Gia Vallenari El trayecto de vuelta a la mansión fue una extensión del silencio sepulcral que dominaba mi vida desde la llegada de mis abuelos. Miraba por la ventanilla del coche, observando cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse, recordándome que el día de trabajo había terminado, pero que mi jornada como actriz estaba lejos de concluir. Valeriano y Constanza estarían allí, esperando en el salón con sus juicios empaquetados en frases elegantes y sus miradas que diseccionaban cada uno de mis movimientos. El peso de la conversación en el despacho de Maximilian seguía presente; la sensación de sus labios en mi frente y la promesa de que esto era solo una estrategia temporal era lo único que me impedía ordenar al chofer que me llevara al aeropuerto para no volver jamás. Cuando

