Gia Von Stein El trayecto de regreso desde el hotel en el coche de Max fue un desierto de palabras, pero no de sensaciones. Él conducía con una tensión que se manifestaba en la rigidez de sus hombros y en la forma en que sus dedos se aferraban al volante, como si temiera que, al soltarlo, yo fuera a desaparecer de nuevo a través de la ventanilla. Aún sentía el calor de su abrazo en mi piel y el eco de su súplica en mi mente, pero el dolor de su duda no se borraba con un par de lágrimas y un arrepentimiento rápido. La herida seguía abierta, latiendo suavemente bajo la superficie de mi aparente calma. Cuando nos detuvimos frente a la mansión, el sol de la mañana ya bañaba por completo la fachada de piedra fría. Max apagó el motor, pero no hizo amago de bajarse de inmediato. Se giró hacia m

