Intenté tomar distancia. De los tres. Luca, Matteo, Alessandro. Cada uno con su veneno. Cada uno con su propio espejo en el que no quería mirarme. Me zambullí de nuevo en el mar de clientes esporádicos, cuerpos intercambiables, hombres que pagan por una fantasía bien ensayada. No había preguntas, no había demandas. Solo piel, sudor, una transacción donde el alma quedaba fuera de la habitación. Pero algo en mí ya no era el mismo. Durante una de esos encuentros, después del sexo, el cliente se inclinó para besarme. Me quedé quieta. Dejé que lo hiciera. Sus labios buscaron ternura donde yo ya había plantado frialdad. Cerré los ojos y conté hasta diez, deseando que terminara rápido. El beso no sabía a nada. Y eso, de alguna forma, fue peor que el asco. Al volver a casa, encontré una caja

