Maximilian Von Stein
El reloj digital de mi mesilla marcaba las 4:45 de la mañana cuando mis ojos se abrieron, fijos en el techo de sombras de mi habitación.
No necesitaba alarmas; la militar no es algo que se guarde en un cajón junto al uniforme cuando dejas el servicio activo, es algo que se lleva tatuado en el sistema nervioso.
Me levanté de un solo movimiento, sintiendo el crujido familiar de mis articulaciones y la tensión en mis hombros. Fui directo a la ducha fría, dejando que el agua helada golpeara mi espalda y tratara de apagar la extraña inquietud que me había impedido dormir más de cuatro horas.
Eran los nervios, me dije. El manejo de la empresa, la fusión con los coreanos, la presión de los inversores. Mentira. Sabía perfectamente que la causa de mi insomnio tenía nombre y apellido Gia Vallenari.
A las 5:00 en punto, tomé el teléfono. No me importó si estaba dormida; si quería el treinta por ciento de las acciones de su madre, tenía que entender que mi tiempo era oro y mi voluntad, granito.
—Tienes 30 minutos para llegar—En cuanto escuché su voz adormilada y ronca al otro lado de la línea. No esperé respuesta antes de colgar.
Sabía que ella no estaba acostumbrada a estos horarios pero yo le enseñaría disciplina, es lo que su madre siempre quiso, era el momento ideal para cumplir ese deseo de Isabella.
Tenía planes con Gia.
La haría la mejor vicepresidenta si ella lo permitia, le iba a dar todas las herramientas para que en el futuro ella sola maneraja el legado que su madre y yo habíamos trabajado.
Bajé al gimnasio privado de la planta baja, un búnker de acero, espejos y caucho donde solía purgar mis demonios.
Empecé mi rutina de calentamiento, golpeando el saco de boxeo con una fuerza que hizo que las cadenas del techo chirriaran. Derecha, izquierda, gancho.
El sudor empezó a empapar mi camiseta gris, marcando la musculatura de mi espalda y el relieve de los tatuajes que serpenteaban por mis brazos. Estaba en mi elemento, en el control total de mi cuerpo, hasta que escuché el eco de unos pasos ligeros sobre el suelo pulido.
Me detuve en seco, el saco aún oscilando frente a mí, y me giré.
Maldita sea.
Gia no había venido preparada para una sesión de entrenamiento; había venido preparada para una ejecución.
Llevaba un conjunto de yoga de dos piezas en un color borgoña que parecía fundirse con su piel clara. El tejido era tan fino y ajustado que no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Sus curvas eran... de muerte. Tenía una cintura absurdamente pequeña que enfatizaba la redondez de sus caderas y unos glúteos firmes y grandes que tensaban la licra hasta casi volverla transparente.
En mi mente, una imagen oscura y prohibida se filtró como veneno la imaginé ahí mismo, aferrada a ese saco de boxeo, con las manos atadas por encima de su cabeza mientras yo la azotaba con fuerza, no por odio, sino para ver cómo su piel blanca se tornaba roja bajo mi castigo.
Me la imaginé gritando de puro placer mientras yo la tomaba por detrás, enredando mis dedos en su largo cabello cobrizo para echar su cabeza hacia atrás y ver sus ojos nublados por el deseo.
Sentí una pulsación dolorosa en mi entrepierna.
Mi m*****o reaccionó con una violencia que me hizo apretar los dientes, deseando romper la tela de mi pantalón de entrenamiento.
¡Maldita sea no! Es mi hijastra, solo estoy cumpliendo la voluntad de mi difunta esposa.
—Buenos días, Maximilian —dijo ella, con esa voz que parecía una caricia y un desafío al mismo tiempo.
—Llegas tarde por tres minutos, Vallenari —gruñí, dándole la espalda para que no viera la evidencia de mi traición física.— La próxima no te llamaré para que despiertes y no quiero que llegues tarde ni un segundo, la puntualidad es importante.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de invocar la imagen de su madre, de la mujer con la que estuve ocho años y cuya memoria debería ser un escudo sagrado.
Maldita sea, la vi crecer desde que tenía dos años hasta los 8 o al menos el poco tiempo que Isabella podía tenerla.—Empezarás con cardio —dije, señalando la cinta de correr sin mirarla—. Diez kilómetros a ritmo constante. No te detengas hasta que yo lo diga.
Ella no protestó. Se acercó a la máquina y, con una parsimonia que me pareció calculada, se recogió el cabello cobrizo en una coleta alta, dejando al descubierto su nuca pálida y llena de pecas.
Empezó a correr.
Me obligué a seguir con mi propia rutina, pero mis ojos, traidores y hambrientos, no dejaban de desviarse hacia ella.
Verla correr era una tortura china. Sus senos, generosos y firmes, subían y bajaban rítmicamente bajo el top deportivo. Su cuerpo se movía con una facilidad insultante, con una coordinación que me indicaba que no era solo genética; Gia estaba acostumbrada a entrenar, eso era notorio. Cada zancada hacía que sus glúteos se tensaran, creando una visión que me obligaba a clavar las uñas en mis palmas.
Era tan diferente a su madre. Su madre era elegancia clásica, una belleza serena y predecible.
Gia era fuego, era una tormenta eléctrica que amenazaba con quemar todo mi mundo estructurado.—Bájate —ordené cuando terminó, mi voz sonando más dura de lo que pretendía—. Ahora, al saco. Quiero ver qué tan fuerte puedes golpear o si solo eres una cara bonita con un título universitario.
Ella caminó hacia mí, respirando con dificultad, con el pecho agitado y unas gotas de sudor brillando en sus clavículas. Se puso los guantes con una sonrisa ladeada.
—Enséñame cómo, papi —susurró la última palabra que me hizo tensar cada músculo.
—No me llames así —le advertí, acercándome para ajustar su posición.
Me coloqué detrás de ella para corregir su postura de golpeo. Gran error. Al acercarme, Gia no retrocedió; al contrario, echó su peso hacia atrás, rozando deliberadamente sus nalgas contra mi entrepierna, que seguía despierta y ansiosa. Sentí el calor de su cuerpo a través de la ropa, el roce de sus curvas contra mi rigidez. Por un segundo, estuve a punto de gemir, de soltar el control y apretarla contra mí.
Ella se giró levemente sobre su hombro y me sonrió con una picardía que me confirmó lo que sospechaba: lo había hecho con mala intención.
¿Que es lo que quería? ¿Ver si estaba erécto?
¿Por qué? ¿Qué buscaba esta niña jugando con fuego frente a un lanzallamas?
Me alejé de ella como si me hubiera quemado.
Ella volvió a golpear el saco, pero en el siguiente movimiento, volvió a buscar el contacto, deslizándose hacia atrás como si fuera un accidente, buscando sentirme de nuevo. Esta vez, la tomé bruscamente por los hombros y la giré para que me mirara de frente.—¡Basta! —rugí, mi voz resonando en las paredes del gimnasio—. Respeta mi posición. Soy tu padrastro, Gia. Se supone que este es un ambiente de disciplina, no un club de juegos.
Gia no se asustó. No retrocedió. Se quitó los guantes con una lentitud exasperante, manteniendo sus ojos verdes fijos en los míos, desafiándome a decir la verdad.
—Ya no eres mi padrastro, Maximilian —dijo, y su voz no tenía rastro de la niña que recordaba—. El vínculo legal murió con mi madre hace diez años. Ahora eres solo un hombre viudo, rico y muy, muy tenso, con una vida muy solitaria por lo visto... y yo soy una mujer adulta, soltera y dueña de mi propio cuerpo.
¿Que quería decir con eso?
¿Ella quería que yo...?
—Si crees que usando este jueguito de seducción vas a librarte del entrenamiento o que voy a ceder las acciones antes de tiempo, estás muy equivocada —le espeté, tratando de recuperar mi máscara de frialdad ex militar.
Ella soltó una risa suave, un sonido que me recorrió la columna como una corriente eléctrica. Se acercó un paso más, obligándome a mirar hacia abajo para ver su rostro, sus labios entreabiertos y húmedos.
—No busco eso, Maximilian. No quiero que me lo pongas fácil —dijo, y su sonrisa se volvió puramente pecaminosa—. Solo quiero ser entrenada... y disciplinada. Por ti.
Su voz, cargada de una promesa que no debería existir entre nosotros, me enloqueció.
La forma en que enfatizó la palabra "disciplinada" me dejó claro que no hablaba de negocios ni de boxeo. Estaba abriendo una puerta que yo llevaba años tratando de mantener cerrada con candados de hierro.
—Sube —dije, señalando la puerta con el dedo temblando de rabia contenida—. Dúchate y prepárate para ir a la oficina. Y escucha bien de ahora en adelante, vas a dormir aquí, en la mansión. Tus abuelos me han pedido que supervise tu estancia en la ciudad y no voy a permitir que te quedes en ese hotel de mala muerte donde cualquiera puede entrar.
Gia arqueó una ceja, claramente complacida con la noticia. Se lamió el labio inferior de una manera que casi me hace perder la poca cordura que me quedaba.
—¿Dormir bajo tu mismo techo? —preguntó con inocencia fingida—. Me parece una excelente idea. Así podremos aprovechar mejor el tiempo del... entrenamiento. Nos vemos en la oficina entonces, señor Von Stein.
Se giró y caminó hacia la salida, balanceando sus caderas con una cadencia que era un insulto directo a mi autocontrol. Me quedé allí, solo en el gimnasio, escuchando el eco de sus pasos desaparecer.
Gruñí de pura frustración y golpeé el saco de boxeo con tanta fuerza que el cuero se rasgó.
Sabía que me esperaba un infierno. Dos meses, tratando de resistir la tentación de esa niña que parecía decidida a llevarme al abismo. Pero ya no podía renunciar, esto me lo habían pedido sus abuelos, ayudarla con la transición.
Mis tatuajes parecían quemar bajo mi piel y mi m*****o seguía palpitando, reclamando algo que mi moral me prohibía.
Maldita sea Gia Vallenari. Iba a ser el entrenamiento más largo y peligroso de mi puta vida.