Capítulo 33

1773 Palabras
Punto de vista GASPAR Me desperté con un dolor sordo en la sien y la boca seca como papel. El sofá bajo mí no era el mío, ni tampoco el techo blanco y sencillo que veía al abrir los ojos. Tardé unos segundos en recordar la noche anterior. El whisky, la rabia, la espera en la puerta de su edificio. Y luego… ella, con esa mezcla de furia y compasión, dejándome entrar cuando lo más lógico hubiera sido cerrarme la puerta en la cara. Me incorporé despacio, frotándome la frente. La manta que me cubría olía a ella, y por un instante odié lo mucho que me calmó ese detalle. El piso era pequeño, cálido, nada que ver con las mansiones frías en las que había crecido. Había libros apilados en la mesa auxiliar, una planta mal regada en la esquina, un par de zapatos olvidados junto a la puerta. Un caos ordenado que hablaba de ella más de lo que jamás me había contado. Y entonces la vi. Estaba en la cocina, de espaldas, con un recogido improvisado y una taza en la mano. No era el vestido de gala de la noche anterior, ni la mujer perfecta que todos habían juzgado en la sala iluminada. Era Helena en su terreno, sin máscaras, sin artificios. Y a mí me golpeó una certeza: aquí era donde ella brillaba de verdad. Me pasé una mano por el cabello, sintiendo el peso de la resaca y de sus silencios. Estoy en su reino, pensé, y por primera vez no me sentí un rey. Me sentí un intruso. Punto de vista HELENA Escuché el crujido del sofá detrás de mí y supe que había despertado. No me giré enseguida; preferí mantenerme en la cocina, dándole la espalda mientras servía café. El olor llenó el piso y por un instante me sentí dueña de la escena. —Así que el gran Gaspar Doménech puede quedarse dormido en cualquier sofá —dije al fin, con tono ligero—. Y yo que pensaba que solo descansabas en sillones de cuero italiano. Hubo un silencio breve antes de que respondiera, la voz grave, algo ronca: —No fue el sofá lo que me hizo quedarme… Levanté una ceja, aunque no lo miraba. —Claro. Fue el whisky. Y tu brillante idea de aparecer en mi puerta tambaleándote como un adolescente. Oí cómo se incorporaba, cómo se pasaba una mano por el cabello, incómodo. —No estaba tan mal. Me giré con la taza en la mano y lo miré directo. Estaba despeinado, con la camisa arrugada, los ojos oscuros todavía cansados. Y aun así, maldita sea, había algo en él que seguía imponiéndose. —Créeme, Gaspar —dije, dejando la taza frente a él sobre la mesa—. Anoche estabas muy lejos de tu pose de CEO perfecto. Y no sé si darte las gracias por eso… o pasarme el día recordándote lo patético que parecías. Él sonrió torcido, como si esa ironía lo aliviara en lugar de ofenderlo. —Me gusta más cuando me hablas así —replicó, inclinándose hacia la taza—. Al menos sé que es real. Lo observé un instante, midiendo la escena. En mi piso, con mi café, él no era el intocable. Era solo Gaspar. Y esa diferencia me daba más poder del que jamás tuve en esas galas llenas de máscaras. Punto de vista GASPAR El café estaba demasiado caliente, pero lo sostuve de todos modos, más por necesidad que por gusto. No sabía qué me pesaba más, si la resaca o esa sensación de estar desnudo en su casa, sin nada que me protegiera de ella. Helena se movía segura entre su cocina, como si cada gesto suyo fuera un recordatorio de que este era su reino y yo era el intruso. —¿Siempre recoges a los tipos que se quedan dormidos en tu sofá? —pregunté, con media sonrisa que intentaba sonar ligera. Ella arqueó una ceja. —Solo a los que tienen la cara lo bastante dura como para plantarse en mi puerta después de una gala, oliendo a whisky y con la lengua más suelta que de costumbre. Bajé la vista al café, mordiendo por dentro la respuesta que quería dar. Mi orgullo quería atacar, pero no podía: estaba en su casa, bajo sus reglas, y lo sabía. —No quería que terminara así —dije al fin, en voz baja—. Verte con él… me partió. Y no supe cómo reaccionar sin darle a todos lo que esperaban de mí. Ella apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia mí. —¿Y qué esperaban de ti, Gaspar? ¿Que jugaras al CEO perfecto? ¿O que posaras con Adriana como si nada hubiera pasado? Su tono era irónico, pero en sus ojos había algo más: un dolor que reconocí, porque era el mismo que me estaba matando. Respiré hondo, como si me costara sacarlo. —Adriana no significa nada. Fue un error… uno de esos que mi padre convirtió en cadena. Helena entrecerró los ojos, como si quisiera medir cada palabra mía. —Y aun así —continué, tragando saliva—, anoche no tuve el valor de apartarla. Porque si lo hacía, sabían que lo hacía por ti. Y yo… no podía mostrarles eso. El silencio se estiró. La verdad había salido a medias, envuelta en ese ego maltrecho que aún no sabía cómo pedir perdón. —¿Por qué este juego, Gaspar? —me lanzó, sin apartar la mirada—. ¿Por qué no sigues con tu vida y me dejas seguir con la mía? Quise contestar con ironía, con alguna frase afilada que me devolviera terreno. Pero no pude. La forma en que me miraba no dejaba espacio para máscaras. Bajé la vista al café entre mis manos. Sentí el calor de la taza como un ancla, la única cosa que evitaba que me derrumbara allí mismo. —Porque no puedo —murmuré, sorprendiéndome a mí mismo con lo honesto que sonó. Helena frunció el ceño, como si esperara más. Y ahí estaba yo, atrapado, sin salida. —Intenté seguir con mi vida —continué, arrastrando las palabras—. Intenté olvidarte. Me repetí que eras un error, que lo mejor era apartarme. Pero todo lo que encontré fue vacío. Levanté la vista. Sus ojos estaban fijos en los míos, sin piedad, pero en ellos había algo más: la necesidad de que hablara, de que soltara lo que jamás diría en una sala llena de gente. Tragué saliva, el orgullo atorado en mi garganta. —No sé hacerlo, Helena. No sé cómo dejarte. Y sí, debería. Debería dejar que todo siguiera como ellos quieren, debería olvidarte… —me reí sin humor, amargo—. Pero no puedo. Porque aunque intente vivir bajo sus reglas, la única vida que quiero… es contigo. Las últimas palabras quedaron flotando en el aire, demasiado desnudas, demasiado mías. Y en ese instante, por primera vez, sentí que ella me estaba viendo sin máscara. No al CEO, no al hijo rebelde… sino al muchacho que nunca aprendió a soltar lo que amaba. Punto de vista HELENA Lo escuché. Cada palabra, cada verdad a medias que se le escapó como si le pesara demasiado guardarla. Y por un instante, lo vi sin la coraza, sin el traje de CEO, sin la arrogancia que tanto me irritaba. Vi al hombre, al muchacho herido que no sabía soltar. Pero no bastaba. Me crucé de brazos, apoyándome en la mesa, y lo sostuve con la mirada. —Si de verdad lo quieres… si de verdad no sabes cómo dejarme, entonces empieza a demostrarlo. Gaspar frunció el ceño, desconcertado. —¿Demostrar qué? —Que me quieres sin ponerme en la hoguera. —Mi voz salió firme, sin titubeos—. Que no vas a dejarme expuesta otra vez como anoche. Porque esto recién empieza, Gaspar, y ellos ya nos llevan ventaja. Se quedó en silencio, con los nudillos blancos alrededor de la taza. —Tú hablas de no saber olvidarme… —continué—. Yo hablo de sobrevivir. Y si no te decides, si no te centras, me vas a arrastrar contigo. Lo vi tensarse, la mandíbula apretada, como si mis palabras fueran cuchillos. —No soy tu enemiga —añadí, bajando un poco la voz—. Pero tampoco voy a seguirte a ciegas mientras tú te debates entre el orgullo y el miedo. Gaspar levantó la mirada, los ojos encendidos, como si por fin entendiera el peso de lo que le estaba pidiendo. —Decide —concluí—. Porque yo no pienso volver a ser un peón en su tablero. Y si realmente me quieres, tampoco deberías quererlo tú. El silencio que quedó fue más elocuente que cualquier grito. Punto de vista GASPAR Sus palabras me quedaron retumbando en la cabeza como golpes directos. Decide. Centra tu maldito orgullo. No me arrastres contigo. Quise contestar, decirle que lo haría, que iba a protegerla de todos, incluso de mí mismo. Pero la voz no me salió. Helena seguía de pie frente a mí, con los brazos cruzados, firme como nunca. No era la mujer que vi obligada a sonreír al lado de Iván, ni la que callaba frente a las imposiciones de su madre. Era la Helena que me enloquecía: fuerte, clara, imposible de ignorar. Me puse de pie, demasiado cerca, tanto que podía sentir su respiración rozándome. —¿Sabes lo que me estás pidiendo? —murmuré, la voz ronca. —Que crezcas, Gaspar —respondió sin apartar la mirada. Ese golpe me desarmó más que cualquier puñalada. La quería. Dios, la quería tanto que me dolía. Y sin embargo, lo único que supe hacer fue acercar mi mano hasta casi rozar la suya, detenerme a un suspiro de tocarla. Ella no se movió. No retrocedió. Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga. —Ten cuidado, Helena… porque si decido, no habrá vuelta atrás. Su respiración tembló, apenas perceptible. Yo la vi. Y esa mínima g****a me dio más miedo que cualquier enemigo afuera. Me aparté antes de que mi propio impulso nos incendiara allí mismo. Tomé el abrigo del respaldo del sofá y caminé hacia la puerta, con el corazón rugiéndome en el pecho. Antes de salir, me giré una última vez. —Piensa bien si estás lista para lo que me pediste. Porque yo… ya estoy a medio camino de dártelo. Cerré la puerta tras de mí, dejándola en su reino y a mí en la guerra que me esperaba. Pero sabía una cosa: ya no iba a poder escapar de ella.
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