Punto de vista ALICIA El despacho olía a whisky y a pólvora contenida. Apenas crucé la puerta, mi padre levantó la vista de los papeles, sus ojos brillando con esa mezcla de cálculo y afecto impostado que tan bien dominaba. —Alicia, hija mía —dijo, invitándome a sentarme—. Sabes que confío en ti más que en nadie. Me acomodé con calma, dejando mi bolso sobre el regazo. —Últimamente hay movimientos extraños en el grupo de tu hermano —continuó, con un suspiro medido—. Y tú, que siempre estás cerca, quizá hayas notado algo. Lo observé con la misma serenidad que usaba de niña cuando me reprendía por cosas que no había hecho. —Yo solo cumplo mis funciones, padre. Sonrió, casi con ternura. —Lo sé, lo sé. Pero recuerda… nadie mejor que yo sabrá cuidarte. Ni siquiera tu hermano, con todos e

