—Señores, buenos días —entré con toda mi decisión y arrogancia características de cuanto estoy molesta, me dirigí a mi asiento y coloqué mi bolso en la silla vacía de mi derecha; ellos al verme entrar se pusieron de pie, podían ser unos hijos de puta pero siempre eran unos caballeros. No hubo mayor gesto de mi parte y tomé asiento, acción que ellos secundaron. —Y bien, ¿alguien tendrá la amabilidad de explicar el motivo de esta presurosa e innecesaria reunión? Los miraba serena, imperturbable y eso los intimidó un poco, o eso quiero creer. Eran tres hombres ya de edad considerable, rondarían los 60 años, pero eran hombres de negocios, sabían manejarse muy bien, yo solo era una mujer consentida que fue la niña de los ojos de su abuelo y por esa sencilla razón hoy estaba aquí sentada fren

