Capitulo 3. El incordio sobre hielo

1501 Palabras
Narrador Omnisciente Han pasado los años. Los mellizos Scott y Adrien Powell han crecido. La extraña dinámica entre ellos no ha hecho más que acentuarse con el tiempo, transformándose en una comedia adolescente involuntaria. Cameron y Adrien son más que inseparables. Son un dúo perfectamente sincronizado: terminan las frases del otro, se entienden con una mirada y son las estrellas indiscutibles de las bromas de la escuela. Se les veía siempre juntos, riendo y causando estragos inofensivos. Mel, por otro lado, se mantiene deliberadamente al margen. Si ellos están en la cocina, ella está en la sala. Si ellos van al partido de fútbol, ella casualmente tiene un compromiso urgente para leer un libro. Su relación con Adrien sigue siendo la de odio fingido, un acto de hostilidad bien ensayado que solo convencía a los adultos despistados. Cameron, por supuesto, sigue creyendo que son puros celos de hermana, y a Mel eso le venía de maravilla. Por suerte para Mel, su universo se expandió con la llegada de Hanny. La hija del Dr. Bruno Cicarelli, el querido "Doctor Amore" y mejor amigo de sus hermanos mayores, era la persona perfecta para ella. Hanny era unos años mayor y, aunque Mel la había conocido hace nada, su amistad se había cimentado cuando todos supieron su verdad. Hanny había vivido prácticamente toda su vida en el hospital, donde la seriedad y el pragmatismo eran la norma. La frescura, la alegría y el particular sarcasmo de Mel la conmovieron. Se volvieron BFF. Eran la mezcla perfecta entre el Grinch y Cindy Lu. Estaban sentadas en la cama de Mel, revisando su tablet. —El día de hoy será súper importante —le cuenta Mel a Hanny, con un brillo inusual en los ojos. Hanny, con su serenidad característica y mirada analítica, dejó de mirar la pantalla. —¿Ah, sí? ¿Y eso? —Postularé al equipo de hockey sobre hielo —declaró Mel, con una firmeza que no permitía discusión. Hanny alzó una ceja, la única señal visible de su sorpresa. —¿Estás segura? Sabes que es un compromiso serio, Mel. —¡Claro! Me encanta ir a la pista y disfrutar del frío, de las navajillas cortando el hielo y de... —Mel se detuvo en seco. No podía decir la verdad. No podía confesar que su verdadero motivo, la guinda del pastel, era ver a ese chico, el incordio de Powell, que junto a su hermano ya estaban en el equipo masculino. Y quizás, solo quizás, compartir un mismo espacio sin que pareciera que lo estaba acechando. —¿De qué? —inquirió Hanny con dulzura. Mel se puso un poco tensa, sintiendo que Hanny había detectado la pausa. Hanny no era tonta y sabía que su amiga le escondía algo, pero esperaría pacientemente a que ella se lo dijera. Ese era su mayor atributo: la paciencia y la comprensión silenciosa. —Nada, ya vámonos —cortó Mel, poniéndose de pie de un salto—. Si llego tarde, la entrenadora pensará que no soy lo suficientemente seria. ¡Y necesito ese lugar! Hanny sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice. —De acuerdo. Vamos a conquistar ese hielo, Mel Scott. Pero me debes esa explicación, y lo sabes. Mientras salían de la casa, Mel se ajustó la mochila. La idea de estar en la pista, cerca de Cameron y del... incordio, hacía que su estómago se llenara de maripociélagos adolescentes. Tendría que redoblar su actuación de odio y desinterés para que nadie, y sobre todo Adrien, sospechara el verdadero motivo de su nueva y ardiente pasión por el hockey. La pista de hielo de la escuela era un mundo en sí mismo: frío, ruidoso y vibrante. El olor a hielo recién cortado y goma se pegaba a la ropa. Hanny y Mel llegaron al área de vestuarios. —Bien, esta es mi oportunidad —dijo Mel, atándose los cordones de sus patines con una concentración casi quirúrgica—. Lo necesito, Hanny. —Lo sé —respondió Hanny, tranquila. Sabía que su amiga necesitaba un espacio que fuera solo suyo, lejos de la sombra de su hermano (y, secretamente, del amigo de su hermano, Hanny no era tonta, pero sabía esperar). —Estaré en las gradas. No te caigas. —No lo haré —aseguró Mel. El equipo femenino ya estaba en el hielo. Mel se deslizó sobre la superficie con una gracia que ocultaba la fuerza de sus piernas. No solo era rápida, sino decidida. Durante la prueba, la entrenadora buscaba hambre y disciplina. Mel demostró ambas cosas. Patinaba con una intensidad que era, francamente, aterradora cuando se lo proponía. Tras cuarenta minutos de esprints y ejercicios con el puck, la entrenadora llamó a las aspirantes. Mel, sudorosa pero erguida, sintió una punzada de orgullo cuando la instructora asintió con la cabeza. —Scott. Tienes un lugar. Tu agresividad será un activo en la defensa. ¡Lo había conseguido! aunque no en el puesto que quería, pero lo había logrado. Mel sonrió por primera vez en todo el día, una sonrisa genuina. Se dirigió rápidamente al borde de la pista para descalzarse y encontrarse con Hanny. Justo en ese momento, la puerta que conectaba los vestuarios masculinos se abrió, y de ella salieron dos figuras perfectamente coordinadas, con los hombros anchos y las chaquetas del equipo de hockey masculino puestas. Cameron y Adrien. Mel sintió que la sonrisa se le congelaba. Los maripociélagos regresaron como una venganza. —¡Mel! ¡Eso fue genial! —exclamó Cameron, acercándose y despeinándole el pelo. —Te dije que la defensa era lo tuyo. ¿Ves? Lo dije. —Quítame las manos de encima, . Luego fijó su mirada en Adrien, que estaba apoyado en la barandilla con una sonrisa divertida. Llevaba su casco bajo el brazo, y el pelo castaño le caía sobre la frente. Era injustamente... atractivo. —Y tú —dijo Mel, apuntándole con el dedo, como si él fuera la encarnación de todos sus problemas—. No sé qué haces aquí. ¿No tienes un hoyo que cavar, Powell? Adrien se rió, y fue el peor tipo de risa: esa que hacía que Mel quisiera golpearlo y besarlo — Yo estaba en el centro de la pista, Mel. Me temo que tendremos que compartirlo. Felicidades, por cierto. Patinas bien, aunque... —¿Aunque qué? —lo desafió Mel. —Aunque pones la misma cara que cuando te toca limpiar el baño. Mucha concentración, cero alegría —se burló Adrien, pero había un destello de admiración genuina en sus ojos. —La alegría no gana partidos, Powell. La disciplina sí —replicó Mel, cruzándose de brazos—. Y no necesito tu aprobación. Vine aquí porque me gusta el hockey, no para... para... —No podía decir que vino para estar cerca de él. Cameron suspiró, volviendo a su papel de intérprete de su hermana. Se dirigió a Adrien con un guiño. —Ya ves, Adrien. Te lo dije. Celos. Puros celos de hermana. Ella cree que le estás quitando a su mejor amigo. No te preocupes, Mel, tú sigues siendo mi melliza favorita. Te prometo que te reservaré un espacio entre mis trofeos. —¡No estoy celosa de que tengas un amigo, Cameron! ¡Estoy... estoy preocupada por la salud mental de este pobre chico que te eligió! —Mel se giró hacia Adrien de nuevo, con el ceño fruncido—. Escúchame bien, Powell. Ahora que estamos en la misma pista, esto no significa que seamos amigos. Solo somos... compañeros de escuela y de deporte. Y te vigilaré. Si le haces daño a mi hermano, te juro que... Adrien se enderezó, ignorando a Cameron, y la interrumpió, dando un paso más cerca. —¿Me vigilarás? ¿Significa eso que al fin me mirarás más a menudo, Scott? Porque, francamente, me gusta cuando me miras. Incluso si es con esa cara de limón agrio. Mel se quedó sin habla. El contacto visual era demasiado intenso. Hanny, que se había acercado, no pudo evitar sonreír en silencio, disfrutando del espectáculo. Definitivamente, a Mel le gusta el incordio, pensó. —¡Me voy! —dijo Mel, roja hasta las orejas, incapaz de mantener su postura. Agarró su mochila y se dirigió a Hanny. —. Hanny, vámonos. Hay demasiada... testosterona innecesaria en este lugar. Cameron se encogió de hombros, riéndose de la retirada de su hermana. —Ya ves, siempre igual. Adrien observó a Mel irse. Luego se giró hacia Cameron con una sonrisa astuta. —¿Celos de hermana, dices? Yo no estaría tan seguro, Cam. Mel, por su parte, salió de la pista con Hanny, sintiendo el calor en su rostro. Lo había logrado. Estaba en el equipo. Y ahora, por el resto del año escolar, tendría que lidiar con el incordio de Powell, que ahora era su compañero de pista. Su plan de no contacto acababa de volar por los aires. Y extrañamente, esa idea le revolvía los maripociélagos de la forma más deliciosa.
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