Capítulo 31

1517 Palabras
Punto de vista HELENA Las luces del hotel eran demasiado brillantes, como si intentaran ocultar el veneno que corría por esas paredes. Tomé aire antes de bajar del coche, el brazo de Iván firme sobre el mío, pesado como una cadena. —Sonríe —me murmuró al oído mientras avanzábamos hacia la entrada alfombrada—. Todos esperan vernos fuertes. Apreté la mandíbula, obligando a mis labios a curvarse en un gesto que no sentía. El flash de las cámaras me cegó unos segundos, acompañado de los murmullos de la prensa y de los invitados. —Ahí viene la hija del patriarca… —escuché a alguien cuchichear. —Con Iván, nada menos. Quizás aún haya esperanza para el Grupo… —añadió otra voz. Cada palabra me atravesaba como un cuchillo. Esperanza. Unidad. Fortaleza. Palabras huecas que lo único que hacían era recordarme la jaula en la que me habían encerrado. Iván saludaba con seguridad, estrechando manos, inclinando la cabeza con esa sonrisa impecable que tantas veces había sido su máscara. —Estamos aquí por el bien de todos —decía, como si ya representara nuestra voz en común. Yo seguía a su lado, sosteniendo la compostura, aunque por dentro quería arrancar mi brazo del suyo. Sentía la mirada de todos clavada en mí, analizando cada gesto, cada movimiento, buscando señales de debilidad. No lo tendrán, me repetí, alzando el mentón. Podían obligarme a posar, podían ponerme al lado de Iván, pero no me verían quebrarme. Mientras entrábamos al salón iluminado, una certeza me atravesó: esa noche no iba a ser una gala. Iba a ser una batalla. Y yo tenía que sobrevivirla. Punto de vista GASPAR El murmullo en la sala cambió apenas crucé la entrada. Lo había visto mil veces: ese instante en que la gente gira la cabeza porque sabe que entraste. No necesitaba el brillo de los flashes ni los apretones de mano para imponerme. Pero esta vez… no era solo yo. Adriana iba de mi brazo, impecable, envuelta en un vestido que parecía diseñado para resaltar su dulzura. Mosquita muerta, pensé, y aun así sabía exactamente lo que hacía: cada sonrisa suya estaba calculada para mostrar al mundo que podía calmarme, que era “la mujer indicada”. —Se te ve más sereno últimamente, Gaspar —murmuró, lo justo para que lo oyeran los que nos rodeaban—. Eso alegra a todos. Algunos invitados asintieron con sonrisas aprobatorias. Y yo apreté la mandíbula. No aparté la vista del salón. Sabía que ella estaba allí. La sentía antes de verla: Helena. Y entonces la encontré. Del otro lado, entre la multitud, avanzaba del brazo de Iván. Él parecía encantado, saludando, posando como si fuera el salvador del mundo. Y ella… ella mantenía el mentón alto, aunque sus ojos ardían como fuego contenido. La tensión me golpeó en el estómago. Quise apartar a Adriana de un empujón y cruzar el salón para arrancar a Helena de ese brazo. Pero no lo hice. No podía. No aquí. Así que me limité a seguir caminando, la espalda recta, el gesto frío, fingiendo que no me importaba. Pero mis manos se cerraron en puños dentro del bolsillo, porque cada paso que daba junto a Adriana era una mentira que me costaba más caro de lo que nadie en esa sala podría imaginar. Punto de vista HELENA El aire se me escapó del pecho cuando lo vi. Gaspar. Impecable, con el traje hecho a su medida, imponente como siempre… pero no estaba solo. Adriana colgaba de su brazo, con esa sonrisa dulce que solo servía para envenenar. Mis uñas se clavaron en la palma de mi mano dentro del bolso. ¿Era necesario? ¿Tenía que traerla justo aquí, como si con ella pudiera demostrar que estaba “en paz”? Iván aprovechó mi distracción y apretó un poco más mi brazo, inclinándose hacia mí. —Ignóralo —murmuró, demasiado cerca—. Esta noche somos nosotros quienes representamos la estabilidad. Lo odié. Odié su voz, su proximidad. Y odié aún más la calma con la que Gaspar me miraba desde el otro lado del salón, como si yo fuera la que estaba fuera de lugar. El murmullo de los invitados me envolvía: aprobaban a Adriana, aprobaban a Iván, y me convertían a mí en el eslabón débil. Tragué saliva. Levanté la barbilla y lo sostuve con la mirada. Si él pensaba que iba a verme quebrar, estaba equivocado. Pero por dentro, me ardía todo. Punto de vista GASPAR La vi al otro lado del salón y sentí que el aire me faltaba. Helena. Radiante, firme, con esa elegancia que ni la jaula de Iván podía apagar. Él se pegaba demasiado, sonriendo como si ya hubiera ganado, saludando a los invitados como si ella fuera suya. La imagen me revolvía el estómago. A mi lado, Adriana se aferraba a mi brazo con suavidad, midiendo cada gesto. Sabía exactamente lo que hacía: no era solo acompañarme, era posar. Mostrarle a todos que yo estaba “tranquilo”, “acompañado”, “bien”. —Qué bien se siente volver a estas galas contigo —susurró, con voz dulce, lo justo para que Helena pudiera escuchar. No era inocencia. Era veneno puro. Quería que Helena sintiera el golpe, que los demás vieran a Adriana como la mujer equilibrada que sabía manejarme. Yo mantuve la máscara, aunque por dentro maldecía cada segundo. Helena me sostenía la mirada. No se había quebrado, no había hecho un gesto de celos. Pero sabía que Adriana estaba preparando el terreno para que, al menor movimiento, el salón entero interpretara lo peor de ella. Me ardía la sangre. No podía hacer nada, no podía cruzar el salón y arrancarla del brazo de Iván. Así que me limité a clavar los ojos en ella, dejando que entendiera lo que no podía decirle: no es contra ti, es contra ellos. Punto de vista HELENA Lo sentí antes de escucharlo. Esa voz dulce, modulada, envenenada con delicadeza: —Qué bien se siente volver a estas galas contigo, Gaspar. Adriana. El golpe me atravesó como una lanza. No eran las palabras, era la forma en que las dijo, con el volumen justo para que llegaran hasta mí. Y lo peor: con esa sonrisa angelical que hacía parecer que era pura ternura. Apreté la copa entre los dedos con tanta fuerza que estuve a punto de romperla. Gaspar no dijo nada. No negó, no apartó a esa mujer de su lado. Solo se quedó allí, imponente, dejándome ver que ella lo acompañaba como si fuera la dueña de su lugar. Sentí la sangre hervir. Y antes de darme cuenta, mis labios se habían adelantado a mi juicio: —Curioso… —dije en voz lo bastante alta para que las miradas cercanas me escucharan—. Algunas personas siempre encuentran el modo de estar en la foto correcta. El murmullo fue inmediato. Adriana inclinó la cabeza, como una santa incomprendida. —No quise incomodar a nadie —respondió con voz suave—. Solo me alegra verlo tan tranquilo. Y entonces lo comprendí. Había caído en su juego. Porque a ojos de los demás, yo era la mujer que había perdido el control, la que hablaba con ironía, la que no sabía comportarse. Ella, en cambio, era la dulce compañía que “mejoraba” a Gaspar. Mi corazón me ardía en el pecho. No porque hubiera quedado mal frente a ellos… sino porque Gaspar no movió un solo músculo para defenderme. Y esa herida dolía más que cualquier trampa. Punto de vista GASPAR El murmullo de la sala no se había apagado cuando un periodista se adelantó con la pregunta que todos esperaban, disfrazada de cortesía: —Señorita de la Vega, señor Cebrián… ¿qué pueden decirnos sobre la estabilidad de esta nueva alianza? Vi cómo Helena se tensaba, el brillo de sus ojos luchando por no dejar escapar la rabia. Antes de que pudiera abrir la boca, Iván se inclinó hacia el micrófono con esa seguridad ensayada que siempre había sabido vender. —Estamos unidos en lo que importa —respondió, proyectando confianza—. La empresa puede contar con nosotros. Aplausos breves. Murmullos de aprobación. Y Helena, obligada a sonreír junto a él, como si aquel papel fuera suyo por derecho. Mi pecho se cerró de golpe. No vi a la mujer fría que fingían mostrar, vi a la mujer que quería gritar y no podía. La que, por salvar el legado de su padre, estaba dejando que todos creyeran que Iván era su sostén. Adriana apretó mi brazo con suavidad, susurrando: —Míralos… se ven sólidos juntos, ¿no crees? No respondí. Si lo hacía, habría destrozado esa sala entera. Apreté la mandíbula hasta dolerme. Mi corazón rugía, pero mis labios siguieron sellados. Porque lo sabía: si me levantaba ahora, si decía una sola palabra, todo el tablero se vendría abajo. Y mientras Iván posaba como el aliado perfecto, yo solo podía maldecir en silencio. No por los accionistas. No por la imagen. Por ella. Porque la veía atrapada y no podía salvarla.
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