Narrador Omnisciente
Donde todo comenzo...
El primer día de clases de los mellizos Scott sería, como debería ser, un hecho que debe estar en rojo en los calendarios de Nueva York, no, mejor del país, no, del mundo y guardarse en los anales de la historia como "El día".
La familia está vuelta loca en la casa de los Hamptons para este magno evento y eso empezó a las 6 de la mañana.
Mel, como la más seria y Grinch de los mellizos, ya se ha levantado y sin ayuda. En cambio, Cameron, el más desordenado, aún duerme a pata suelta y soñando con unicornios.
La llamada de su mamá, hace que los niños comiencen a correr en sus habitaciones y en un dos por tres ya están en la mesa del comedor.
Y junto a ellos están todos. El abuelo Soré, Ethan, Val con su pequeña Sophia, Thomas, el pequeño Elliot y sus padres. Solo hay una silla vacía y eso a Mel le duele. Extraña a su hermana Alma más que ninguno de los que está ahí, pero eso no se lo dirá a nadie.
El desayuno era el momento de conversación y buenas nuevas. Su abuelo Agustín mira todo feliz al sentirse parte de esta familia. Ethan y Val les cuentan del hospital y de todas las locuras que hace Sophia por querer ser mayor e ir con ellos a la escuela. Thomas habla de su último año y de como va la rehabilitación de sus piernas y Adam junto a Blue hablan de tribunales.
Y eso era otra cosa que ya le importaba a Mel: ¿Qué iba a ser cuando grande? Amaba a sus hermanos mayores, pero médico no, guácala. Amaba a Alma, pero actriz, ni loca. Y ahí venía su ejemplo a seguir, Thomas. Su hermano, que había vuelto de las cenizas. Se había transformado, sin quererlo, en su ejemplo a seguir.
—Algún día seré abogada como tú—había dicho bajito—. Te amo, hermano.
—Niños, ¿Están listos? —les preguntó su mamá y ambos asintieron.
Su nanita Rosa les había hecho una rica merienda, que Mel llevaba en su lonchera de Mérida y Cam en la de Spiderman.
Cuando llegaron a la escuela Dalton Upper Side, lugar en que habían estudiado todos sus hermanos, salvo Val, el corazón de Mel se sacudió. Era la primera vez que estaría separada de Cameron, porque aunque los adelantaron dos grados, la condición que pidió la escuela fue clara: ellos no podían estar juntos en el mismo salón.
Llegaron al hermoso edificio. Cameron ya estaba abajo de la mano de su padre y Mel, bueno, ella se tomaba su tiempo.
—Lista, mi amor.
—Sí, mami.
La hermosa familia se presentó en la oficina de la directora. Una que ambos padres conocían muy bien.
Entre conversaciones de adultos, Mel miró hacia la ventana y, de pronto, los ojos de alguien se clavaron en los suyos. Su corazón latió como loco y se llevó su manita al pecho. Desvió la mirada y puso atención.
Cinco minutos después, aparecieron las profesoras y se llevaron a los hermanos.
Cam, como siempre, ya se había conquistado a la maestra, y Mel con su cara de limón agrio no la había tomado en cuenta.
Una mañana normal, hasta que salieron al patio.
Ahí fue cuando a Mel, por primera vez, su mundo giró y sintió algo así como los maripociélagos de los que tanto hablaba su hermano Ethan. Junto a su hermano había un niño, uno que la miraba sonrojado.
—Mira Mel, te presento a mi nuevo amigo. Adrien Powell.
Mel se quedó de piedra. El mismo niño que había visto por la ventana, con esos ojos clavados en los suyos, ahora estaba de pie junto a su hermano. Y la miraba, sí, la miraba, con un sonrojo que le subía por las mejillas y le hacía juego con el rojo vivo de su camiseta. Los "maripociélagos" de Ethan se le revolvieron en el estómago, un revuelo inusual y totalmente indeseado.
—¿Adrien Powell? —preguntó Mel, con el ceño fruncido, intentando poner su mejor cara de Grinch. La verdad era que el nombre le sonaba como a personaje de cuento, demasiado perfecto—. ¿Y quién es este? ¿Lo recogiste de la calle, Cameron?
Cameron, ajeno al torbellino interno de su hermana, soltó una risita.
—¡Mel! No seas grosera. Adrien es nuevo en la clase, igual que nosotros ¿verdad, Adrien? Y es súper bueno en matemáticas. ¡Ah y le gané en un juego!
Adrien, que seguía sonrojado, bajó un poco la mirada antes de sonreír tímidamente a Mel.
—Hola. Encantado de conocerte, Mel. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.
Mel sintió un pinchazo. ¿Cameron había hablado de ella? ¿Para bien o para mal? Decidió la segunda opción.
—Claro, como no. Seguramente le has contado que soy la que te hace la tarea cuando se te olvida. No le creas nada, Adrien. Mi hermano es un desastre andante y siempre anda metiéndose en líos.
Cameron la miró ofendido. —¡Mel! ¡Eso no es cierto! Y no le cuentes mis secretos a mi amigo.
—¿Secretos? ¿Ahora tienes secretos con este…? —Mel gesticuló hacia Adrien con la barbilla, como si la mera presencia del niño la exasperara. Ignoró el calor que le subía por las orejas.
Adrien se rió, y fue una risa suave y agradable que hizo que a Mel se le pararan un momento los maripociélagos.
—No te preocupes, Mel. Cameron es muy divertido. Me estaba contando sobre sus mascotas... y sí, que eres muy inteligente.
Mel se atragantó con su propia saliva. ¿Inteligente? ¿Él había dicho eso? Se enderezó, intentando mantener la compostura.
—Sí, claro, inteligente. Más que él, eso seguro. Y mira, Adrien, si vas a ser amigo de mi hermano, te advierto que él es un imán para los problemas. Yo que tú, me buscaría otro amigo. Uno más... tranquilo.
Cameron puso los ojos en blanco.
—¡Mel, ya! Estás celosa porque tengo un amigo nuevo. ¡Siempre haces lo mismo!
Mel abrió los ojos de par en par, indignada.
—¿Celosa? ¿Yo? ¿De ti y este...? ¡Por favor, Cameron! No me hagas reír. Lo único que me preocupa es que te meta en problemas. Él parece... demasiado bueno para ser verdad. Seguro que oculta algo.
Adrien alzó una ceja, una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
—No oculto nada, Mel. Solo soy... Adrien. Y me gusta tu hermano.
La forma en que lo dijo, tan simple y directo, hizo que el corazón de Mel diera un vuelco incómodo. Se cruzó de brazos.
—Pues a mí no me gustas. Nada. Ni un poquito. Y no me fiaría de alguien que sonríe tanto. Es sospechoso.
Cameron, acostumbrado a las rarezas de su hermana, solo suspiró y se encogió de hombros hacia Adrien, como pidiendo disculpas silenciosas. La campana sonó, indicando el fin del recreo.
Mientras caminaban de regreso al aula, Mel se aseguró de ir unos pasos por delante, lanzando miradas furtivas por encima del hombro. Adrien y Cameron charlaban animadamente detrás de ella. Y cada vez que Adrien se reía, un extraño hormigueo recorría a Mel.
Más tarde, en el comedor, Mel se sentó en una de las tantas mesa, sacando su lonchera de Mérida. Cameron se acercó con Adrien.
—Mel, ¿te importa si Adrien se sienta con nosotros? No conoce a nadie más.
Mel miró a Adrien, que tenía una bandeja llena de comida de aspecto inofensivo y una sonrisa que Mel se negaba a admitir que era encantadora.
—¿Sentarse? ¿Aquí? ¿Con nosotros, los Scott? No sé si nuestro nivel de... animosidad sea apto para la gente que sonríe todo el tiempo. Además, este asiento está reservado para... eh... para mi sombra. Sí, mi sombra es muy exigente.
Cameron resopló y empujó la silla al lado de Mel.
—¡Ay, Mel, no seas dramática! Siempre dices eso. Siéntate, Adrien.
Adrien, con una paciencia sorprendente, se sentó al lado de Mel. El codo de ella apenas rozaba el suyo. Un escalofrío le recorrió el brazo.
—Gracias, Cameron —dijo Adrien, luego se giró ligeramente hacia Mel—. No te preocupes, Mel. No te molestaré. Me conformo con estar cerca de la "sombra exigente".
Mel se sonrojó furiosamente, intentando ocultarlo mordiendo un trozo de manzana con demasiada fuerza. Este chico era... diferente. Y molesto. Muy molesto. Pero no de la forma en que Cam era molesto. Era... otro tipo de molestia. Una que la hacía sentir extraña y un poco nerviosa.
"Maripociélagos", murmuró para sí misma. "Definitivamente son maripociélagos." Pero no se lo diría a nadie. Y mucho menos a Adrien Powell. `