Me encontré con Antonio en su auto. La cara con la que me recibió hizo que pasara a segundo plano todo lo que me había pasado con Guilles, el francés, hace un momento. —¿Pasó algo? —pregunté viéndolo tan fuera de si. Sus facciones estaban tensas, sus ojos profundos y vacilantes. Me miró fijamente por unos largos segundos, como si mentalmente tratase de decirme lo que sucedía. Finalmente tomó aire, resopló y poniendo ambas manos en el volante, sacudió su cabeza un poco. —Nada, no te voy a llenar de estrés. Estaré bien, todo volverá a ser como al principio —él mismo comenzó a alentarse—. No es un asunto tan grave. Mejor vamos a casa. Presionó el botón del reproductor del auto para dejar sonar un rock pop de los 2000. Por otro lado, su conducta me dejó llena de confusión, pero como no

