Capítulo 32

1667 Palabras
Punto de vista HELENA Cerré la puerta con un golpe seco y dejé caer los tacones en el suelo. El eco resonó por el pasillo vacío como un recordatorio cruel: todo aquello había sido un teatro. Me miré en el espejo del recibidor y por un instante no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. El vestido aún colgaba perfecto, el maquillaje intacto… pero los ojos, mis ojos, parecían de otra. Eran los de alguien que había sonreído del brazo equivocado. La rabia me subió por la garganta, amarga, como un veneno que no sabía dónde escupir. Recordé las cámaras, los flashes, los aplausos hipócritas. Recordé la voz firme de Iván contestando por mí, como si yo no tuviera nada que decir. Y recordé —sobre todo— la mirada de Gaspar, firme y fría, mientras Adriana se aferraba a él como si fuera su lugar legítimo. Eso fue lo que más dolió. No Iván, no la farsa de los demás… sino él. Su silencio. Su quietud. Su forma de dejarme sola delante de todos, como si estuviera de acuerdo en que yo no era suficiente. Apreté los puños hasta sentir las uñas clavarse en mi piel. Quise llorar, pero no me lo permití. No después de haber pasado toda la noche fingiendo que estaba entera. No me van a romper. No otra vez. Pero cuando aparté la vista del espejo, la certeza me golpeó con la fuerza de un puñal: aunque el mundo creyera que Iván era mi sostén, la verdad era que el único que podía sostenerme… había elegido callar. Punto de vista GASPAR Cerré la puerta del despacho de un golpe y me serví un whisky sin mirar siquiera cuánto caía en el vaso. Lo bebí de un trago, esperando que quemara lo suficiente para borrar lo que acababa de ver. No lo consiguió. La imagen seguía ahí, tatuada en mi cabeza: Helena del brazo de Iván, sonriendo a medias mientras él respondía a las preguntas como si ella fuera un adorno. Y yo, maldita sea, sin mover un dedo. Golpeé el escritorio con la palma abierta. El eco retumbó en la sala, pero no me alivió. —Tenías que mantener la calma —me dije entre dientes—. No podías destrozarlo todo delante de ellos. Pero la excusa no servía. Lo único que veía era su mirada clavada en la mía, pidiendo algo que no le di. Y lo peor… es que sabía que acababa de dejarla sola. La puerta se abrió sin aviso. Adriana entró, impecable como siempre, con esa calma fingida que me sacaba de quicio. —Fue un éxito —dijo suavemente, acercándose—. Todos lo notaron, Gaspar. Lo tranquilo que estabas, lo bien que nos vimos juntos. Me giré hacia ella con una frialdad que apenas podía contener. —¿Nos vimos bien? —repetí, dejando caer el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco—. Esto no es un desfile, Adriana. Ella inclinó la cabeza, como si no entendiera, aunque sabía perfectamente qué estaba haciendo. —La gente necesita creer que tienes estabilidad. Y yo… puedo dártela. Esa última frase fue demasiado. Avancé un paso hacia ella y mi voz salió más áspera de lo que esperaba. —No vuelvas a decir eso. Por primera vez la vi titubear. No porque me temiera, sino porque entendió que esta vez no iba a jugar. Ella se recompuso con una sonrisa suave, como si nada hubiera pasado. —Eres un hombre apasionado, Gaspar. Tarde o temprano lo entenderás. Cerré los ojos y conté hasta diez para no perder la cabeza. Cuando los abrí, ella ya se había ido, dejándome con el eco de mis propias maldiciones. Me hundí en la silla, con la frente entre las manos. El mundo entero me aplaudía por haberme mostrado calmado, por haber jugado el papel de CEO intocable. Y yo solo podía pensar en que esa calma me había costado lo único que no debía perder: ella. —La dejé sola… —susurré, apenas un hilo de voz—. Y eso es lo único que no debía hacer. Punto de vista ISADORA El tintinear del cristal contra el mío sonó como música. Octavio me sirvió otra copa de vino, satisfecho como un general después de la batalla. —La gala fue un éxito —dijo, recostándose en el sillón con esa calma de quien cree tener el control absoluto—. Gaspar apareció del brazo de Adriana, Helena con Iván. Exactamente como debía ser. Yo sonreí, despacio, saboreando el triunfo. —La imagen perfecta. El fuego contenido, la niña disciplinada. El mundo ya cree en esa mentira… y a veces eso es lo único que importa. Octavio rió bajo, complacido. —El poder se trata de eso. De apariencias bien sostenidas. Levanté mi copa y la giré entre los dedos, observando el reflejo rojo del vino. —Helena aún cree que puede romper las reglas —murmuré, disfrutando cada palabra—. Pero no tardará en comprender que, al final, el amor siempre pierde contra el apellido. Brindamos en silencio, como dos jueces firmando una sentencia. Y mientras el vino rozaba mis labios, pensé en la ironía: Helena todavía no entendía que no había sido la junta quien la encadenó… había sido yo. Punto de vista HELENA No podía volver a casa con esa rabia en el pecho, así que terminé llamando a la única persona que no iba a mirarme como si estuviera loca. Lautaro me recibió en su despacho con la calma de siempre, como si el mundo no acabara de desplomarse encima de mí. —¿Quieres un whisky o prefieres gritar primero? —preguntó, tendiéndome un vaso vacío. Rodé los ojos, aunque por dentro agradecí que no me soltara una frase de lástima. —Lo viste todo, ¿verdad? —Lo suficiente —respondió, encogiéndose de hombros—. Iván parecía encantado de sostenerte. Y tú… parecías un c*****r con los ojos abiertos. Me mordí el labio, dolida por lo certero de la frase. —No tuve opción, Lautaro. Me estaban esperando para que cayera, y lo hice. Él me miró en silencio unos segundos, hasta que apoyó los codos en el escritorio. —No confundas un movimiento con la partida. Lo miré, cansada, harta de frases enigmáticas. —¿Y qué quieres que haga? ¿Romper la invitación, incendiar la junta, enfrentarme a todos? Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios. —No. Quiero que recuerdes que si sigues fingiendo, la mentira va a tragarte viva. Tarde o temprano tendrás que elegir: o eres la muñeca que ellos quieren, o la mujer que puede ponerlos de rodillas. Me quedé helada. Había verdad en sus palabras, aunque me ardiera admitirlo. —Eres insoportable —le dije, para cortar la tensión. Él se recostó en su silla, mirándome con esa calma que me sacaba de quicio. —Y sin embargo, siempre terminas buscándome. Me odié por sonreír, porque en el fondo sabía que tenía razón. Punto de vista GASPAR El frío me calaba hasta los huesos, pero no pensaba moverme. Llevaba casi una hora frente a su edificio, con el abrigo mal puesto y el aliento cargado de whisky. No estaba borracho hasta caerme, pero sí lo bastante ebrio como para que el corazón hablara más alto que la razón. Cuando la vi acercarse, con paso cansado, supe que nada de lo que había ensayado en mi cabeza saldría como debía. —¿Otra vez tú? —preguntó, clavándome la mirada, la llave apretada en su mano como si pensara lanzármela a la cara. Sonreí torcido, sin ganas. —No pude quedarme quieto. Tenía que verte. —Ya me viste anoche —replicó con frialdad—. Al lado de Adriana, tan tranquilo como si yo nunca hubiera existido. Las palabras me atravesaron. Di un paso hacia ella, tambaleándome apenas. —¿Tranquilo? ¿De verdad lo crees? —Reí, amargo—. Me estaba pudriendo por dentro, Helena. Me dolió verte fingir con él… como si realmente pudieras pertenecerle. Su rostro se endureció, pero sus ojos temblaban. —¿Y qué crees que sentí yo? —espetó—. ¿Qué pensaste que era para mí verte con ella, sonriendo como si fuera tu paz? Me quedé callado un segundo, la ebriedad borrando cualquier defensa. —No hay paz en mí sin ti —confesé al fin, la voz rota—. No la hubo nunca. La llave tintineó en su mano, como si esa frase hubiera sido demasiado. —Esto nos está matando, Gaspar —susurró, y su voz me desgarró más que cualquier golpe. Abrió la puerta y, contra todo pronóstico, no me dejó en la acera. Punto de vista HELENA Entramos en silencio. No podía creer que lo había dejado pasar. Quizás porque, a pesar de la rabia, no soportaba la idea de verlo tambaleándose solo en la calle. Gaspar se dejó caer en el sofá, el abrigo medio colgado del hombro. Me crucé de brazos, mirándolo como si quisiera odiarlo. Pero la verdad era otra: estaba desaliñado, ebrio y, aun así, más vulnerable de lo que nunca lo había visto. —Eres un desastre —murmuré, quitándole el vaso vacío que aún llevaba en la mano. No respondió. Se limitó a cerrar los ojos, y en cuestión de minutos su respiración se volvió profunda. Dormía, con el ceño aún fruncido, como si incluso en sueños peleara con sus demonios. Me quedé de pie, mirándolo. Podía haberlo echado. Podía haberlo dejado tirado en el sofá. Pero no lo hice. Fui por una manta y se la puse encima, con movimientos lentos, como si me diera miedo despertarlo. Me incliné apenas, susurrando lo que jamás me atrevería a decir en voz alta si él estuviera despierto: —Lo peor es que yo tampoco tengo paz sin ti. Luego me retiré, dejando la habitación en penumbra, con él durmiendo en mi sofá y mi corazón más en guerra que nunca.
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