Punto de OCTAVIO Octavio llevaba más de veinte años confiando en una sola cosa: su instinto. Los números podían mentir. Las personas, también. Pero el cuerpo… el cuerpo siempre avisaba. Y esa mañana, mientras repasaba los informes con el café intacto a su lado, algo le tensó el estómago como una alarma antigua. Demasiadas correcciones. Demasiada pulcritud. Demasiada calma. Pasó la página despacio, como quien acaricia un arma antes de usarla. —Interesante… —murmuró. El informe estaba bien. Demasiado bien. No había errores evidentes, ni vacíos grotescos, ni chapuzas que delataran una maniobra torpe. Al contrario: era elegante. Preciso. Inteligente. Y eso era lo que lo inquietaba. Porque él no había diseñado esa jugada. Apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedo

