Llovía a cántaros y las lágrimas del cielo se desprendían sobre mi cabeza, empapándome y provocando que el frío me calara hasta los huesos. Era una noche helada, de una oscuridad intensa, en la que no había refugio. Todo cuanto hacía era correr, buscar con desespero un lugar en dónde ocultarme. Un lugar en donde ellos no me encontraran. Mis piernas ardían como si llevase fuego quemando mis músculos y mis pies se hundían en el fango, mientras mi visión se volvía borrosa por el agua que se filtraba entre mis párpados. Incluso bajo aquella tormenta, podía sentir la estridencia de mi pulso y el ímpeto de mi respiración. La angustia me trepaba hasta la garganta, cerrándola e impidiéndome llorar. Mientras corría, giré la mirada hacia atrás, viendo no más que sombras detrás de mí, en la inme

