Todo el cuerpo le tembló con violencia y se sintió desfallecer. ¡León no estaba allí!, lo supo enseguida y de pronto la torturó la idea de que podía estar muerto o podía estar muriendo en ese momento. Corrió con locura hasta donde se encontraba el celador, quería saber cuanto antes qué era lo que le había ocurrido a ese hombre que amaba. Aunque fuese la noticia una puñalada letal deseaba escucharla con urgencia. «Por lo menos para tener un cuerpo donde dejarme caer», dijo para sí. —¡Celador! —le llamó casi sin aliento y no le importó que el tipo se percatara de su nerviosismo. Disimular en esas circunstancias era irrelevante—, ¿dónde está el preso que he venido a buscar? No he podido encontrarlo en ningún calabozo —soltó en pequeñas pausas. —¡Ah! —respondió desinteresado el malencarado

