Punto de vista de ISADORA Isadora cerró la puerta de su despacho con un gesto preciso, casi ceremonioso. No necesitaba testigos para pensar. El reflejo del ventanal le devolvió una imagen impecable: traje claro, postura recta, cabello perfectamente recogido. Nadie hubiera adivinado que, bajo esa superficie pulida, la maquinaria ya estaba en marcha. Helena. Pronunció su nombre en silencio, como si fuera una palabra extranjera que jamás había terminado de aprender. Había leído el informe dos veces. No porque no lo entendiera, sino porque necesitaba confirmar una certeza incómoda: su hija había dejado de ser predecible. Eso era peligroso. Durante años, Isadora había construido una narrativa sencilla: Helena era brillante, sí, pero moldeable. Ética, responsable, correcta. Justo el ti

