sin guardarla. El anciano se acomodó el saco con calma. Los guardias de seguridad del lugar ya se habían acercado, listos para intervenir, pero al verlo, todos bajaron sus armas. —Vaya, abuelo —dijo Gian con ironía—. No sabía que ahora también eras actor. El anciano sonrió. —Qué puedo decirte, hijo. Hay muchas cosas que aún no sabes de mí. Gian bajó el arma definitivamente. —¿Qué haces aquí, viejo? Espera... ¿fuiste tú quien ocultó a Cinthia de nosotros? —A tu primera pregunta: vine a ver a mi nieta. A la segunda: sí. La oculté —respondió con total serenidad—. Si me visitaran más seguido, sabrían por qué lo hice. Gian lo miró con una mezcla de enojo y desconcierto. —Ya recuerdo por qué nos alejamos de ti. Estás demente. ¿Cómo se te ocurrió hacernos algo así? —Cállate —replicó el anciano, sin alterar su tono—. Tenía mis motivos, y los explicaré cuando toda la familia esté reunida. Me quedé observándolo en silencio. Había algo en su mirada, una mezcla de autoridad y ternura que me descolocaba. Finalmente, habló directamente hacia mí. —Lamento que me hayas conocido bajo estas circunstancias, Cinthia. Pero fue la única manera de mantenerte a salvo. Retrocedí un paso. —¿A salvo? ¿Mintiéndome? ¿Por qué no me dijo la verdad? El anciano suspiró. —Por la relación que tuve con tu padre... y luego con tu hermano. Temía que si sabías quién era realmente, rechazarías mi ayuda. Lo miré con una mezcla de ira y compasión. —Tiene mucho que explicar —dije finalmente—. Pero lo haremos dentro. Gian, llama a Marco y a tu hermano. Quiero que todos escuchen lo que este señor tiene que decir. Sin esperar respuesta, caminé hacia la casa. Ellos me siguieron poco después. Dentro, el ambiente estaba cargado de tensión. No pasaban de las dos de la tarde cuando Marco y Estéfano llegaron. Entraron sin tocar la puerta. Marco, como era de esperarse, fue el primero en explotar. —¿Acaso perdiste la cabeza, viejo? —rugió, avanzando hacia él. Me levanté del sillón para intentar calmarlo, pero mi abuelo —porque ya no tenía dudas de que lo era— se limitó a sonreír. Estéfano lo detuvo con una mano en el pecho. —Marco, cálmate. No ves que eso es exactamente lo que este viejo quiere. El anciano se acomodó en el asiento, tranquilo, imperturbable. —Si se calman, les contaré todo —dijo con voz grave—. Toda la verdad. Gian cerró la puerta detrás de ellos. El silencio cayó como una losa. Todos lo miramos, esperando que hablara. Y entonces, con la calma de quien carga décadas de secretos, el anciano Ferrer —mi abuelo— comenzó a contar la historia que cambiaría todo lo que creíamos saber
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