Capítulo 1
«El cielo gris que veía a través del cristal de la cafetería era lo único que me acompañaba aquella triste mañana. Eso, y el vaso de café frente a mí. Nunca fui precisamente una fanática de los hospitales, ¿y cómo podría serlo? ¿Qué de entretenido tendría ver ambulancias llegando y doctores entrando a la sala de urgencias, con pacientes heridos y sangre por todos lados?»
«Intentaba, tanto como podía, ignorar las voces preocupadas y los llantos por aquellos que perdían a sus familiares, pero fracasaba siempre.»
«Y eso tan solo me ponía más nerviosa, aunque lo cubriera tras un semblante que mostraba seguridad. Lo cierto era que estaba asustada, tenía miedo de perder a mi abuela. Ella había sido el pilar de mi vida, la única persona que estuvo siempre conmigo, desde que tenía memoria.»
«Nunca conocí a mi padre y, a tales alturas de mi vida, lo que menos me importaba era hacerlo.»
«Mi madre murió cuando yo era muy pequeña. Mi abuela me contó que siempre fue una mujer con muchos problemas de salud y el embarazo solo empeoró su situación. Intentaba convencerme todo el tiempo de que no era mi culpa que ella no estuviera presente, que tal vez si no hubiese sido por eso, habría terminado falleciendo por alguna otra causa… Pero yo fui la causa.»
«Y luego de fallar en convencerme, siempre volvía a darme ánimos. No podía cambiar lo que ya estaba hecho, y agradecía que mi abuela siempre hubiese estado conmigo. Ella fue los padres que nunca tuve, ocupó ambos lugares; incluso con su vejez. Pero aunque me habría gustado decir que siempre fue una mujer amorosa, la verdad es que no lo fue. Las muestras de afecto no eran lo suyo, pero siempre compensó eso con buenos consejos.»
«A veces sentía que había algo que le impedía acercarse por completo a mí. En realidad, siempre intuí que había algo que ella quería decir, pero nunca se atrevía. Y yo no tenía la fuerza suficiente como para preguntar. Sabía que no me lo diría, de todos modos. Conocía bien esa mirada suya, era como un baúl cerrado, repleto de secretos.»
«Nunca me permitió entrar a su habitación si ella no estaba presente, y jamás intenté hacerlo a escondidas por respeto.»
«Pero eso solo provocaba que la pregunta se hiciera cada vez más grande.»
«¿Qué ocultaba Magnild Frank?»
Un nuevo suspiro escapando de mis labios me llevó a trasladar una vez más la orilla del vaso hasta mis labios, para beber otro trago de café.
«La vista que tenía ante mí no era precisamente alentadora. Desde mi asiento, podía apreciar la entrada del hospital y cómo llegaban personas enfermas o sosteniéndose con dificultad de sus familiares.»
Fruncí el ceño muy apenas y bajé la mirada hasta la mesa.
«Fue cuando ocurrió… Como si alguien susurrara palabras inentendibles junto a mi oído, sentí que algo estaba terriblemente mal; como una descarga eléctrica que va destruyendo todo a su paso. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, erizando mi piel. La descarga terminó siendo arrojada por completo en el centro de mi pecho, convirtiéndose en dolor, agudo y punzante, que incluso me robó la respiración por unos pocos segundos.»
Me puse de pie abruptamente y tragué saliva.
«¿Cuándo se había secado mi garganta…? No lo sabía, no tenía la menor idea de qué era esa repentina sensación que me bañó la piel y los huesos. Me sentía nerviosa, ansiosa. Podía sentir el eco de mis latidos desenfrenados entre mis clavículas.»
Como un reflejo, llevé una mano a mi pecho y giré la mirada hacia el pasillo que daba hacia la salida de la cafetería.
«En un instante, todo lo que llenó mi mente fueron los deseos por ver a mi abuela.»
Comencé a caminar dando zancadas, ignorando por completo si alguna mirada curiosa se desviaba hacia mí.
«Solo necesitaba asegurarme de que ella estuviera bien.»
Mi mente estaba tan trastocada, que las ansias no me permitieron esperar por el elevador. Preferí tomar las escaleras y subirlas rápido, prácticamente corriendo, aunque en el camino estuve a punto de tropezar un par de veces con otras personas.
Finalmente, culminé el camino que me parecía interminable cuando llegué al pasillo en donde ella estaba hospitalizada y avancé ignorando por completo al par de enfermeras que por ahí pasaban.
«Siempre me preocupé por las cordialidades y los saludos, pero en ese momento me importaban lo mismo que nada.»
Solo me detuve cuando estuve frente a la habitación número diez y giré la manilla de inmediato.
Ella estaba ahí, descansando en su cama. Mis labios permanecieron entreabiertos y mi cuerpo casi inmóvil, de no ser por mi pecho, que intentaba reponerse ante la fuerza de mi respiración por lo rápido que había caminado. Mis oídos filtraron el sonido del aparato midiendo su pulso y tragué saliva.
«Me dije a mí misma que necesitaba tranquilizarme, pero no logré hacerlo.»
Cerré la puerta detrás de mí y caminé con lentitud hacia ella, cuidando de no hacer ruido con las cuñas de mis botas.
«Su cabello blanco estaba peinado en una larga trenza hacia un lado, que yo misma le hice el día anterior. Esos últimos días, le gustaba que la peinara. Y a mí me gustaba hacerlo, todo para tener una excusa para pasar el tiempo con ella. Sentía que cada segundo, la vida me estaba robando el tiempo; y buscaba cualquier pretexto para aferrarme a algo, para recuperar algo que terminaría perdiendo irremediablemente, de todos modos.»
Me senté en el borde de su cama y, aún con más cuidado, sostuve su mano.
«Las venas se traslucían bajo su piel pálida y llena de arrugas. Sus párpados delgados permanecían cerrados, mientras ella dormía. No, nunca fue una persona afectuosa, pero siempre quise que lo fuera. Siempre quise encontrar amor en alguna parte, y sabía que ella lo sentía por mí, pero su forma de demostrarlo jamás fue la más expresiva.»
«Estando ahí sentada, mirándola, solo podía pensar en que la quería. La quería muchísimo. Y en que no tenía la menor idea de cómo serían los días cuando ella ya no estuviera.»
«¿Por qué el amor estaba sujeto al miedo? ¿Por qué el temor de perder aquello que amábamos era la sombra detrás de lo que sentíamos?»
«No encontré las respuestas a mis preguntas, y todos mis pensamientos se vieron eclipsados cuando ella abrió los ojos abruptamente; como si la hubiesen arrojado al presente de la forma más violenta.»
Las alertas saltaron dentro de mi cabeza de inmediato, al ver cómo mi abuela despertaba jadeante, ahogada, como si el oxígeno no alcanzara sus pulmones.
—Abuela… —susurré, con la voz entrecortada; demostrando todo el miedo que sentía—. Abuela, ¿qué tienes…?
Sus ojos verdes me miraron con una expresión que jamás vi en ellos: Angustia. Sus labios se movían, incapaces de emitir una sola sílaba.
«Ella quería decirme algo, pero no podía.»
—No, espera aquí —exclamé, tragando saliva por enésima vez—. Iré por un médico.
Pero cuando intenté ponerme de pie, ella sujetó mi mano con fuerza; con tanta fuerza como no lo había hecho jamás, demasiada para una persona de setenta y dos años, que se encontraba convaleciente.
Me giré de nuevo hacia ella y negué con la cabeza. El ardor comenzaba a convertirse en fuego ardiendo en mis pupilas.
Quise hacer un segundo intento por correr hacia la puerta y buscar ayuda, pero su voz, que logró escapar de su garganta, raposa y débil, me detuvo:
—Landvik… —susurró, con esfuerzo.
Mis cejas volvieron a contraerse y negué una vez más, sin comprender a qué se refería y, menos aún, por qué enfocaba su esfuerzo con desespero en lograr pronunciar aquella palabra.
Pero el desconcierto se alejó de mi mente cuando la fuerza con la que ella me sostenía se atenuó hasta que sus dedos soltaron a los míos y sus ojos perdieron el brillo, como si se lo arrancaran de un tajo.
«Y si antes mi corazón era una bestia que no encontraba el control, ahora fue un calabozo de estallidos que lastimaban mis costillas sin clemencia alguna.»
Su pulso se había detenido.
—Abuela… —susurré, con la voz quebrada—. Abuela, no…
Sostuve su mano con fuerza, esperando que ella lo hiciera de vuelta, pero eso no sucedió. La llamé una, dos, tres veces…
«Sabía que nada ocurriría, pero no era lo suficientemente valiente como para atreverme a afrontarlo. Solo intentaba alargar el momento, pretendiendo que podía posponerlo, ocultármelo a mí misma y llenarme de esperanzas vacías.»
Esperanzas que detonaron en caos cuando me puse de pie y corrí hacia la puerta. La abrí de inmediato y grité pidiendo ayuda a un par de doctoras que pasaban por allí junto a una enfermera. Las tres se apresuraron hacia mí y entraron de inmediato a la habitación, entonces no pude hacer mucho más que convertirme en una espectadora de lo que ocurría, de cómo se acercaban a revisarla y a intentar reanimarla.
Mis abracé a mí misma, quedándome a unos pocos pasos de la puerta. Comenzaba a ser difícil ver lo que sucedía, con la vista empañada cubriendo de nubes espesas a mis ojos. Comenzaba a ser difícil respirar, con mi garganta cerrándose por el calor que se ceñía a ella. Apenas y percibía el ardor de mis uñas clavándose a mis brazos, por encima del suéter.
Y sentí que el suelo bajo mis pies se abría en dos cuando una de las doctoras se inclinó hacia adelante y le dio una mirada apesadumbrada a su compañera. Entonces, pasó su mano sobre los párpados de mi abuela, para cerrarlos.
Mordí mi labio inferior con furia, intentando contenerlo, manteniendo el llanto aprisionado dentro de mi propio cuerpo, aunque este me suplicaba liberarlo. Mi barbilla había empezado a tiritar.
—Cariño, tienes que ser fuerte… —murmuró la enfermera que estaba con ella, dándose vuelta hacia mí.
«Y ahí, justo en ese segundo, supe que no podía posponer más el momento.»
«No había vuelta atrás.»
✷✷✷
El cielo volvía a ser gris, como ocurría la mayoría del tiempo en aquella ciudad sin gracia. Estaba repleto de nubes cargadas, que no se atrevían a llover; que solo se quedaban allí flotando, convirtiendo al escenario en uno aún más triste, como si no lo fuera lo suficiente ya, con las personas que vestían de n***o y los centenares de tumbas a nuestro alrededor.
«No fuimos muchos los que asistimos al funeral. Mi abuela y yo no conocíamos a demasiadas personas, y estaba bien con eso. No necesitaba de una larga fila de personas diciéndome que lo sentían. Estaba agotada, física y emocionalmente. Mi abuela estuvo los últimos tres meses internada en el hospital y, cuando no estaba con ella, me encontraba trabajando en la tienda de comestibles que quedaba a unas pocas calles de nuestra casa. No tenía tiempo para mí y, ahora que lo tenía, no sabía qué hacer con él.»
Cuando el ataúd fue cubierto de tierra y el reverendo culminó el servicio, los presentes comenzaron a marcharse. Algunos simplemente se acercaban, posaban una mano sobre mi hombro y me dedicaban una mirada compasiva, que devolvía como si los comprendiese.
«No lo hacía, en realidad. Seguro que todos ellos habían perdido a alguien, pero seguro que también siempre les quedaba alguien que aún los esperara en casa.»
«Yo no tenía a nadie esperando por mí.»
—¿No quieres que te lleve a casa? —Una voz femenina y conocida llegó a mis oídios. Trude, una de nuestras vecinas, se había acercado a mí—. Traje el coche de mi esposo.
Humedecí mis labios, antes de contestar.
—Se lo agradecería —Fui honesta—, pero me gustaría quedarme un rato más.
La mujer de pelo castaño y sutiles arrugas alrededor de sus ojos verdes asintió. Su mirada se trasladó hacia la lápida frente ante nosotras y luego rodeó mi espalda con un brazo, estrechándome.
—Astlyr, sé que quieres quedarte más tiempo con ella y sé que lo que voy a decir es duro, pero Magnild ya no está aquí —murmuró, sin dejar de rodearme en su abrazo—. Lo que queda de ella siempre estará contigo; a donde quiera que vayas.
La punta de mi nariz comenzó a arder, como sucedía cada vez que me atacaban las ganas de llorar.
—Lo sé —musité—. Pero me sentiré culpable si me voy ahora y… Simplemente, la dejo aquí.
El sonido de una sonrisa apagada escapó de su boca.
—Tú siempre te has sentido culpable con muchas cosas —contestó, con afecto—. Te conozco desde que naciste y soy yo quien se sentiría culpable si te dejo aquí sin nadie que te acompañe.
Una triste sonrisa formó una curva en mis labios.
—No tiene de qué preocuparse —prometí—. Puedo tomar el autobús.
La castaña arrugó la nariz y negó.
—Nadie debería ir en autobús con el corazón roto —manifestó—. En el auto puedes llorar todo lo que quieras sin que nadie te mire raro.
Aunque mis ojos no se animaban a expresar emoción alguna, las comisuras de mis labios hicieron un esfuerzo por elevarse, solo un poco.
«Sabía que no había manera alguna de ganarle una discusión a Trude. Era cierto, la conocía de toda la vida. Ella era lo suficientemente terca como para insistir sin cansancio.»
«No tuve más remedio que aceptar a su propuesta.»
Su sonrisa se amplió un poco más y de nuevo frotó mi espalda, invitándome a caminar fuera del cementerio. No pude hacerlo sin darle una mirada a la tumba.
«Sentí que dejaba una parte de mí enterrada allí también y eso, a su vez, me hizo sentir más culpable aún.»
Una vez estuvimos afuera, Trude abrió la puerta del viejo Cadillac para mí y entré en él, de nuevo pasando las manos sobre la tela de mi suéter n***o. Después entrelacé los dedos entre mis rodillas, que quedaban al descubierto bajo el ruedo de mi vestido.
—No te sientas obligada a hablar, ni te cortes si necesitas llorar —dijo ella, cuando tomó su asiento y encendió los motores del coche—. Sabes que a mí no me incomoda casi nada.
Sinceramente, aunque con el mismo desánimo que lo hacía últimamente, volví a sonreír.
—Estoy cansada de llorar —admití—. Y tal vez me vendría bien hablar.
—Bueno, yo no tengo problema con eso —Alzó ambas cejas, entonces arrancó la marcha—. ¿De qué quieres hablar?
«Por mi mente solo pasó una cosa, esa que había estado ocupando mi mente, tanto como el dolor lo hacía; ese último momento en el que mi abuela estuvo con vida, esa última palabra que susurró antes de que la muerte le robara el aliento.»
«Siempre tuve muchas preguntas acerca de ella, sobre cómo había sido su vida, pero jamás me habló demasiado al respecto. Y ahora tenía una nueva pregunta, una que sentía que jamás podría responder.»
—Antes de irse, ella pronunció una palabra —confesé, sumida en el recuerdo—: Landvik.
—Magnild siempre pensando en eso —murmuró Trude, levantando ambas cejas. Sus ojos no se apartaban del camino—, incluso en el último momento.
En mi frente se formaron sutiles líneas, ante la confusión.
«Trude sabía a qué se refería.»
—Espere, ¿usted sabe lo que significa esa palabra? —cuestioné, sin ocultar mi sorpresa.
—Es un apellido —contestó, sin ninguna duda—. El apellido de la familia Landvik.
Mayor aún fue mi consternación y, tanto como el cinturón de seguridad me lo permitió, me giré más hacia ella.
—Jamás lo había escuchado —afirmé, sin saber cómo sentirme al respecto.
—A Magnild no le gustaba hablar sobre lo que le preocupaba, pero podía hacerlo si uno insistía lo suficiente —aseveró la mujer de pelo castaño—. El asunto es, Astlyr, que yo soy muy insistente y tú con ella no lo eras ni un poco. Es por eso que jamás te lo contó, aunque quizá siempre quiso hacerlo. Que lo mencionara antes de marcharse significa algo.
—Siempre sentí que quería hablarme de algo, pero jamás lo hizo —admití—. Y yo nunca se lo pregunté.
—No puedo asegurarte si se trataba de los Landvik, pero ya estoy muy vieja como para creer en las casualidades, cariño —Giró su rostro hacia mí, aprovechando que estábamos frente a la luz roja de un semáforo—. Yo podría decirte lo que sé, si eso quieres.
«Mi corazón pulsaba profundamente, ante la duda y las ansias. Por supuesto que pasé toda la vida queriendo saber qué había tras esas palabras que mi abuela nunca dijo, pero ahora que ella no estaba presente, no estaba seguro de qué tan correcto era investigar.»
«Aun así, había algo de razón en las palabras de Trude; no podía no significar nada que ella mencionara a los Landvik antes de morir. Reconocí la angustia en sus ojos, ella necesitaba que yo supiera algo… Pero el tiempo no le permitió decírmelo.»
«Entonces, me armé de valor para preguntar.»
—¿Qué es lo que sabe sobre los Landvik, Trude?
—Bueno, tanto como saber sobre ellos, no puedo asegurarte demasiado. Solo conozco lo poco que Magnild me contó —aclaró—. Dime una cosa, ¿te habló alguna vez acerca del castillo de los Frank?
Mis cejas volvieron a juntarse.
—¿Castillo…?
—Eso significa un «no» —anticipó, volviendo la mirada al parabrisas. La luz había pasado a verde—. Mira, tú sabes que yo no tengo filtros, así que no me voy a callar en decir que Magnild era muy terca y que le insistí muchas veces en que te lo dijera. Ahora veo que nunca me hizo caso —Movió la cabeza un par de veces, sonriendo—. Y no me sorprende.
Incliné una ceja sutilmente.
—Trude, ¿me está diciendo que mi familia tiene un castillo?
—Algo así… Al menos, la mitad de él —corrigió—. El abuelo de Magnild era el último heredero de ese castillo, pero tuvo aprietos económicos; se vio obligado a vender la mitad de la propiedad para poder pagar sus deudas. Por eso, la mitad del castillo pasó a pertenecer a los Landvik.
«Mi mente se llenaba aún más de confusión al escuchar la historia, porque jamás escuché nada al respecto. Mi abuela nunca me habló sobre nuestra familia y ahora venía a enterarme de que tuvimos un castillo.»
—¿Qué pasó con él después? —pregunté.
—Se mudó a esta ciudad con su esposa y su hijo al poco tiempo —contestó ella—. Parece que no era seguro volver a ese pueblo, tenía muchos problemas allá. Y, con el paso del tiempo, se olvidó del castillo. Ni a él ni a su familia le interesó volver.
—Y, ¿dejaron el castillo al olvido?
—Oh, no. No tanto como eso —Se apresuró en decir—. Los Landvik usaban una parte de la propiedad como posada para viajeros que pasaran por el pueblo. Siempre enviaban por correo la mitad del dinero que ganaban con esos pagos que recibían. Y para tu familia estaba bien, nunca tuvieron problema con eso, pero Magnild no pensaba igual.
Con el temperamento y el carácter que mi abuela tenía, solo pude formular una pregunta:
—¿Qué fue lo que hizo?
—Fue a verlos en persona —Trude levantó ambas cejas—. Quería que le vendieran de vuelta la mitad de la propiedad. Sentía que era un legado familiar que no podía perderse.
«Y, aunque me sentí aún más intrigada por lo que escuchaba, también sentí orgullo. Podía imaginarme a una joven e intrépida Magnild Frank viajando a donde quiera que fuese para cumplir su objetivo. Eso me hizo sonreír de manera inconsciente.»
—¿Lo consiguió? —pregunté esta vez.
«Esperaba escuchar alguna anécdota con respecto a la personalidad testaruda de mi abuela, en compañía de una de las miradas irreverentes de Trude, pero eso no sucedió.»
Contrario a lo que esperaba, se tomó algunos segundos de silencio y luego volteó a verme con seriedad.
—La Magnild que se marchó a ese pueblo y la que regresó nunca fueron la misma —admitió, dejándome con un vacío en el estómago—. Ni siquiera supe que había vuelto, hasta después de unos días. Se aisló por completo, no veía a nadie. Parecía atormentada.
Tragué pesado, antes de expresar mi siguiente pregunta.
—¿Qué fue lo que le sucedió ahí?
—Ojalá lo supiera —Se lamentó—. Ni con todo lo insistente que soy, logré que me lo dijera. Se cerró como un baúl y se volvió la persona que tú conociste.
Me mantuve en silencio y volví el rostro hacia el asfalto de la calle que recorríamos, pero mis ojos se perdieron después; al igual que lo hizo mi mente.
«Tenía tantas preguntas y a la vez ninguna, y toda esa confusión se traducía en la necesidad de saber qué fue lo que ocurrió en aquel castillo; tan importante como para que mi abuela cambiase su personalidad por completo.»
«¿La habían lastimado, acaso?»
—Magnild nunca quiso hablar sobre lo que sucedió durante el tiempo que pasó en ese pueblo —agregó Trude después—, aunque volvimos a conversar varias veces sobre el castillo.
De nuevo, me mantuve en silencio. Y así fue como permanecí durante el resto del viaje.
«No había nada que pudiera decir al respecto, una sola palabra que respondiera a mis dudas, ni nada que lograse calmar esa inquietud pulsante que se instalaba en mi pecho.»
«No, claro que no existían las casualidades; claro que ella siempre quiso hablarme sobre algo. Y ese algo era el castillo que ahora ocupaban los Landvik.»
«¿Qué pudo haberle ocurrido ahí, que fuera tan grave como para ocultarlo por el resto de su vida?»
—Llegamos —habló Trude, cuando se detuvo frente a la puerta de mi casa—. ¿Quieres que te acompañe un rato, o prefieres estar sola?
—Creo que quiero estar sola —Dirigí la mirada de vuelta hacia ella, quien comprendió—. Gracias por traerme, Trude.
Ella negó con la cabeza, tranquilizándome.
—Lo que necesites, Astlyr.
Le agradecí una última vez y me retiré el cinturón de seguridad, para abrir la puerta y salir de regreso al frío poco indulgente de aquella mañana. Saqué las llaves del pequeño bolso que llevaba cruzado y subí los escalones del porche. Cuando entré, me encontré con una casa tan sola como la había dejado.
«Los pasillos vacíos y oscuros, los aromas familiares mezclándose y recibiéndome con cariño, todo me hacía sentir que cruzaría alguno de los corredores y volvería a encontrarme con ella; como antes. Pero entre mis esfuerzos constantes, estaba el de recordarme a mí misma que eso no sucedería, que tendría que hacerme a la idea en algún momento.»
Subí las escaleras y me detuve frente a su habitación.
«Dudé acerca de si debía seguir de largo hacia la mía y encerrarme en ella hasta que se hiciera de noche, o hacer eso a lo que jamás me atreví en toda mi vida.»
«Pero estaba en un punto en el que no soportaría conservar más dudas sobre sus secretos. Pasamos demasiado tiempo siguiendo el mismo ciclo. Y, quizá ella lo entendió también.»
Me atreví a posar los dedos sobre la manilla fría y la giré. La habitación me habría recibido en silencio, de no ser por el chirrido de las bisagras. Y, habría estado a oscuras, de no ser por la luz que se filtraba por las amplias ventanas.
«Su olor estaba impregnado en ella, esa esencia antigua de su época, en sus objetos y pertenencias que adornaban todo el espacio. Ese era su lugar y por eso siempre lo respeté. Pero ahora necesitaba, más que nunca, saber por qué ocultó tantos años una verdad que también me afectaba.»
Caminé hacia el viejo armario y abrí las puertas. No sabía con exactitud qué era lo que estaba buscando, hasta que lo encontré; una pequeña caja de madera, oculta entre algunos vestidos que ella ya no usaba y que había doblado allí a propósito, a los pies del mueble, para que la caja quedara escondida.
Sin darle mucha importancia a si mi vestido se ensuciaba, me senté en la fría madera del piso y crucé las piernas, para dejar la caja descansar sobre ella. Pasé los dedos sobre la superficie, que estaba tallada con cuidado, dándome a entender que era una pieza muy antigua. Apenas entonces fui consciente de lo fuerte que eran mis latidos.
«Hazlo», me dije a mí misma.
Tomé el valor de levantar la tapa de la caja, que solo guardaba dentro de sí dos objetos: Un collar de plata con una piedra roja, hermosa y brillante, y un papel amarillento y desgastado.
«El título de propiedad de la mitad del castillo.»
Ahora, sosteniendo el papel entre mis dedos, estaba en la misma situación en la que ella lo estuvo alguna vez.
«Y lo supe, lejos de las dudas que antes se apoderaron de mi mente.»
«Tenía que ir a ese lugar y encontrar la verdad que ella me ocultó toda mi vida.»