—Entonces, dime, Galder —pronunció Benjamin, manteniendo las manos en el volante y la mirada en el camino—. ¿Cómo es que pasé a ser tu chofer, cuando fuiste tú el que ideó esta salida? —Bueno, pues, siempre has sido una persona muy amable, considerada, paciente —Comenzó a enumerar el chico, que iba en el asiento trasero, junto a Ingrid. —Y no quieres ensuciar tu auto con el fango —interrumpió el pelinegro—. Tú y Eir parecen hermanos. Una sonrisa acusadora se dibujó en mis labios, cuando Benjamin compartió una fugaz mirada conmigo. Para mi buena suerte, ya habíamos pasado la peor parte del camino y nos acercábamos al centro del pueblo. Cuando Galder supo que Benjamin iría con nosotros, de inmediato le propuso que él manejara. Y, la verdad, no lo culpaba. Bajar la colina de noche era aú

