Maximilian Von Stein El segundero del reloj de pared de mi despacho avanzaba con una lentitud exasperante, como si se burlara de la tormenta que continuaba azotando mi pecho. Llevaba toda la mañana sentado frente a mi escritorio de caoba, con la mirada fija en unos informes financieros que era incapaz de procesar. Las cifras se mezclaban en la pantalla de mi ordenador, carentes de cualquier sentido. Mi mente, esa que normalmente funcionaba con la precisión fría de un algoritmo, estaba completamente colapsada. Me pasé los dedos por el rostro, deteniéndome un segundo en la mejilla izquierda. El dolor físico del golpe de Gia había desaparecido hacía horas, pero la marca invisible que su mano había dejado en mi orgullo y en mi alma seguía escociendo con una intensidad brutal. La culpa me

