La cita con Alessandro fue confirmada sin preámbulos. No hubo mensaje previo, ni petición especial. Solo la hora, el lugar y el pago por adelantado. Como si ya no necesitáramos hablar. Como si nos conociéramos lo suficiente como para saber que el silencio también podía ser una orden. Lo esperé en la suite con la luz tenue de las lámparas encendidas, la piel perfumada con almizcle suave y el vestido n***o ajustado, sin ropa interior. Cuando entró, su mirada fue más lenta que de costumbre. Me recorrió como si adivinara que había algo distinto en mí. Y lo había. No estaba del todo presente. Pero mi cuerpo respondió como si sí lo estuviera. Siempre lo hace. Es mi herramienta, mi refugio, mi jaula. —Te ves distraída —dijo, soltando su abrigo con descuido sobre el sillón. —Estoy aquí, Aless

