bc

La sumisa de papi

book_age18+
604
SEGUIR
4.2K
LEER
prohibido
familia
HE
brecha de edad
heroína genial
heredero/heredera
drama
pelea
ciudad
Oficina/lugar de trabajo
assistant
like
intro-logo
Descripción

Mi plan era simple, casi aburrido. Regresar a esta ciudad gris, sonreírle falsamente a mis abuelos, y pararme frente al hombre que manejaba el imperio de mi madre muerta para exigir mi jodido treinta por ciento. Quería mi libertad financiera, las llaves de mi propia vida a mis veinte años, y pensaba que lidiar con Maximilian Von Stein sería solo un trámite burocrático más. En mi mente, él seguía siendo ese hombre rígido, flaco y distante que recordaba vagamente de los funerales y de las breves visitas al internado; una figura de autoridad descolorida que pagaba las facturas pero que nunca había ocupado un lugar real en mi memoria familiar.Pero el plan se jodió en el momento en que empujé las puertas de su despacho.El hombre que me esperaba no era un recuerdo descolorido; era una jodida montaña de tentación andante. Maximilian, a sus cuarenta años, parecía haber hecho un pacto con el diablo para lucir una juventud peligrosa y una virilidad que desbordaba su traje a medida. Exmilitar, CEO implacable, y ahora... mi obsesión personal. Al ver esos antebrazos poderosos, cubiertos de tatuajes oscuros y complejos, y sentir la intensidad de su mirada gris acero recorriéndome como si fuera una propiedad recuperada, algo se encendió en mi vientre bajo. Una vibración eléctrica, un deseo crudo y desconocido que me asustó y me excitó a partes iguales.No reconocía a la mujer que se paraba frente a él. La Gia práctica y fría que mis abuelos habían criado se había esfumado, reemplazada por una criatura hambrienta que solo deseaba una cosa someterse a ese hombre. Quería sentir esas manos tatuadas aferrando mi cintura con brutalidad, quería escuchar su voz rasposa ordenándome que me pusiera de rodillas, quería... a Papi. Sí, Papi. La palabra se sentía prohibida, pervertida y deliciosamente excitante en mi mente. Deseaba que me azotara, que castigara mi insubordinación, que me enseñara el significado de la verdadera sumisión mientras poseía mi cuerpo con la experiencia que solo un hombre como él podía tener.Se supone que es mi padrastro, el esposo de mi madre muerta hace diez años. Debería sentir asco, debería detenerme. Pero soy una Vallenari, y yo siempre consigo lo que quiero. Y lo que quiero ahora, más que el dinero o la libertad, es ser suya. Totalmente suya. Bajo el mando posesivo y pervertido de Papi. Que comience el juego.

chap-preview
Vista previa gratis
Capitulo 01
Gia Vallenari El aire en la mansión de mis abuelos siempre ha tenido un olor rancio, una mezcla de lavanda vieja, muebles de caoba encerados mil veces y el peso sofocante de las expectativas no cumplidas. Mientras terminaba de cerrar la cremallera de mi maleta de cuero, sentí una gota de sudor resbalar por mi nuca, perdiéndose entre mis rizos pelirrojos. No era el calor de la mañana lo que me agobiaba, sino la urgencia de salir de allí. Había pasado diez años siendo la "pobre huerfanita" enviada de un internado suizo a otro, regresando solo en vacaciones para ser examinada bajo la lupa de dos personas que veían en mis pecas y en mis curvas un recordatorio constante de la rebeldía de mi madre. —¿Estás segura de esto, Gia? —La voz de mi abuela, cargada de una fragilidad fingida, me alcanzó desde el umbral de la habitación. Me giré, alisando mi vestido verde esmeralda, uno que se ajustaba a mis caderas y resaltaba mi busto de una manera que sabía que la escandalizaba. A mis veinte años, recién graduada con honores y con una ambición que me quemaba la sangre, ya no me importaba su aprobación. —Completamente, abuela. He cumplido con cada uno de sus requisitos. Me gradué, mantuve el apellido limpio y he vuelto. Ahora es momento de que tome lo que me pertenece. Mi abuelo apareció detrás de ella, con su bastón de plata y esa mirada severa que solía hacerme temblar cuando tenía diez años. Ahora, solo me provocaba una chispa de irritación. —Las acciones de tu madre no son un juguete, Gia. Ese treinta por ciento de la empresa es una responsabilidad que no estás lista para asumir. Maximilian ha hecho maravillas con la compañía desde que tu madre murió. Deberías agradecerle que aún tengamos un patrimonio. —Se lo agradeceré en persona —respondí, agarrando el asa de mi maleta con fuerza—. Pero no voy a vivir de una mesada el resto de mi vida mientras él decide mi futuro. Quiero mi libertad. —La libertad sin disciplina es libertinaje —sentenció mi abuelo—. Maximilian no es un hombre fácil. Si crees que vas a llegar allí y él te va a entregar las llaves del reino solo porque eres "familia", estás muy equivocada. No les respondí. No era necesario. Me despedí con un beso frío en la mejilla de cada uno y salí de esa casa sintiendo que, por primera vez en una década, mis pulmones se expandían por completo. Mi libertad estaba a solo unos kilómetros de distancia, en el edificio de cristal y acero que dominaba el centro financiero de la ciudad. Pero lo que yo no sabía, mientras conducía mi pequeño auto hacia el complejo de Von Stein Enterprises, era que mi concepto de "libertad" estaba a punto de ser demolido por completo. Cuando llegué al edificio, la eficiencia del lugar me golpeó. Todo era frío, funcional y caro. Al decir mi nombre en recepción, la secretaria me miró con una mezcla de curiosidad y advertencia antes de indicarme el ascensor privado que llevaba al último piso. Mi corazón empezó a latir con una fuerza inusual. No era miedo, era una anticipación eléctrica, una vibración que comenzó en la punta de mis dedos y se extendió por mis brazos. Al salir del ascensor, el pasillo estaba en silencio. Caminé hacia la gran puerta doble de roble oscuro. No llamé. No pedí permiso. Había pasado demasiado tiempo esperando que otros me abrieran las puertas. Apoyé mis manos en la madera y empujé. El despacho era inmenso, con ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad, pero mi mirada se quedó anclada en el hombre que estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. —Llegas tarde, Gia. Su voz... Dios mío, su voz. No era la voz del hombre que recordaba vagamente de los funerales de mi madre o de los breves encuentros en mi adolescencia. Aquella era una voz profunda, rasposa, que parecía vibrar directamente en el centro de mi pecho. Él se giró lentamente y, en ese instante, el aire abandonó mis pulmones. Mi cuerpo entero sufrió un estremecimiento tan violento que tuve que tensar las piernas para no tambalearme. Maximilian Von Stein ya no era el hombre flaco y rígido que recordaba. El hombre que tenía frente a mí a sus cuarenta años era una fuerza de la naturaleza. Llevaba una camisa negra de seda, con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos cubiertos de tatuajes oscuros, intrincados, que subían hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Su cuerpo era puro músculo, una masa compacta y definida que gritaba disciplina militar y poderío físico. El cabello oscuro estaba cortado al estilo reglamentario, pero eran sus ojos lo que más me perturbaba: grises como el acero, gélidos y depredadores. —Maximilian —logré decir, intentando que mi voz no temblara. Él no se movió de su sitio. Se quedó allí, escaneándome de arriba abajo. Pude sentir su mirada recorriendo mis pecas, bajando por mi cuello, deteniéndose en el escote de mi vestido y bajando por mis curvas antes de volver a mis ojos. Fue una inspección táctica, despojada de cualquier cortesía, y sentí que mi piel se encendía bajo ese escrutinio. Una humedad repentina y traicionera surgió entre mis muslos. Mi reacción física hacia él fue tan instantánea que me asustó. —Has crecido —dijo él, y por primera vez noté una cicatriz que cruzaba parte de su mandíbula, dándole un aire aún más peligroso—. La última vez que te vi, eras una niña escuálida con las rodillas raspadas. —Ya no soy una niña, Maximilian. Soy una mujer graduada y estoy aquí por lo que es mío. Me acerqué a su escritorio, tratando de recuperar mi compostura, pero el olor de su perfume me envolvió, haciéndome sentir mareada. Apoyé mis manos en el escritorio y lo miré con toda la determinación que pude reunir.—Quiero mi treinta por ciento. Mis abuelos dicen que tú tienes el control absoluto, pero el testamento de mi madre era claro a los veinte años, las acciones pasan a mi nombre. Quiero mi asiento en la junta y quiero mi autonomía financiera. Maximilian soltó una risa seca, un sonido sin rastro de humor que me erizó los vellos de la nuca. Dio dos pasos hacia el escritorio, y la diferencia de tamaño entre nosotros se hizo evidente. Era una montaña de hombre. —Tu madre me dejó a cargo de esas acciones porque sabía que a los veinte años seguirías siendo una impulsiva sin idea de cómo funciona el mundo real —dijo, apoyando sus manos tatuadas cerca de las mías. El calor que emanaba de él era sofocante—. ¿Crees que puedes entrar aquí, con ese vestido y esa actitud, y manejar una empresa que factura miles de millones? No sabes nada de estrategia, no sabes nada de control, y ciertamente no sabes nada de obediencia. El testamento dice que yo decidire su estás lista para tener ese porcentaje. —No he venido aquí para obedecerte —respondí, aunque mi voz sonó un poco más aguda de lo que pretendía—. He venido para tomar lo que me pertenece, claro que estoy lista. Él se inclinó un poco más, reduciendo la distancia entre nosotros. Podía ver el detalle de los tatuajes en su cuello, las líneas negras que parecían venas de tinta. Su cercanía me provocaba una vibración eléctrica que me hacía querer retroceder y saltar sobre él al mismo tiempo. Era una tentación andante, un hombre prohibido que personificaba todo lo que mi cuerpo deseaba explorar. —¿De verdad quieres tu libertad, Gia? —Su voz bajó de tono, volviéndose peligrosamente suave—. La libertad en mi mundo no se regala, se gana. Y ahora mismo, no vales ni el papel en el que está impreso tu título universitario. —Pruébame —desafié, apretando los dientes. Sus ojos brillaron con algo que no pude identificar. Posesividad. Control. Una oscuridad que me hizo estremecer de nuevo. —Muy bien. Hagamos un trato —dijo, rodeando el escritorio para quedar frente a mí. Se cruzó de brazos, haciendo que sus bíceps se tensaran de una manera que me hizo tragar saliva—. Te daré el control del treinta por ciento de las acciones de tu madre. Te daré la autonomía que tanto ansías. Pero habrá un periodo de prueba. —¿Qué tipo de prueba? —pregunté, sintiendo que me metía en una trampa. —Dos meses —sentenció—. Dos meses bajo mi tutela directa. Vendrás aquí cada mañana a primera hora. Te entrenaré. Aprenderás cada aspecto de este negocio, desde la logística hasta la negociación agresiva. Pero no será solo académico, Gia. Como ex militar, no tolero el desorden. Si aceptas esto, estarás bajo mi mando absoluto. Mi palabra será ley. Cada minuto de tu día, cada decisión que tomes, pasará por mí. Si al final de esos dos meses has demostrado que puedes manejar la presión sin romperte, las acciones son tuyas. —¿Y si me niego? —Entonces puedes volver a casa de tus abuelos y seguir pidiendo permiso para comprarte un par de zapatos hasta que cumplas los treinta. Tú decides. Miré a aquel hombre. Era un lider nato, un controlador que disfrutaba del poder. Pero también era la criatura más atractiva que había visto en mi vida. Mi cuerpo vibraba con la sola idea de estar cerca de él durante dos meses, de ver esos tatuajes de cerca, de sentir su autoridad presionándome. Había algo en la forma en que me miraba, en cómo su presencia llenaba la habitación, que me decía que él también sentía esa atracción brutal, aunque la disfrazara de disciplina. Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal de una manera que debería haberme hecho sentir amenazada, pero que solo aumentó la humedad entre mis piernas.—¿Qué dices, Gia Vallenari? ¿Eres lo suficientemente mujer para aguantar mi entrenamiento, o sigues siendo la niña que huye a esconderse en los internados? El desafío me golpeó en el orgullo. Lo miré fijamente a esos ojos grises, sintiendo el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío. —Acepto —dije, tratando de mantener la respiración estable—. Dos meses. Pero quiero el contrato por escrito. Maximilian sonrió, y fue la sonrisa más peligrosa y hermosa que jamás había visto. Se acercó a mi oído, y su aliento cálido me hizo cerrar los ojos por un segundo. —No necesito un contrato por escrito para que me obedezcas, Gia. Lo harás porque te darás cuenta de que es la única forma en que vas a sobrevivir a mí. Nos vemos mañana a las cinco y media en punto en la mansión. Ni un minuto tarde. Y trae ropa deportiva... vamos a ver de qué estás hecha realmente. Se alejó, dándome la espalda para volver a su ventanal, dándome por terminada la reunión. Salí de su despacho con las piernas temblorosas y el corazón martilleando contra mis costillas. Mi cuerpo seguía vibrando con la presencia de Maximilian Von Stein. Había buscado mi libertad, pero en el fondo de mi mente, una voz susurraba que acababa de entregarle las llaves de mi voluntad a un hombre que no tendría piedad de mí. Y lo peor de todo era que una parte de mí, una parte que ardía de deseo, no podía esperar a que empezara el entrenamiento.

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

La esposa rechazada del ceo

read
223.3K
bc

el amor lo cura todo

read
1.9K
bc

Una niñera para los hijos del mafioso

read
60.4K
bc

MI POBRE ESPOSO MILLONARIO

read
14.6K
bc

Domando al Amor

read
6.6K
bc

Tras Mi Divorcio

read
577.2K
bc

DIVORCIADA: MI EX-MARIDO ME QUIERE DE VUELTA

read
5.7K

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook