Maximilian Von Stein El gimnasio estaba sumido en una penumbra técnica, apenas rota por las luces de emergencia que bañaban la piel de Gia en un tono ámbar y peligroso. Verla allí, de rodillas sobre la colchoneta donde le había ordenado ponerse, era la culminación de todas mis fantasías más oscuras. Mi pulso martilleaba en mis sienes con una violencia que no permitía el razonamiento. Ya no era el CEO, ni el arquitecto de imperios financieros era un hombre reclamando lo que le pertenecía por derecho de conquista y de contrato. —Mírame —ordené, mi voz saliendo como un rugido contenido. Ella alzó la vista. Sus ojos estaban empañados, sus labios hinchados por mis besos y su respiración era un jadeo errático que llenaba el silencio del gimnasio. La bofetada de Antonieta seguía marcada en

