Capítulo 4

3693 Palabras
Mi rostro no ocultó ni un poco la sorpresa que me produjeron las palabras de la chica frente a mí. Eir Landvik. Estaba justo frente a una Landvik. —¿Lo…? ¿Lo dices en serio? —pregunté, queriendo asegurarme. Sus cejas se contrajeron, mientras en sus labios se formaba una curva amplia. La pelinegra rio con tranquilidad y asintió. —No tienes que asustarte —exclamó. Sus ojos me observaban como si fuéramos amigas desde siempre—. Mira, a la gente le encanta hablar. No es ninguna sorpresa para mí que nuestro apellido no sea bien recibido por aquí. —No, no… No he escuchado tantas cosas como tal vez crees —aclaré, todavía sorprendida—. Solo que el castillo no era un lugar turístico. Eir inclinó una ceja y cruzó los brazos sobre sus costillas. —¿Quién te lo dijo? —La dueña de la posada donde me estoy quedando —murmuré, sin mucho agrado. —Y ahí lo tienes —Hizo un ademán—. Si te hubiese dicho que en nuestro castillo aún recibimos personas, probablemente habrías dejado de quedarte ahí. Eso significa menos dinero para ella. Fue mi turno de expresar un gesto irónico. «Sabía que eso tenía sentido y sabía, además, que la mujer de la posada no era precisamente un dulce. Aun así, no podía pasar por alto la última advertencia que me hizo cuando me entregó la llave del dormitorio. Menos aún olvidaría lo que me contó Trude el día del funeral de mi abuela.» «Hasta que supiera la verdad, tendría que andarme con cuidado con los Landvik.» —¿Quieres que te diga algo? —preguntó la chica, mirándome con franqueza—. Son las personas de este pueblo las que se han encargado de aislar a mi familia. —Pero, ¿por qué harían eso? —Por el dinero, ¿tal vez? —tanteó Eir, encogiéndose de hombros—. El tener dinero no te convierte automáticamente en un cretino, pero mucha gente asume eso de antemano. Y, si a ellos no les importa acercarse, entonces a nosotros tampoco. De todos modos, no es como si hubiese muchas cosas interesantes en este pueblo, ¿o sí? Después de tomar un largo suspiro, asentí a sus palabras. «Estaba de acuerdo en que no se necesitaba dinero para ser una mala persona, cualquiera podía serlo, lo tuviese o no, pero desde la posición en la que me encontraba tendría que darle el beneficio de la duda a ambas partes hasta que encontrara cuál de las dos tenía razón.» —Creo que no conozco lo suficiente este lugar como para asegurar tal cosa —respondí, esquinando una sonrisa pequeña. La chica de piel alba giró el rostro hacia un lado, dándome una mirada llena de interés y una sonrisa cómplice. —Bueno, yo podría ayudarte con eso —propuso—. Dijiste que estás sola aquí, ¿no es así? Eso significa que no tienes planes. —¿De qué estamos hablando, exactamente? —interrogué, insegura. —Aún con lo pequeño que es este pueblo, escuché que hay un club que abre los fines de semana —Sus mejillas se abultaron cuando su sonrisa se amplió—. Jamás he ido a ese lugar porque, bueno, básicamente no tengo amigos aquí. Pero podríamos ir juntas, ¿no crees? Parpadeé dos veces, sin decir nada. «Estaba sorprendida por más de una cosa. En primer lugar, no podía creer que yo le agradase lo suficiente a Eir como para que me invitara. Aunque fuese al revés, yo era quien lucía como una chica de pueblo que apenas empezaba a salir de la cáscara, mientras que ella tenía una personalidad más suelta, aunque eso no le quitaba en absoluto el toque dulce en toda su esencia. También estaba sorprendida porque jamás fui a un lugar de ese tipo. Pasaba demasiado tiempo trabajando o ayudando a mi abuela como para pensar en tener una vida social.» —¿Crees que es mala idea? —preguntó Eir, ante mi silencio. —Oh, no, no —Negué rápido, enderezándome—. Es solo que, no lo sé… —Tal vez estoy siendo muy insistente —reflexionó ella—. Mi hermana siempre se ha quejado de que hablo mucho. Reí por lo bajo. —No, no se trata de eso —contesté—. Y, lo pensaré, ¿sí? Una amiga me dijo que no podía pasarme demasiado tiempo encerrada, tal vez tenga razón —admití esta vez—. Solo que ahora mis prioridades son otras. La chica de cabello azabache apoyó el codo sobre una de sus piernas y, a su vez, su barbilla en la palma de su mano. —¿Puedo preguntar cuáles son? Tomé aire una vez más. —En primer lugar, encontrar otro sitio donde quedarme —Humedecí mis labios—. Por eso… Me preguntaba si el castillo aún funciona como lugar para hospedarse. Eir se incorporó y asintió de inmediato. —¿Sabes qué? Te tengo una propuesta —pronunció, manteniendo su postura recta. En cada uno de sus movimientos, lucía como si perteneciera a la Realeza—. Puedo llevarte, si quieres, para que lo conozcas. Y, si te gusta el lugar, puedes quedarte. Mi garganta se secó ante sus palabras, porque era justamente lo que había estado esperando desde que tomé la decisión de viajar al pueblo. Pero, al mismo tiempo, las advertencias palpitando en mi cabeza aceleraban el ritmo de mi corazón. La corriente de nerviosismo causaba un remolino en mi estómago y hacía que mis manos se volvieran frías. «No podía olvidar la voz de mi abuela pronunciando esa última palabra antes de marcharse.» «Pero tampoco podía, ni quería, renunciar ahora que tenía la oportunidad en la palma de mi mano. Estaba decidida a encontrar la verdad detrás de los secretos y lo haría. Era consciente de que podía ser arriesgado, pero también era importante. Tal vez, a una magnitud que aún ni siquiera comprendía.» «Y no lo haría hasta que lo descubriera por mí misma.» —De acuerdo —Moví la cabeza en un asentimiento. Eir sonrió complacida y se puso de pie, entonces hice lo mismo. Yo era varios centímetros más alta que ella, también por las cuñas de mis botas. —Estoy segura de que te encantará —prometió—. No es porque sea mi casa, aclaro. El lugar es espectacular. En mis labios se trazó una sonrisa pequeña. «Me habría gustado sentir el entusiasmo de Eir en ese momento. Por supuesto que en mi vida había estado dentro de un castillo y ni siquiera podía llegar a imaginarme cómo sería, pero lo que estaba haciendo no era una simple visita. Era mucho más que eso. Sin embargo, no era algo que yo pudiese decir en voz alta.» «Tampoco podía convertir mis emociones en entusiasmo, cuando no estaba segura en absoluto de con qué me encontraría.» «Tú no me lo pediste, pero, ¿quieres que te dé un consejo? No vayas a ese lugar.» Tragué saliva y giré la mirada hacia Eir, mientras caminábamos hacia la salida de la plaza. La chica irradiaba seguridad por completo, sin lucir arrogante ni por un momento. También capturaba las miradas por donde pasábamos. Los ojos se trasladaban de ella hacia mí. Pero mientras que a ella algunos la miraban sin demasiado agrado y otros atraídos por su belleza, a mí me contemplaban con curiosidad. A Eir no le afectaba nada de aquello, ni siquiera le mostraba ninguna importancia. No era mi caso. Yo no estaba acostumbrada a las miradas, menos aun cuando no comprendía lo que expresaban la mayoría de ellas. Ceñí la frente en un gesto suave y volví la atención hacia la pelinegra a mi lado. —¿Qué tan lejos está el castillo de aquí? —pregunté. —Mh, como a unos quince minutos —Eir levantó la mirada hacia mí y me dedicó una sonrisa. No estaba afectada en absoluto por cómo nos miraban. «Me habría gustado preguntar qué tan frecuentes eran sus paseos por el pueblo y si a donde quiera que iba tenía que lidiar con esa presión, pero me contuve de hacerlo. Apenas y nos conocíamos. De todos modos, podía casi asegurar que sucedía todo el tiempo.» «Si los Landvik eran tan poco queridos allí, ¿por qué, simplemente, no se marchaban a otro lugar?» —Y, aquí está mi bebé —pronunció ella, sacando las llaves de su bolsillo para desactivar las alarmas del auto. El auto era nada menos que un Mustang convertible, de color rojo. Como si fuese lo único que podía hacer en aquella mañana, me sentí sorprendida y lo expresé a través de mis cejas, que se inclinaron hacia arriba. Por supuesto que jamás me había subido a una máquina de esas. —¿Vamos? —preguntó, mirándome con entusiasmo. «No parecía molestarle que me hubiese quedado allí como una tonta, solo mirando.» —Sí, sí —contesté rápido, avergonzada. Mientras que Eir abrió la puerta del piloto, yo rodeé el impresionante coche para ocupar el asiento del acompañante. En el interior, el auto tenía un suave aroma a fresas y los asientos estaban revestidos de cuero rojo, con líneas doradas. Era verdaderamente precioso. «Cada nuevo detalle me hacía caer cada vez más en cuenta de cuánto dinero debía tener la familia Landvik en sus arcas.» «Pero debía hacer un esfuerzo por no quedar hipnotizada pensando en los lujos de los que gozaban los Landvik, porque no era lo único que estaba cruzando mi mente en aquel momento.» Mientras Eir encendía los motores del auto, saqué el celular de mi bolsillo y le envié un mensaje a Trude. No quería lucir nerviosa, pero también lo hice lo más rápido que pude. Trude, si en una hora no te he llamado, hazlo tú. Estoy yendo al castillo. Guardé esta vez el aparato dentro del bolsillo de mi chaqueta y separé ligeramente los labios, permitiendo que mi aliento cálido escapara a través de ellos; también como un disimulado intento por calmar los fuertes latidos de mi corazón. —¿Te molesta si pongo música? —preguntó ella, mientras iniciaba la marcha. Negué de inmediato. —No, por supuesto que no. Eir estiró su mano hacia el reproductor del coche y lo encendió. No me sorprendió que sus luces fueran color cereza. Pronto comenzó a reproducirse una canción de Adele. —Amo a esta mujer —murmuró la pelinegra, moviendo suavemente la cabeza al ritmo de la melodía. —Tiene una voz preciosa —dije, sonriendo. —Ya me encantaría a mí tener una voz así —Mordió su labio inferior, sin apartar los ojos del camino—. Siempre quise estudiar música, ¿sabes? —Si quisieras, aún podrías hacerlo —titubeé por un instante, pero finalmente hice la pregunta—. ¿Cuántos años tienes? —Dieciocho —contestó, todavía mirando hacia el camino—. Sí, ya sé lo que vas a decir: Tengo todo el tiempo del mundo. Pero, ¿de qué sirve el tiempo si no sabes qué hacer con él? Eir volteó a mirarme por un momento, solo un segundo. Con la mirada que compartimos pude comprender cómo se sentía. «Fue extraño. Me habría gustado estar completamente segura de que solo éramos dos chicas conociéndose y conversando, pero no podía ignorar todo lo que había detrás de mi visita a ese pueblo.» «No podía ignorar que le envié un mensaje a Trude porque no tenía ninguna clase de certeza sobre si estaría segura en el lugar al que iba.» Pero, aun así, le respondí con la honestidad de lo que sentía. —Entiendo cómo te sientes —murmuré, mirando esta vez hacia mis manos entrelazadas—. Tomar algunas decisiones es más difícil de lo que parece. Cualquier cosa que hagas ahora puede cambiar por completo cómo será tu vida en el futuro.   Cuando Eir tomó la salida hacia la carretera principal, se permitió voltear a mirarme otra vez. Sus ojos celestes lucían llenos de afecto, mientras que las comisuras de sus labios se levantaban con suavidad. —Creo que eres la primera persona con la que hablo que en realidad lo entiende —respondió—. Y he conocido a muchas personas. Una sonrisa apagada desapareció pronto de mi boca. —Puede que no conozca mucho de la vida, pero sé un par de cosas sobre lo difícil que se vuelve a veces —musité. —Y vaya que lo hace —Estuvo de acuerdo—. Tal vez creas que a alguien como yo no le falta nada, pero sí que me hizo falta que mis padres me dijeran cosas como esas en algún momento. Fruncí el ceño muy apenas y aparté la mirada de la desolada carretera que ahora nos rodeaba, para mirar a Eir. —¿Familia difícil? —Me atreví a preguntar. —Mh —La pelinegra bufó, sin separar la línea recta que formaban sus labios cerrados—. No sé si «difícil» sea la palabra correcta, pero, tal vez… Complicada. Relamí mis labios por segunda vez. «No quería sobrepasar los límites y que Eir adivinase alguna de mis intenciones. Realmente me habría gustado que las circunstancias fuesen diferentes y poder permitirme escucharla como lo hace una amiga, pero necesitaba saber más sobre los Landvik.» —¿Llevan mucho tiempo en Vantellier? —pregunté, en un murmullo. Esperaba a que Eir me mirase con alguna expresión de desconfianza, pero no lo hizo. Por el contrario, se abrió a conversar sin ningún problema. —Mi familia se mudó desde Escocia hasta aquí hace muchos años atrás —respondió ella, de nuevo moviendo la cabeza suavemente al ritmo de la música—. Fue cuando compraron la mitad del castillo. Me invadió la sorpresa ante el hecho de que Eir revelara que a los Landvik solo les pertenecía la mitad del castillo. Lo dijo sin ningún tipo de preocupación, o recelo. Eso me animó a continuar haciendo preguntas. Quería saber hasta dónde podía llegar. —Creí que todo el castillo pertenecía a la familia Landvik —mentí. —No —Eir negó y volvió a mirarme, con una suave sonrisa—. Solo la mitad. El resto de la propiedad le pertenecía a un hombre llamado Henrik Frank. El corazón se hundió un poco más dentro de mi pecho, al escuchar el nombre de mi tatarabuelo. —¿Pertenecía? —repetí la palabra—. ¿Qué sucedió con él? —Bueno, tengo entendido que murió hace mucho tiempo —La pelinegra entornó los párpados y ladeó el rostro hacia un lado, como si estuviese tratando de recordar algo—. Lo último que supe es que la mitad de la propiedad pasó a manos de su nieta, pero hace bastante tiempo que la mujer dejó de comunicarse con la familia. Arrastré la mirada hacia mis piernas y presioné mis dientes unos contra otros, con la verdad atorada en la garganta y sin poder decirla; porque ni siquiera era el rompecabezas completo, solo una pieza suelta en él. «Todo lo que sabía era que mi abuela guardó a los Landvik como un secreto toda su vida, que ellos fueron lo último que pronunció antes de morir y que ahora solo había advertencias que me hacían sentir que acercarme a ellos era peligroso.» «Nunca volvió a comunicarse con ellos.» «¿Realmente fueron los Landvik los que provocaron aquella ruptura? Me hubiese gustado estar segura, porque Eir se había portado más amable que las personas del pueblo.» «Pero no podía confiar aún.» —¿Nunca intentaron buscarla? —pregunté, cuando separé la mirada de mis piernas. —Creo que no quedó en los mejores términos con mi familia —confesó, volviendo a cruzar miradas conmigo—. Pero eso no significa que no reconozcamos que la mitad del castillo le pertenece. Nunca hemos pretendido quedarnos con todo. Y el día que ella quiera regresar, las puertas estarán abiertas. Después de que Eir pronunció aquellas palabras, me mantuve en silencio. «Todo lo que mencionó coincidía con lo que yo sabía, pero había un par de cosas nuevas. Y entre ellas estaba el que, si la situación realmente era como ella la planteaba, los problemas que pudo haber tenido mi abuela en ese lugar no tenían que ver con la propiedad.» «Eso también coincidía con lo que dijo Trude; los Landvik siempre enviaron la mitad de los pagos de lo que recibían por el castillo, hasta que mi abuela decidió viajar al pueblo.» «Pero si ellos no querían apoderarse de la propiedad,  ¿cuál fue el problema, entonces?» «La Magnild que se marchó a ese pueblo y la que regresó nunca fueron la misma.» «No, lo que sea que le ocurrió a mi abuela en ese lugar escapaba muy lejos de mi entendimiento en ese momento. Si se hubiese tratado de tan solo un pleito legal, no habría sido más que un disgusto. No hubiese sido tan importante como para cambiarla por completo.» Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando el coche dio un par de saltos y nos movimos hacia los lados. Consternada, levanté la cabeza para mirar por la ventana. —Sí… —murmuró Eir—. Aquí viene la parte no tan glamorosa del camino. Me enderecé en el asiento para observar a través del cristal. Habíamos dejado la carretera atrás, para pasar a un camino de tierra fangosa y rocas, donde el auto se movía hacia los lados mientras Eir aumentaba la velocidad. Éramos las únicas transitando la zona desde que dejamos la civilización del pueblo atrás. Ahora, todo lo que había a nuestro alrededor era cielo gris y el cauce de un río caudaloso a nuestra derecha. —Siempre me dicen que este no es el tipo de auto para transitar un camino como este —agregó—. Pero subestiman mis capacidades como conductora. —Vaya que lo hacen —comenté, aferrando los dedos a mi asiento, cuando dimos otro salto—. ¿No hay otra forma de llegar al castillo? La pelinegra arrugó los labios en una mueca. —No lo creo —Su pie se presionó un poco más sobre el acelerador—. El  truco está en ir rápido. Si no, te quedas atascada. Levanté las cejas y tragué saliva. —Entiendo… —susurré. Y otro salto. Ahora no solo estaba nerviosa por toda la situación, sino porque comenzábamos a subir una colina, donde el camino era exactamente igual a ese. Y, a medida que avanzábamos, teníamos cada vez más alto junto a nosotras un despeñadero que terminaba en los enormes peñascos del río. En vano fueron mis anteriores intentos por estabilizar el ritmo de mi corazón, que ahora pulsaba más fuerte que nunca. Mis uñas se enterraban en el cuero del asiento y sentía que Eir me mataría si le provocaba un rasguño a su auto, pero necesitaba aferrarme algo, si no quería perder la cabeza. Mis ojos, en contra de mi voluntad, volvieron a asomarse por el vidrio ahumado de la ventana y maldije mentalmente, al ver lo alto que estábamos. Me reñí a mí misma cuando mi cerebro comenzó a calcular cuántos metros de altura eran y qué tan fatal resultaría una caída desde ahí. De nuevo apoyé la espalda del asiento y cerré los ojos por un momento. «Ojalá no los hubiese abierto de nuevo.» Nos acercábamos a una curva cerrada. —Sujétate fuerte, ¿sí? —pidió Eir—. Prometo que no es tan espantoso como se ve. Esta vez, ni siquiera tuve voz para contestar a sus palabras; tan solo hundí más el agarre de mis dedos en el asiento y miré cómo nos adentrábamos en la peligrosa curva en la colina, donde el auto daba saltos cada vez que las ruedas pasaban sobre los peñones enterrados en la tierra húmeda. Los latidos de mi corazón provocaban un centenar de estallidos que rebotaban hasta mi mandíbula, mientras Eir no perdía la concentración en el volante ni por un segundo. Creí que todo saldría mal y que nos volcaríamos en cualquier momento, pero antes de que el miedo continuara provocando mil y un desenlaces catastróficos en mi mente, llegamos al final de la colina; donde el camino desembocaba en un terreno plano. Por inercia, me separé del respaldo y respiré con lentitud, recuperando el aliento de a poco. Mi cabeza estaba hecha un desastre y me costaba procesar las imágenes frente a mí, pero llegó el momento de hacerlo cuando pasamos por un camino asfaltado, rodeado de césped, que conducía a la entrada de la imponente construcción. —Llegamos —habló Eir, sin ocultar el entusiasmo en su voz, mientras se retiraba el cinturón de seguridad. Todavía sumergida en el vendaval de emociones y pensamientos, con las manos temblorosas, me retiré el cinturón también. La pelinegra apagó los motores del auto y abrió la puerta para salir, entonces hice lo mismo; solo que con menos mucha destreza que ella. Cuando salí y me puse de pie, mis piernas amenazaban con doblarse, no solo por el peligroso camino por el que acabábamos de pasar, sino también por la escena frente a mí. Las torres de la fortaleza eran de un color gris ceniza, tan altas que parecían rozar las nubes del cielo, formando una robusta edificación digna de la Corona. Los jardines estaban perfectamente cuidados, dándole pequeños toques de color a un escenario que lucía temible, impresionante y también repleto de secretos. Aquel castillo era tan encantador, como misterioso. Y justo detrás de él, como si se tratase de una gruesa capa, se encontraba el espeso bosque; con árboles de hojas oscuras, que solo envolvían en un aura enigmática a una edificación que llevaba levantada más de seis siglos. El manto formado por la naturaleza culminaba con las montañas a sus espaldas. Mis dedos fríos se mantuvieron aferrados a la puerta del auto, anclándome al presente, como si aquello fuese lo único que lograse que mis piernas no flaquearan. Entonces, Eir pronunció aquellas palabras. —Bienvenida al hogar de la familia Landvik. «Las palabras que marcaron un antes y un después en mi vida.» «Para siempre.»
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