AQUEL DÍA TODOS LUCÍAN amigables, pero no de la misma forma espontánea y sencilla como lo hacían en el curso; Agustina había llegado con dos amigas más, todas de cuerpo esbelto y hermosas. Desde un poco más de las nueve, Israel y Francisco empezaron a fumar eso que llaman marihuana, y que yo jamás había probado; y en parte me incomodaba, pero traté de lidiar con ello. El mayordomo de aquella casa estaba preparando una parrilla, y lucía la persona más seria de aquella reunión, quien me revelaría oscuros secretos sobre aquel grupo de amigos que perturbó mi mente de manera extraordinaria. Me acerqué a él para entablar conversación, me pidió un cigarro de los que yo tenía, y se sentó a fumarse un cigarrillo. A mí todavía me intrigaba conocer sobre con quién andaba, de quién eran hijos, y a qué

