Todavía estaba bañada en sudor gracias a la fiebre que por fin cedió y fue abriendo los ojos con lentitud, aunque era incapaz de centrar su atención sobre algo sin sentir que su cabeza pesaba. A su derecha una mujer sentada sobre una silla que parecía nueva la observaba complacida. —Con que lo lograste —le dijo con una voz ronca mientras le acomodaba una manta. —¿Estoy muerta? —No —resopló enseguida. Su cara envejecida se encontraba decorada con una gruesa cicatriz con bordes irregulares. —Yo la conozco, sé quién es, y usted está muerta. —Su corazón latió violento porque la persona que la acompañaba llevaba fallecida más de cinco años. Ese no era el tipo de transición espiritual que imaginó. La mujer se estremeció y luego le sonrió, pero fue más una sonrisa por la frustración y la ama

