Capítulo 2

3672 Palabras
—Te diría que me sorprende que quieras ir a ese lugar, pero la verdad es que no —expresó Trude, con una sonrisa que hacía brillar sus ojos; esos que irradiaban chispa y sabiduría—. Algo de la terquedad de tu abuela tenías que haber sacado. En contraste, mis labios formaron una curva sutil, pero que fue honesta. «Habían pasado un par de semanas del funeral de mi abuela. Desde que encontré los documentos de propiedad del castillo, empecé a prepararme para mi viaje hacia el pueblo de Vantellier, que era en donde se encontraba.» —Aunque, no te voy a negar que sí me ofende un poco que no me lo comentaras antes —aclaró después. —Lo sé, lo siento —Negué y tragué saliva—. He estado demasiado ocupada estos días. Tuve que hacer horas extras en la tienda para que me dieran permiso por unos días. No planeo quedarme mucho tiempo allí. La mujer de cabello castaño, donde nacían canas, movió la cabeza en un asentimiento. Con una pequeña sonrisa, pasó una mano sobre mi hombro. —¿Qué es lo que esperas hacer ahí, Astlyr? —En primer lugar, necesito saber qué ocurrió ahí que fuera tan importante, como para que mi abuela guardara el secreto hasta el último día de su vida —La decisión tocó mi voz—. Y si ese castillo era tan importante para ella, entonces necesito recuperarlo. Debo terminar lo que ella inició. El sonido de una suave sonrisa escapó de los labios de la mujer. —Sabes que a mí no me gusta ser pesimista, ni nada de esas cosas —murmuró—. Pero estaría mintiendo si te dijera que no me preocupa un poco  que vayas sola hasta allá. No porque Vantellier esté muy lejos y nunca hayas salido de esta ciudad, yo soy la primera en apoyar a cualquiera que quiera intentar hacer algo diferente, sino porque desde que Magnild regresó de ese lugar, jamás volvió a ser la misma —Se humedeció los labios y su semblante se tornó a uno más maternal—. No quisiera que te pase lo mismo a ti. «Mi corazón se encogió al escuchar aquellas palabras, porque, en toda mi vida, mi abuela fue la única persona que se preocupó realmente por mí; aunque lo demostrase a su manera, lo hizo. Mis emociones estaban en un punto volátil por todo lo que había estado atravesando últimamente y el simple hecho de saber que aún había alguien más preocupándose por mí, significaba mucho.» —Voy a estar bien —prometí—. Y tampoco estamos seguras de si lo que le ocurrió a mi abuela fue propiamente con los Landvik, o con otras personas del pueblo. No quiero sacar ninguna conclusión hasta estar ahí. Trude volvió a sonreír. —Terca —repitió, ahora apoyando ambas manos sobre mis hombros. Su gesto me hizo sonreír más esta vez—. ¿Llamarás, al menos, cuando llegues allá? Asentí de inmediato. —Apenas me aloje en una posada, lo haré. —Bien —Trude imitó mi gesto—. Y, cuando estés ahí, ¿cuál es el plan? —Debo preguntarle a las personas del lugar en dónde está el castillo, quiero saber si aún lo usan como posada para viajeros —Entrecerré los ojos ligeramente, repasando una idea dentro de mi mente—. Sé que no será sencillo, pero intentaré a que accedan a venderme de vuelta la otra mitad. La mujer de pelo color chocolate levantó ambas cejas. —Sí sabes que esa propiedad debe valer como treinta riñones multiplicados por doce, ¿no es así? —Lo sé —afirmé—. Por eso no planeo quedarme mucho tiempo allí. Si acceden, volveré y trabajaré duro aquí. Haré doble turno y puedo pedir un préstamo; lo que haga falta. Un largo suspiro escapó de sus labios. Sus ojos verdes me observaban con astucia, pero también con cariño. —Me parece haber vuelto en el tiempo y estar escuchando a Magnild —dijo, una vez más, causando que mis emociones se sacudieran—. Nunca te había visto tan decidida. Me mantuve en silencio por algunos instantes, tan solo expresando una sonrisa débil. «Lo cierto era que nunca intenté llevarle la contraria a mi abuela y nunca necesité hacerlo, realmente. Mi vida siempre fue lo suficientemente aburrida como para no darnos dolores de cabeza a ninguna de las dos. Esta era, en definitiva, la decisión más arriesgada que había tomado.» «El estar sola también implicaba tomar mis decisiones considerando únicamente mi propio criterio y eso era lo que haría de ahí en adelante.» —Volveré aquí con buenas noticias, Trude —aseguré. Pequeñas arrugas se formaron alrededor de sus ojos cuando sonrió. —No te despidas aún, déjame hacer un favor más por ti —Hizo un ademán—. Te llevaré hasta la estación. Mis dientes se asomaron entre la sonrisa amplia que se formó en mi boca. —Te lo agradecería muchísimo. La mujer negó con la cabeza, como restándole mérito a su gesto, y me invitó a bajar las escaleras del porche. Antes de hacerlo, agarré mi valija y aferré mis dedos bien a ella. «Había ido aquella mañana a la casa de Trude no solo a contarle mi decisión y a despedirme, sino también a entregarle las llaves de mi casa para que pudiera darle un vistazo mientras yo no estaba. No conocía a nadie más en quien confiara lo suficiente como para pedirle tal favor. » Ahora llevaba conmigo no solo la valija y el grueso abrigo que me protegía del frío de aquella mañana, sino también un boleto de tren con destino hacia Vantellier. «En menos de un día, estaría en aquel lugar que mi abuela siempre ocultó entre sus más grandes secretos.»   ✷✷✷   «Había amanecido un rato antes y estaba ansiando como nunca que el tren llegara a la estación. Llevaba demasiadas horas sentada, observando por la ventana. Necesitaba, por todos los cielos, levantarme y estirar las piernas. Vantellier estaba lo suficientemente lejos de mi ciudad como para que el viaje fuera tan largo, pero auguraba que ya estábamos cerca.» «Todo cuanto veía junto a mí eran extensiones de pasto verde que parecían interminables, algunos rebaños e imponentes montañas en el fondo; tan lejanas que parecían haber sido pintadas mano, como la más perfecta obra de arte. Suspiré ligeramente y bajé la mirada hasta mis manos, que estaban entrelazadas. Observé mis dedos pálidos, pero mi mente se trasladó lejos de ahí. «Mis pensamientos viajaron al momento en el que mi abuela sujetó mi mano como nunca antes lo hizo; con una fuerza que aún me resultaba difícil de creer, tan asustada y angustiada…» «Me dolía pensar que sus últimos momentos fueron tan terribles para ella. No se fue en paz, no descansó mientras lo hacía. Murió sumergida en la necesidad de decirme algo que jamás pudo y eso me lastimaba tanto como el haberla perdido.» «No tenía la menor idea de qué ocurría con nosotros después de la muerte, no sabía si existía un lugar para descansar de todo lo que sufríamos mientras vivíamos; si ella podía acompañarme en silencio o escuchar mis pensamientos, pero necesitaba aferrarme a algo y lo hacía al hecho de prometerle que descubriría que era eso que siempre quiso decirme. No pensaba fallarle a mi promesa por nada del mundo. «Y,  tal vez, si de alguna manera era posible, eso le daría un poco de paz…» «En dondequiera que estuviese.» Como una respuesta a mis anteriores súplicas, el tren comenzó a detenerse. Fruncí el ceño muy apenas y alcé la cabeza. «Estábamos llegando a la estación.» Agradecí como nunca el momento en el que pude levantarme de mi asiento y bajar mi valija del compartimento que estaba en el techo. Mis piernas se sentían acalambradas y el dolor en mi espalda me suplicaba tumbarme un rato a descansar. «Pero primero, tendría que encontrar un lugar en donde quedarme.» «Me sentía lo suficientemente cansada como para que el peso de la valija me resultara molesto, pero el fugaz malhumor que cruzó mi cuerpo se desvaneció tan pronto como bajé del tren y pude ver fuera de la estación.» Entonces, mis ojos, ávidos por capturar todo cuanto me rodeaba, comenzaron a deambular por el lugar. Ligeros rayos del sol se filtraban a través de las nubes aquella mañana, pero no eran lo suficientemente fuertes como para otorgar calor. Por el contrario, apenas soplaba el viento, sentía que la punta de mi nariz se congelaba. Quise abrazarme a mí misma, pero recordé que llevaba la mano izquierda ocupada, así que solo seguí caminando hasta que salí de la estación. Entonces, noté que las montañas ya no eran pinceladas distantes, sino presencias intimidantes que rodeaban y protegían al pueblo. Las voces de las personas alrededor se volvieron susurros mientras caminaba y observaba todo. Me detuve por un momento y la brisa provocó que algunos mechones rojizos de mi cabello se interpusieran en mi visión, de inmediato los aparté y tomé aquello como un aviso para seguir caminando. Había algunas calles cerca, con locales modestos. Las construcciones no lucían precisamente modernas. «Pese a que mi ciudad estaba lejos de ser una de las más importantes o desarrolladas, resultaba un verdadero contraste estar ahí; donde los pequeños edificios de madera parecían encapsulados en el tiempo.» «Tampoco vi muchos autos, ni personas. No era un lugar de lujos, en absoluto, pero eso no le restaba el encanto del paisaje que le envolvía.» Crucé la calle y seguí caminando hasta que mis ojos dieron con un edificio, en« donde se leía «Posada Måtene». Era la primera con la que me encontraba, así que preguntaría. No tenía tanto dinero encima como para derrochar, pero sí lo suficiente como para permitirme no recorrer todo el pueblo solo para encontrar el lugar más barato.» Entré y me recibió una mujer que debía rondar los sesenta, de cuerpo robusto y cabello rizado castaño. Estaba detrás de la modesta recepción. El lugar, por dentro, tenía el aspecto de una vieja casa; muebles de madera y sofás que lucían del siglo pasado, pero todo se conservaba en muy buen estado y estaba limpio. El aroma también era agradable. Una sonrisa tímida se formó en mis labios, cuando me detuve frente a su escritorio. —Buenos días —murmuré, un poco cohibida. La mujer sonrió con pereza y pocos ánimos. —¿En qué puedo ayudarte? —Estoy buscando una habitación —respondí—. ¿Cuánto cuesta hospedarse aquí? —Son cincuenta por noche. «Agradecí mentalmente que fuera un precio que podía pagar.» —Bien —Asentí—. Quiero una habitación por tres noches, por favor. La mujer levantó las cejas de una forma que solo pude apreciar porque estaba atenta a sus gestos, pero después asintió. Mientras ella sacaba una libreta para anotar mis datos, dejé mi valija en el piso y hurgué en el bolso que llevaba cruzado para sacar el dinero. Se lo ofrecí con una sonrisa amable, que no me fue devuelta en gran medida. —No es muy común ver a jovencitas quedándose solas en este pueblo —comentó, mientras anotaba algo en su enorme libreta—. No hay mucho que ver en este lugar. Mis cejas se contrajeron ante ese comentario. —Tal vez haya un par de cosas interesantes —comenté—. Como el castillo de los Landvik, por ejemplo. La mujer levantó la mirada hacia mí y me miró como si acabara de decir la mayor de las tonterías. —Ese lugar no es un sitio turístico. «Aunque no me resultó precisamente agradable la forma en la que se dirigió a mí, algo en su respuesta llamó mi atención.» —Eso quiere decir que usted sabe en donde está —supuse. El sonido de una sonrisa escapó de sus labios cerrados, solo eso; ninguna otra respuesta. La mujer volvió la atención al bolígrafo y el papel y, por el contrario, cambió el tema: —Dime cuál es tu nombre, por favor. Tomé un largo suspiro y presioné la mandíbula, antes de responderle. «No entendía en absoluto por qué no contestó a lo que dije, pero no insistiría con ella. De por sí, no era una persona amable. Estaba consciente de que si quería encontrar respuestas, no las escucharía de su boca.» Cuando culminó el registro, la posadera se puso de pie y tomó una llave del casillero, luego me hizo un gesto y me pidió que la siguiera hacia las escaleras. Esta vez manteniendo una expresión neutral y guardando silencio, tomé de vuelta mi valija y la seguí por los escalones de madera hasta el primer piso. Una vez ahí, caminamos a lo largo del pasillo, hasta una de las últimas puertas. La mujer introdujo la llave y abrió la puerta, después me la entregó. —Esta es tu habitación —dijo, de nuevo con el cansancio con el que me recibió antes. —Gracias —respondí, en voz baja. «Tan solo quería que se terminara el incómodo momento.» Ella asintió y con eso di por culminada nuestra breve conversación. Sin embargo, antes de que yo entrara a la que sería mi habitación, pronunció nuevas palabras: —Tú no me lo pediste, pero, ¿quieres que te dé un consejo? —pronunció, dándome una mirada profunda—. No vayas a ese lugar. Fruncí el ceño, confundida por sus palabras y sin saber qué responder a ellas. No podría haberlo hecho, de todos modos; la mujer me miró solo por algunos instantes más y se marchó de vuelta por el pasillo. Una sensación álgida, se incrustó en el centro de mi pecho. Repentinamente, mi garganta se sentía terriblemente seca. Desconcertada, la vi desaparecer por las escaleras y tardé unos cuantos segundos en mirar dentro del dormitorio y entrar a él. Cerré la puerta detrás de mí y, aunque traté de concentrar mi atención en los detalles, en mi cabeza no dejaban de dar vueltas aquellas palabras. «¿Qué razones podía tener aquella mujer para decirme eso? ¿Por qué lo hacía, siquiera, sin ninguna explicación?» Presioné mis dientes unos contra otros y caminé hasta la cama, para sentarme en el borde de ella. «¿Se suponía que debía sentirme asustada por lo que dijo? Porque no era así, en absoluto. Sus palabras solo fueron gasolina para avivar el fuego de las preguntas en mi mente. Y no iba a detenerme hasta apagarlo.» Me puse de pie una vez más y caminé hasta quedar frente al espejo del dormitorio. «Mis ansias por recostarme y permitirle un descanso a mi espalda se habían esfumado por completo. No quería quedarme ahí encerrada, pensando en preguntas a las que no les encontraría ninguna respuesta quedándome entre cuatro paredes.» «Necesitaba salir.» Regresé de vuelta a la cama y abrí la valija para sacar de ella algo de maquillaje. Había una pequeña puerta en el dormitorio, que conducía a un diminuto baño, en donde solo había lo indispensable. Dejé las cosas sobre el lavabo y le di un poco de color a mi cara; rubor en mis mejillas, rímel en las pestañas y una suave tonalidad rojiza a mis labios. Mi cabello era rojo de nacimiento y me gustaba dejarlo crecer hasta la cintura. Las ondas naturales no estaban tan despeinadas como esperaba, así que solo las peiné un poco con los dedos. «No me veía tan mal como hubiese esperado, para un viaje tan largo.» De regreso en la habitación, dejé mi abrigo en el perchero y decidí quedarme solo con mi suéter gris. «Con eso, mis vaqueros oscuros y mis botas, estaba más que bien para salir a caminar un rato.» Recogí la llave dorada del borde de la cama y la guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Cuando salí del dormitorio y bajé las escaleras, mis pasos produjeron eco en medio del silencio que inundaba el lugar. «Ni siquiera estaba segura de si había más personas hospedándose en la posada.» Cuando atravesé la estancia, me esforcé por ignorar si la mujer volteó a darme alguna de sus incómodas miradas y simplemente salí. Esta vez, había un poco más de sol que antes; no lo suficiente como para calificarlo de radiante, pero al menos calentaba un poco la piel del frío. «No tenía la menor idea de hacia dónde me dirigía, pero procuraba memorizar los lugares por los que pasaba. No quería perderme. Aunque dudaba que eso fuera posible, la posada estaba cerca de la estación, de todos modos.» «Pero observar no era lo único que hacía mientras caminaba, también me sumía en los pensamientos; en esas palabras que pronunció la mujer de la posada… En la voz de mi abuela apagándose en su último susurro, en lo que dijo Trude sobre ella.» «¿Qué podía ser tan importante? ¿De qué magnitud era aquello que desconocía?» «¿Qué tenían los Landvik, que detrás de su apellido siempre estaba plasmada una advertencia?» Suspiré por enésima vez. «Estaba cansada de hacerlo. Era una respuesta de mi cuerpo ante la incertidumbre y necesitaba eliminar esa sensación por completo. » De tanto caminar, terminé alejándome de lo que debía ser el centro del pueblo, para acercarme a uno de los extremos; la entrada a un parque. Me detuve junto a la reja metálica, donde el nombre estaba pintado en una gran pieza de madera: «Parque Montañas del Lago Oscuro». El nombre llamó mi atención de inmediato, pero mi cuerpo dio un sobresalto cuando el celular vibró en el bolsillo de mi pantalón. Tomé el viejo aparato y mi expresión se transformó de inmediato cuando leí el nombre de Trude en la pantalla. «Había olvidado llamarla.»  —¡Trude! —saludé, tan pronto como contesté. —Sí, esa es la voz de alguien que olvida cosas —respondió ella, con voz tranquila, pero también alegre—. Quería esperar un poco más a ver si llamabas, pero soy impaciente. Una sonrisa se formó en mis labios y negué con la cabeza, como si ella pudiera verme. Sin pensármelo mucho, caminé hacia el interior del parque. —Llegué hace una hora, tal vez —respondí—. El viaje estuvo muy bien, aunque pesado. —Me lo imagino —dijo ella—. Avísame si vas a dormir hasta mañana, así no te despierto. Reí por lo bajo. —Quizá lo haga más tarde —musité, alzando la mirada hacia los árboles que creaban senderos a mi alrededor. El lugar no era muy concurrido, pero había algunas personas dispersas—. Ahora salí a caminar un poco. —Me gusta escuchar eso, tampoco te pases mucho tiempo encerrada, ¿sí? —Me animó—. Lo menos que debe hacer una chica bonita, joven y soltera en un viaje, es quedarse adentro. Mi sonrisa se estiró un poco más y de nuevo negué. —Solo estaré unos días aquí, Trude —Le recordé—. Y no conozco a nadie en este lugar. —No te quites méritos a ti, ni esperanzas a mí —insistió, haciéndome reír otra vez—. Ahora… La voz de Trude comenzó a escucharse entrecortada, la señal parecía estar fallando. Retiré el celular de mi oído y miré la pantalla, para ver cómo la llamada se terminaba por sí sola y comprobaba mis sospechas. Me había quedado sin señal. Levanté las cejas y guardé de regreso el aparato en mi bolsillo, para seguir caminando. Aquel parque parecía más un bosque, ya no había bancos de madera alrededor; solo naturaleza. «Ni siquiera tenía la menor idea de en dónde terminaban sus límites.» Había suficientes copos de árboles y nubes encima de mi cabeza como para que el sol ya no tocara mi piel. Eso también significaba que en aquel lugar hacía más frío, por lo que empecé a resentir mi decisión de dejar el abrigo en la posada. Me abracé a mí misma y me detuve, preguntándome si era una buena idea seguir caminando. Había tomado uno de los senderos y ya no veía personas a mi alrededor; sólo árboles y tierra húmeda. Pero entonces, apareció esa sensación; aquella que era inexplicable, imposible de descifrar, pero que bañaba la piel y alertaba los sentidos. Sentí que había alguien observándome y eso provocó que mi corazón se hundiera pesadamente bajo mis costillas, como si lo empujasen hacia adentro con una fuerza invisible. Entreabrí los labios y alcé la mirada hacia mi derecha, como si alguien me hubiese susurrado en el oído que lo hiciera. Fue cuando lo vi. Estaba ahí, con el cabello tan n***o como la noche más aterradora. Algunos mechones desordenados caían sobre su frente, rozando sus cejas espesas. Y tan sombrío como era su cabello, lo era su ropa; vaqueros oscuros, camisa negra abotonada bajo una chaqueta de cuero y botas del mismo material. Era increíble cómo su ropa se contrastaba con la palidez de su piel y cómo la profundidad de su mirada le robaba el protagonismo al resto; sus ojos no se separaban de los míos. No pude descifrar lo que expresaba el rostro de aquel chico que me observaba en la distancia, así como tampoco pude hacer nada que permanecer inmóvil, vulnerable ante su mirada y atrapada en ella, incapaz de fijar mi atención en otra cosa que no fuera él; como si nos envolviese un hilo hipnótico. El celular vibró una vez más en mi bolsillo, causando que mi corazón se sobresaltara. Tragué saliva y llevé mis dedos hacia el bolsillo una vez más. Mis manos temblaban y no entendía la razón. Era un mensaje de Trude: Intento llamar, pero creo que la señal es horrible en donde estás. Llámame cuando puedas… Y no te quedes encerrada. Humedecí mis labios y apagué la pantalla del celular, para volver a levantar la mirada. Mis ojos corrieron directo hacia el lugar de antes, pero ya no había nadie ahí. Como si se tratase de un fantasma, el chico había desaparecido.
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