Gia Vallenari El cursor en la pantalla de mi ordenador parpadeaba con una insistencia rítmica que empezaba a taladrarme las sienes. Llevaba media hora leyendo el mismo párrafo de una cláusula de rescisión sin procesar una sola palabra. Era inútil. Por más que intentaba sumergirme en el frío y lógico mundo de las fusiones corporativas, el aire de mi oficina seguía sintiéndose viciado, como si el perfume de Antonieta de la Cruz hubiera viajado conmigo desde la mansión, pegado a mi piel como una maldición. Estaba furiosa. No era esa rabia explosiva que te hace gritar, sino una combustión lenta, interna, que me quemaba las entrañas. Me molestaba Antonieta, por supuesto; me molestaba su audacia, su forma de reclamar un espacio que ya no le pertenecía y su sonrisa de suficiencia. Pero lo que

