Damian se movió ligeramente para entrelazar su mano con la de Ariana y, con una sonrisa arrogante, dijo:
—Las decisiones de mi padre nunca han sido equivocadas. Es gracias a él que tengo una esposa tan gentil, amable y virtuosa. La apreciaré como se merece y jamás lo decepcionaré.
Aunque nadie sabía si hablaba en serio, sus palabras enfurecieron a todos los presentes, excepto al señor Blackwood.
La señora Blackwood, en particular, estaba visiblemente molesta.
—Damian, no es que no quiera que ustedes dos se lleven bien, pero todos saben lo que ocurrió entre tú y esa chica, Victoria. La has arruinado. Y ahora, de repente, te muestras tan cariñoso con tu esposa… ¿significa eso que no vas a responder ante esa chica? ¿O ante la familia Laurent?
La señora Blackwood refunfuñó para sus adentros. ¿Quién había dicho que los hijos cuidarían de sus madres? ¡Qué absurdo!
Su propio hijo no se preocupaba por ella en lo más mínimo. Si así fuera, no estaría siendo tan considerado con la nieta de su enemiga. Aquello solo le retorcía más el corazón.
Yasmine abrió la boca, pero al final no se atrevió a decir nada.
En cambio, Yvonne Collins, como nuera, se sentía con más confianza. No iba a desaprovechar la oportunidad de ganarse el favor de la anciana.
—Madre tiene razón. Damian, como presidente de Empire Enterprise, eres la imagen de la familia Blackwood. Debes ser cuidadoso con tus acciones. Aunque la familia Laurent no pueda compararse con nosotros, sigue siendo una de las familias importantes de Haverton. Si actúas de forma tan irresponsable con su hija, no se lo tomarán a la ligera.
Ariana comprendió perfectamente las intenciones de ambas mujeres.
No buscaban más que unir a Damian con Victoria, mientras la dejaban a ella de lado.
Con total calma, tomó un trozo de dulce del cuenco sobre la mesa y se lo llevó a la boca, preparándose para disfrutar del espectáculo.
Su actitud indiferente irritó a Damian, aunque no dijo nada al respecto.
En su lugar, se volvió hacia Yvonne y respondió con frialdad:
—Creo que tu preocupación es innecesaria, Yvonne. Es solo la familia Laurent. Si quisiera provocar el colapso de su empresa, no podrían sostenerse ni un día más.
Nunca le había importado la opinión de los demás a gran escala, y mucho menos dentro de Haverton.
Michelle Johnson, la esposa de su hermano mayor, soltó una risa ligera.
—Puedes decir eso, pero fuiste tú quien la decepcionó. Esto afecta la reputación de ambos.
Damian dirigió hacia ella una mirada helada.
—¿Insinúas que tengo fama de ser infiel y que Victoria Laurent tiene fama de entrometerse en matrimonios ajenos?
—Damian, te equivocas —intervino Ariana con una sonrisa brillante—. Lo que intentan decir es que deberías divorciarte de mí y casarte con la señorita Laurent… así todos tendrían su final feliz.
Sonriendo, tomó otro trozo de dulce y, sin previo aviso, se lo llevó a la boca de Damian.
Damian le devolvió la sonrisa.
—Entonces están pensando demasiado. Tú y yo estaremos casados… hasta que la muerte nos separe.
Su voz era tranquila y su expresión, juguetona, pero en el fondo de sus ojos había una seriedad que nadie más parecía notar.
—¡Bien, bien! ¡Ese es mi hijo! Damian, recuerda siempre lo que acabas de decir.
El señor Blackwood golpeó la mesa con la mano y soltó una carcajada. Sabía que a ningún hombre le desagradaba una chica hermosa con una personalidad tan única como la de Ariana Valmont. Efectivamente, incluso su cuarto hijo, siempre tan frío con las mujeres, parecía haberse sentido atraído por ella. Mientras la joven pareja se llevara bien, la carga que pesaba sobre su corazón podría aligerarse.
—Señor Blackwood, señora Blackwood, el señor James y la señorita Austin han llegado.
Cuando el mayordomo anunció su llegada, una atractiva pareja cruzó la puerta.
El hombre vestía de manera informal, con ropa blanca. Su cabello, que normalmente caía con naturalidad, estaba peinado hacia atrás. Tenía un rostro atractivo y una complexión atlética. Era uno de esos hombres guapos difíciles de encontrar.
Se trataba del único nieto de la familia Blackwood en ese momento: James Blackwood.
La mujer que estaba a su lado, con un vestido largo rosa, maquillaje impecable y joyas costosas adornando su cuello y sus manos, era Sophie Austin.
—¡Abuelo, abuela!
James tomó a Sophie de la mano y la llevó frente al señor y la señora Blackwood. Ella los saludó con dulzura:
—Abuelo, abuela, ¿cómo están?
La expresión de la señora Blackwood se suavizó ligeramente al ver a su futura nieta. Tras observarla por un momento, asintió con aprobación.
—Sí, mi Jamie tiene buen gusto. Tomen asiento.
Sophie lucía elegante, gentil y bien educada, tal como debía ser una nuera de la familia Blackwood.
Era completamente diferente a la “salvaje” Ariana Valmont, a quien consideraban vulgar y grosera.
Sin embargo, Sophie no se sentó de inmediato. Saludó uno por uno a todos los presentes.
Cuando llegó frente a Damian y Ariana, los saludó con timidez:
—Señor Damian, señora Valmont.
Damian ni siquiera se molestó en responder, pero Ariana levantó la mirada y sonrió de forma significativa.
—No hace falta ser tan formal. Puedes llamarnos “tío” y “tía”.
Aunque James hablaba con Sophie, sus ojos permanecían fijos en el rostro de Ariana.
Había visto innumerables mujeres hermosas a lo largo de su vida, pero ninguna se comparaba con su nueva tía. No llevaba maquillaje y, aun así, su belleza parecía penetrar directamente en el alma.
Sophie, incómoda, apretó los dedos y miró a Damian con el ceño fruncido, sin saber qué decir.
Michelle notó que Damian comenzaba a impacientarse. Temiendo que su futura nuera provocara problemas, intervino con una sonrisa:
—Solo podrás llamarlos así después de casarte con un m*****o de la familia. De lo contrario, no es apropiado. Por ahora, es mejor que los llames “señor” y “señora”.
—De acuerdo.
Sophie sonrió con cierta incomodidad y se sentó junto a James.
Pronto llegó la hora de la cena.
La comida transcurrió en silencio; nadie dijo mucho y todo fue relativamente tranquilo.
Después de cenar, el señor Blackwood anunció que tendría una breve reunión con sus cuatro hijos.
La señora Blackwood llevó a sus nueras —excepto a Ariana— a jugar Mahjong, mientras Sophie Austin permanecía de pie, sirviéndoles té y bocadillos.
Por otro lado, cada hijo tenía una habitación en la antigua mansión.
Ariana, aburrida, subió a la habitación de Damian para echar un vistazo.
La habitación no tenía nada especial; estaba decorada de forma sencilla en tonos grises y blancos.
De repente, mientras observaba las hileras de fotos antiguas colgadas en la pared, una en particular llamó su atención.
En ella, un niño de unos diez años y una niña de cuatro o cinco estaban juntos en un campo de trigo verde.
El niño vestía un traje n***o bien ajustado, y su porte tranquilo le recordó al de Damian en la actualidad.
La niña llevaba un vestido amarillo canario, y su cabello n***o estaba recogido en dos trenzas. Sostenía tres globos rosas en la mano y sonreía con dulzura.
Ariana sintió un dolor agudo en la cabeza. Un campo de trigo, globos… y un hermano mayor…
Aquella escena le resultaba extrañamente familiar.
Frotándose la sien, cerró los ojos e intentó recordar, pero no logró evocar nada.
Su abuela siempre le había dicho que no recordaba nada de antes de los seis años. Había pasado tanto tiempo, y era tan pequeña entonces, que ni siquiera conservaba recuerdos de sus padres, fallecidos hace mucho.
Sin embargo, siempre había tenido la sensación de que algo le faltaba… tanto en sus recuerdos como en su vida.
Incluso al mirar las fotografías de su infancia que su abuela había conservado, sentía como si estuviera observando a una completa desconocida, y no a sí misma.