C2

3034 Palabras
Tres días antes* DÍA 1. Hijos, hermanos, padres, tíos, abuelos; cualquiera podría acabar herido o muerto en esta batalla. En mi caso, mi única preocupación era mi padre, mi novio y mis amigos. El círculo que me rodeaba era diminuto pero no por eso sería menos doloroso si alguno de ellos me fuera arrebatado. Me había preguntado muchas veces si me encontraba rodeada de minas; no sabía si tenía buena suerte porque aún no me había parado sobre una o mala porque muchas de las personas a quien amaba sí lo habían hecho. Comencemos por mis abuelos. Ellos fallecieron cuando era pequeña, por lo cual no tuve la oportunidad de crear demasiados recuerdos con ellos. Sus paseos clandestinos a la heladería por las noches era algo que jamás olvidaría. Mi madre solía decirles que el azúcar por la noche me volvería más hiperactiva de lo que ya era; debió de ser una pesadilla para ella que yo no durmiera hasta tardes horas. Ella era la siguiente. Aún recordaba el tacto y la calidez de su mano en mi mejilla cuando me despertaba. Ella se veía y se comportaba como un verdadero ángel; sin duda alguna, había sido demasiado para este mundo y por ello se había marchado tan joven. Incluso luego de ocho años, se me viene una sensación agridulce al recordarla. El dolor no cesó, sólo está oculto en alguna parte de mí y pagaría lo que fuera con tal de darle un último abrazo. Un nudo se me forma en la garganta, pero lo reprimo para continuar con la lista. Katie. Desaparecida hace cuatro años atrás. Nadie sabe qué sucedió con ella, pero la sospecha siempre recae en los mismos. Nos habíamos vuelto buenas amigas desde que la había defendido de unos bravucones en la sede educativa cuando éramos adolescentes. La sede de entrenamientos en la que me encontraba ahora era donde pasaba la mayor parte de mi tiempo; aquí era donde nos capacitaban y mantenían al tanto de nuestras misiones. Asimismo, también nos iban informando las atrocidades cometidas por el grupo JBG. KEK la dio por asesinada por los enemigos al no dar con rastros de ella en el mes de búsqueda. Mitch Bay. Cuando mi madre falleció, fue él quien ayudó a mi padre a sobrellevar la situación y a continuar con mis entrenamientos. Él siempre me había cuidado y tratado como si fuera su propia hija; si debía regañarme, lo hacía, y si debía llorar en su pecho, me lo permitía. Gracias a él y a mi padre era la luchadora que era hoy. No me consideraba la mejor, pero había partido algunos rostros de los cuales me enorgullecía. Mitch fue secuestrado y asesinado por el clan JBG dos años atrás. No sé cómo, pero mi padre siempre era capaz de llevar su cabeza en alto y continuar con la vida como si nada hubiese sucedido. Por supuesto sabía que todos sus sentimientos estaban reprimidos, y esos junto a los provocados por su ausente familia. Sólo conocía a sus padres y a su hermano por las fotografías, pero jamás los había conocido personalmente. Cerré mis ojos y llené mis pulmones de aire. En cuatro días debía enlistarme en una peligrosa misión y esperaba no pisar alguna de esas minas. No importaba cuán fuerte mi padre demostrara ser, sabía que no soportaría mi muerte. —Val, ¿qué haces aquí fuera? —Yuna se apareció a mi lado —. Está por llover en cualquier momento —posó su mirada en el cielo gris que aún se podía divisar por más que fuera de noche. Yuna y yo llevábamos siendo amigas desde la muerte de mi madre. Ella jamás había querido que yo me uniera al grupo KEK. Decía que mi vida correría peligro y que no estaba preparada para llorar mi muerte. Yo tampoco lo había estado para llorar la suya. Mi padre lideraba el grupo junto a Irene, su mano derecha, y no podía no formar parte de esto. Sabía que era algo importante para él. Tenía el entrenamiento necesario para integrarlo y cabía la gran posibilidad de que me tocara hacerme cargo de todo esto algún día. Tomar esa decisión había sido lo mejor que había hecho; no sólo me había llevado a conocer a mi novio y a mis amigos, sino que la relación entre Irene y mi padre ahora se encontraba pendiendo de un hilo, por alguna razón. —La hora de la nostalgia —respondí y volteé a verla. Ella me comprendía mejor que nadie; poco tiempo después de perder a mi madre, ella también perdió a la suya. Su padre, Reece Turner, tenía un cargo importante dentro de KEK. Yuna posó su mano en mi cintura y me acercó a ella. —Estaremos bien, ya verás —sus rasgos asiáticos habían sido una burla constante durante sus años de preparatoria. Si supieran que ahora era una de las más deseadas dentro de la sede... —. Nos protegeremos la una a la otra. Sonreí y apoyé mi cabeza en su hombro. Afortunadamente, nos tocaba partir juntas. Tanto ella como Anya, nuestra otra mejor amiga en este triángulo amoroso, habían estado a mi lado en mis momentos más difíciles. De no haber sido por ellas, mis lágrimas no habrían sido más que un mar salado lleno de dolor y tristeza, pero le habían agregado ese toque de ánimo entre bromas y risas. —Irene está esperándote en su despacho. —Bufé. Oír de ella sólo me recordaba lo cerca que estaba de marcharme a mi misión, lo cual significaba estar alejada de mis allegados por tiempo indefinido —. Ve antes de que el gato se convierta en tigre. —Reí ante su comentario —. Con suerte, podemos ir al bar antes de que cierto alguien te robe. Sonreí y me marché antes de que su ataque de celos se volviera crónico. Caminé a paso apresurado hacia su despacho y distinguí sus voces con claridad. Me acerqué a la puerta y la golpeé con mis nudillos. Rápidamente, el silencio se hizo presente e Irene apareció frente a mí al abrirla. Llevaba una forzada sonrisa en su rostro y Reece, el padre de Yuna, apareció a su lado. Sabía que ser la mano derecha de mi padre no era trabajo fácil y podía confirmarlo. Irene cargaba con muchas más responsabilidades que yo, y aún así yo también a veces me encontraba desbordada. El padre de Yuna y ella estaban trabajando en los últimos detalles de la misión y era normal que ahora comenzaran los desacuerdos, y así también las discusiones. —Déjame saber tu decisión —Reece bajó su cabeza hacia mí en forma de despedida y Irene me invitó a adentrarme. —Cuando se trata de su hija, quiere que corra el menor riesgo posible —tomó asiento en su silla, exhausta. —Y supongo que ese "menor riesgo posible" significa que no vaya a la misión. —Sonrió, confirmando lo que acababa de decir. Luego de haber perdido a su esposa, Yuna era todo lo que le quedaba y es por eso que a veces llegaba a ser demasiado sobreprotector con ella —. ¿Para qué me necesitabas? —pregunté. Ella saltó de su asiento como si hubiese sido despedida por un trampolín. Cogió una carpeta de uno de los estantes y un plano —, Necesito asegurarme que has comprendido todo al pie de la letra. No quiero dar lugar a ningún tipo de error. —Asentí y ella clavó sus penetrantes ojos verdes sobre mí —. ¿Te sientes preparada? No había preparación que me quitara los nervios y la incertidumbre. Era en momentos como éste en los que me cuestionaba si debería de haber seguido los consejos de mi madre y no haberme unido a la corporación. Sin embargo, aquellas dudas desaparecían cuando pensaba en Mitch y en Katie; sus muertes debían ser vengadas. Nadie más debía ser asesinado por ambiciones absurdas decididas por un ser demente como su líder. —Preparada para lo que sea —respondí, segura. Contaba con la seguridad encubierta que nos otorgaba Irene. Si seguíamos el plan con detenimiento y no había ningún imprevisto, no había razón para que las cosas salieran mal. Entre preguntas, dudas y decisiones finales, se nos había hecho más tarde de lo esperado, pero aquello no me importaba en lo absoluto. Debía tener todo claro si no quería que alguna de las cabezas que rodara fuera la mía. Me salí de su despacho algo abrumada de tanta información y ansiosa porque pronto aquel plan en el que habíamos estado trabajando por semanas cobraría vida. Sólo esperaba que no se cobrara la mía y la de Yuna. —Al fin te encuentro —sus manos rodearon mi cintura por detrás y besó mi mejilla. No pude evitar sonreír al sentir su inigualable perfume varonil y volteé para quedar a centímetros de su rostro —. ¿Dónde estabas? Te estaba buscando —debía admitir que no me agradaba el cabello largo en los hombres, pero en él lucía espectacular, en especial porque tenía mejor cabello que cualquier mujer; sedoso y brilloso. —Estaba con Irene viendo los últimos detalles de la misión. —Posó su mano en mi mejilla y me dio una descarada sonrisa. j***r, es que lo conocía tan bien que hasta incluso sabía qué era lo que estaba a punto de decir: "¿Qué tal si vamos a tu habitación y... —...disfrutamos de uno de nuestros últimos días juntos? —susurró en mi oído. Su aliento en mi oreja era suficiente como para erizarme la piel y aceptar su propuesta sin siquiera pensarlo —Prometo que será tan inolvidable como para saciar todos los días que nos toque estar separados y... —Valdine —la voz de mi padre provocó que Jayce se apartara de mí e intenté contener mi risa. Mi novio le temía a mi padre, y mi padre lo detestaba. La única razón por la cual me llamaba por mi nombre completo -todos aquí me decían Val, corto y fácil- era cuando estaba enfadado o cuando me veía con Jayce, lo cual también lo hacía enfadar. Volteé a verlo y cargaba con aquella seriedad que provocaba que cualquiera -menos yo- se meara en los pantalones. Siempre decía que su mirada aterradora no sería nada si no tuviera aquellos intensos ojos celestes que yo no había heredado. Tampoco había heredado los ojos avellana de mi madre; me había unido al cincuenta y cinco por ciento de la población con ojos marrones. —Buenas noches, señor Jensen —lo saludó Jayce. Mi padre nunca le había dado permiso para que lo llamara por su nombre: Rufus. Por dios, pobre Jayce por todas las cosas que debía tolerar al estar conmigo. Mi padre lo ignoró y dirigió su vista hacia mí. —Necesito hablar contigo. —El moreno ya estaba dispuesto a salir corriendo, pero cogí su mano antes de que lo hiciera. —Te veo mañana —me acerqué a sus labios y los besé. Mi novio permanecía inmóvil, queriendo que la tierra lo tragara antes de que mi padre lo asesinara. —Adiós, señor Jensen —se despidió tan pronto me aparté de él y se marchó. —¿Por qué tienes que ser tan rudo con él? —Mi padre rodó los ojos. Una parte de mí sólo quería echarse a reír y la otra quería hacerlo recapacitar sobre su odio infinito. Muy pronto cumpliríamos dos años de novios y él aún no podía llamar a mi padre por su nombre. Tampoco había sido invitado a cenar a su casa, y ni siquiera le había sido donada una simple sonrisa de mi padre. —Porque es un idiota —respondió —. Eres demasiado para él —comenzó a caminar y yo seguí su paso. —Lamento informarte que tendrás que aceptarlo algún día. —Él volvió a rodar sus ojos y no pude evitar reír ante su actitud infantil. Tendría que estar discutiendo con él por no querer incluirlo ni recibirlo, pero a una parte de mí aún le agradaba que se siguiera preocupando por mí —. ¿Qué querías decirme? Mi padre demostraba ser una piedra ante todos -sabía que eso también correspondía a su perfil como líder del grupo KEK- pero conmigo era la persona más dulce del mundo. A veces me enfadaba que la gente no pudiera ver ese lado también y que lo calificaran de gruñón. —¿Has visto a los padres de Broc recientemente? —Fruncí mi ceño. Él había sido mi primer novio a los dieciséis años y rompió conmigo una semana después porque, cómo no, también le temía a mi padre a pesar de que nuestros padres hubiesen sido amigos. Desde entonces, hemos sido tan inseparables como un móvil y su cargador. Lo nuestro fue un amor de adolescentes que estaba destinado al fracaso; el lazo de mejores amigos nos sentaba mucho mejor. —Hace algunos días no sé nada de ellos —respondí. Sus padres también trabajaban para KEK. Sin embargo, no pasaban sus días en la central por la hermana pequeña de Broc. Por el momento, preferían que tuviera una vida tan normal como le sea posible —. ¿Necesitas que hable con él? —Mi padre negó. —No es nada con urgencia —detuvo su paso y cogió mi rostro entre sus manos con ternura —. Eres muy sabia y sé que sabrás tomar las decisiones correctas en tu vida —sabía que esto venía por Jayce y la misión. Por poco que lo admitiera, sabía que lo acojonaba la idea de exponerme a algo tan grande e importante. Por otro lado, era una indirecta para que dejara a mi novio. —Claro que lo soy —sonrió. —Mañana me ausentaré. Debo encargarme de unos papeles y trabajos. Ya le he dejado a Irene informado que ambas quedan a cargo de todo lo que suceda. —Asentí. Rogaba para que mañana ella tuviera un día bueno. Cuando se le iba la olla, estar cerca no era una buena idea. Últimamente, todo parecía estar molestándola y eso me ponía de los nervios. —¿Tendremos una despedida formal antes de irme? —La seriedad regresó a su rostro. Sabía perfectamente cuál era su respuesta. —Sabes que no me gustan las despedidas —Me acerqué a él y lo abracé. Su perfume invadió mis fosas nasales y deseaba poder recordarlo hasta que regresara. Él posó un beso en mi cabeza y sonreí. —A mí tampoco —musité —. ¿Prometes llamarme cuando tengas tiempo libre? —le pregunté al apartarme. —Sabes que lo haré, cariño —besó mi frente y lo observé desaparecer en el pasillo. Regresé a mi habitación, ya que casi era media noche, y caí pesadamente sobre mi cama. —Desearía poder leer tu mente ahora mismo —Anya se acercó a mí y tomó asiento a mi lado —. ¿Problemas en el paraíso? —sus grandes ojos marrones se encontraban posados sobre mí, expectantes a una respuesta. —No, pero mañana me espera un día agotador —emití —. Mi padre no estará aquí, por lo que Irene y yo estaremos a cargo de todo —Ella se recostó a mi lado. Anya desprendía una vibra tan buena que me tomaba sólo dos minutos estar con ella y sentirme relajada. Por supuesto, lo que tenía de alegre lo tenía de bonita. Era de aquellas bellezas exóticas, admiradas y deseadas por pocos. Mal por ellos que no sabían apreciarla y bien por ella porque se evitaría gran cantidad de idiotas que sólo la querrían para fines poco agradables. —Mi madre dice que te espera con tu plato favorito. —Una gran sonrisa se formó en mi rostro. Su familia era como la mía. Yuna y Anya se aparecieron en mi vida casi al mismo tiempo. Poco después de conocerla, me presentó a su familia y todos se comportaron de maravilla conmigo. Solían tener una cena obligatoria los fines de semana en la cual asistían todos los miembros; los padres de Anya, mi amiga, sus dos hermanos mayores y yo, la nueva adición. Al principio creí que su madre sentía lástima y algo de empatía por lo que había sucedido con la mía, pero luego noté de quién había sacado Anya su amabilidad. Ni lástima ni nada; es que aquella familia sólo estaba llena de amor y generosidad. —Será mi motivo para regresar con vida. —Ella me empujó suavemente y me dio una mirada triste —. Ya, que estaré bien. —Se acercó a mí y me abrazó. Anya nunca me daba motivos para enfadarme con ella, pero sabía que tampoco sería capaz de hacerlo. —La próxima misión me toca a mí —me recordó. Con algo de suerte, si la mía marchaba bien, puede que la viera antes de marcharse. Distintos grupos de personas habían sido designados para a****r al grupo JBG. Sin importar cuánto supiera por mi padre y por la ayuda que le brindaba a Irene, sólo sabía el orden de nuestras misiones. No sabía qué es lo que se haría en cada una o cómo se los atacaría. Sólo sabía cuándo se suponía que debíamos despedirnos de nuestros amigos o familiares. —La noche anterior a mi partida iremos a un bar. —Una sonrisa se asomó en su rostro. —Ya me estaba siendo necesario —bufó y volvió a caer a mi lado —. Creo que alguien ha estado espiándome en las regaderas. —Fruncí mi ceño. Vaya, eso sí era nuevo. Siempre se montaba seguridad cuando había alguien allí, por lo cual me parecía extraño —. A poco fue la presencia de un fantasma —le quitó seriedad al asunto y me eché a reír. —Pues, preferible eso. Les temo más a los humanos que a los espíritus. —Se puso de pie y se volteó hacia mí. —Duerme, mañana te espera un largo día —me dio una sonrisa antes de regresar a su cama y descomprimí mis pulmones
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR